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La psicología social de los psicólogos sociales

escrito por Germanico 16 noviembre, 2012

Debo admitir que mi período de parado fue fructífero en cosas extrañas. A falta de lo que en economía se llama demandas y en la calle ofertas de empleo, provenientes de lo que se entiende por empresas, es decir, unidades de producción de bienes y servicios, organizaciones con ánimo (o no) de lucro que operan en los mercados, me surgían todo tipo de empresas –en términos amplios, emprendimientos, proyectos a medio y largo plazo, fines para los que hay que poner medios…..desde lo relatado sobre la idea sin definir de un editor hasta una carrera de fondo en psicología social. Ahora toca hablar de esta última, en la que partí de la salida a gran velocidad para frenar en seco a las pocas zancadas.

Con mis credenciales de economista poco podía hacer para ser admitido en un Master de Investigación en Psicología Social, al menos en la Universidad Pública Española. Los criterios de admisión eran claros a este respecto, y comprensibles, sin ningún género de dudas (si hablásemos de ciencias puras y “duras”): quién no hubiera cursado estudios de Psicología o alguna otra carrera o grado relacionado cercanísimamente no podía acceder al Master salvo que alguna razón de fuerza mayor aplastase con su peso la oposición hasta de los más acérrimos defensores de la pureza de raza.  Pero se dio la circunstancia de que, en mi caso, dicha poderosa razón existía, o al menos quien debía juzgarlo juzgó que existía, y se me ofreció la posibilidad de entrar en un Master de Psicología Social y de las Organizaciones en la UNED.

¿Qué de qué razón se trataba? De la de siempre, claro, de La Nueva Ilustración Evolucionista. Ese blog difícilmente lo hubiera escrito un economista al uso. Era obvio que yo no lo era, y que quizás pudiese meter en mi cuadriculada cabeza de economista el imperfecto círculo de la psicología social: a fin de cuentas yo había entrevistado (o estaba en ello) a algunos de los psicólogos sociales más importantes, y, más aún, los había leído y (aparentemente) entendido.

Así que unas bellas personas cuyo nombre no mencionaré, pero a quiénes podemos llamar los PS, me animaron a emprender (sí, a crear una empresa, en cierto sentido) el Master, un curso que, en principio, debería preceder a una exitosa aunque tardía carrera dentro de la Psicología Social. Según mis benefactores había en mí un gran potencial por explotar como investigador y como teórico. Pero la carrera, según iría descubriendo, tenía un recorrido maratoniano que iba mucho más allá de mis aspiraciones de mediofondista. Y todo comenzó, en ella, con la matriculación en tres asignaturas, que alguien iba a pagarme antes de que descubriéramos…. ¡que era gratuita para los parados!

Con algunos artículos en inglés, lengua que puedo leer con un pequeño gran esfuerzo cognitivo, y algunas referencias bibliográficas tanto en castellano como en inglés me puse literalmente a investigar, y descubrí que mis estudios no iban a ser corrientes, sino en sí mismos una investigación permanente. Lo que me pedían eran artículos que cumpliesen los más estrictos cánones de la Psicología Social, es decir, algo que fuera muy conservador dentro de su campo pero completamente nuevo para mí, y que, de alguna forma, preservando lo pasado, abriese tímidamente nuevas ventanas en la disciplina. Pedirle eso a alguien que no sea demasiado consciente de lo que está haciendo está bien, pero no era ese mi caso. Mi reto no era hacer un artículo calco de cualquier otro que se pudiera encontrar en la extensa bibliografía del campo, como hay tantos. Para mí el reto era proponer nuevos modelos teóricos y nuevos experimentos. Y hacer eso respetando lo que había comencé a descubrir que me era imposible, porque mis enfoques eran demasiado trasgresores con la actual tradición de la psicología social en nuestro país. Sencillamente de lo que había, había bien poco que no mereciese, a mi juicio, una entera reconsideración de los principios teóricos y experimentales sobre los que se sustentaba.  Y ante esto sentí un temor, una sensación de estar enfrentándome a un grupo, con sus reglas y sus principios, de ser un disidente, un psicólogo social amateur enfrentado a la psicología social de los psicólogos sociales, que forman grupos, como todos los otros grupos que estudian.

¿Qué hacer, en esta tesitura? ¿Iba a desafiar desde el principio los principios? ¿Pretendía un principiante desafiar a los veteranos y experimentados experimentadores, o al menos maestros de experimentación? Ciertamente mis fuerzas no dan para tan magna tarea. Así que lo que hacía era sufrir recurrentes dolores de cabeza tratando de parir ideas que “encajasen” en el marco teórico de la Psicología Social existente, pero que a un tiempo apuntasen a dónde yo desde un principio ya quería apuntar: nuestro pasado evolutivo, nuestros sesgos cognitivos y la neurociencia.  No pretendo sugerir, en ningún caso, que la Psicología Social no haya penetrado en esos campos. Por ejemplo Roy Baumeister y Mark Leary han propuesto un enfoque evolucionista de la psicología social, y John Cacioppo ha propuesto un enfoque de neurociencia social, y los sesgos cognitivos son un tema muy abordado ya en este campo.

Pero si yo quería llegar a eso tenía que pasar por lo otro. A fin de cuentas esos psicólogos sociales eran psicólogos sociales antes que evolucionistas o neurocientíficos, y trabajaban en los EEUU, dónde existe un ambiente más propicio para la libre discusión de ideas científicas novedosas, y unos órdenes jerárquicos del todo diferentes. La psicología social de los psicólogos sociales del otro lado del charco parecía diferir de la psicología social de los de este lado. Y leyendo un poco sobre el particular descubrí que no era algo que a mí me pareciese, sino, de hecho, una tendencia que viene de antiguo, principalmente de después de la 2ª Guerra Mundial. Sería tedioso hablar de ello, pero el enfoque sobre los grupos y sus interacciones, y en definitiva, sobre los individuos que los componen, es distinto. Tiene su lógica si lo enmarcamos en las diferencias en la psicología social de la gente a ambos lados del charco, y aquí podemos entrar en el fangoso terreno político, pero no lo haremos, en esta ocasión.

¿Qué sucedió, entonces, que me hizo parar en seco a los pocos meses (zancadas) de comenzar el Master (Carrera)? Me contactaron de Administración de la UNED para pedirme que PAGARA la matrícula. Nuevamente el dinero, sí, como con AS, el editor. Aunque había un bolsillo lleno de alguien generoso y cercano que estaba dispuesto a pagar, no metí la mano en él.  Me planté firme frente al desafío y, tras ver que era inútil toda lucha contra la arbitrariedad administrativa, que crea normas retroactivas, di un portazo al Master, supongo que dando en las mismas narices de PS, mis benefactores, pero desde luego sin intención alguna de hacerlo.

En el fondo bullía la cuestión de si estaba dispuesto a, a mis casi 40 tacos, que se dice pronto, emprender una nueva carrera ya no profesional, sino vital, con unas aspiraciones en cuanto a retribución nulas los primeros años y bajísimas los siguientes, y eso con dos bocas que alimentar, aparte la mía y la de mi mujer. También bullía la cuestión de si estaba dispuesto a dedicar mi vida a luchar contra unas ideas que consideraba erróneas y perjudiciales para los grupos humanos que creyeran en ellas, obteniendo por ello más bofetadas que aplausos.  El lío administrativo fue un subterfugio que mi mente empleó para abandonar “dignamente” (en “un ataque” de dignidad) el Master.  Y ahora que lo contemplo desde cierta distancia, creo que mi psique y yo hicimos lo correcto. Bye Bye, grupitos.