Farsa absurda

Me han aconsejado en más de una ocasión que no deje huella escrita de lo que pienso.

En el ámbito profesional, o de “lucha por la supervivencia”, este consejo convierte en ley “no escrita”. Tácitamente se asume que no deben manifestarse cierta clase de pensamientos por escrito, en particular aquellos que están teñidos de referencias al propio yo, a la propia
situación, y a los sentimientos que suscita el trato con los demás.

He transgredido esa ley y me he puesto en situaciones comprometidas y embarazosas en más de una ocasión. No he comprendido todavía bien la naturaleza esencialmente mentirosa del
trato humano, ni los beneficios que reporta a la comunidad, al menos en el plano práctico.

Desde un punto de vista teórico probablemente lo entienda mejor que todos aquellos que me han aconsejado y siguen aconsejando discreción, cautela, formalidad, seriedad, falsa simpatía, y cosas del estilo. Pero mi organismo se rebela contra esta farsa absurda.

Lo llamo farsa absurda no sin motivo. Absurdo es aquello que no tiene sentido, y nos choca precisamente por su falta absoluta de él. La vida, en esencia, parece ser algo absurdo. Por mucho sentido que uno le busque no parece conducir más que al callejón sin salida de la propia vida, de la perpetuación de la vida. No hay nada que la trascienda y que la explique. No hay contexto: la vida es el contexto, y todo lo demás tramoya, bastidores, embalajes y ensayos.

Lo de la farsa es más complejo, y más reciente en la historia de la vida. Llegado el punto de la formación de grupos sociales y, dentro de ello, de la consciencia del yo y del otro, la mentira parece ser el único lubricante apropiado para hacer que funcione de forma eficaz la maquinaria social, para crear valores, prioridades y jerarquías en el grupo. En general todo gira en torno a la necesidad, esto es, la supervivencia, tanto del grupo como del individuo, pero se antepone falsamente la del grupo. Esto crea una tensión que sólo se mantiene por el evidente éxito de los grupos cohesionados frente a los no cohesionados. La moral es un subproducto lingüístico de la necesidad. “Bueno” es aquello que beneficia la supervivencia del
grupo, “Malo” lo que va contra esa supervivencia.

El final de Falstatt, la última Ópera de Verdi, es la repetición de una frase: “todo es farsa”. Pero no es cierto que todo sea farsa, al menos no si consideramos las cosas en un plano más amplio que el ofrecido por la especie humana. La mentira ha surgido por selección natural, junto con el lenguaje. “Toda palabra es un prejuicio”: sentenciaba Nietzsche. Pero sería más apropiado decir que toda palabra es, a partes iguales, una mentira y una verdad. Es verdad
en la medida en que expresa una emoción. Es mentira en cuanto al prejuicio que encierra esa emoción, que no es revelado. Consideramos al Verbo sagrado, especial, algo abstracto que se sitúa por encima de las emociones y la parcialidad (la ira y la parcialidad de las que dijo desembarazarse Tácito es sus Anales). Consideramos a la palabra como un instrumento al servicio de la verdad. Es una abstracción al servicio de otra abstracción mayor. Pues bien, nada
menos cierto. La tan venerada Razón, producto de la concatenación más o menos plausible de palabras en un discurso ordenado y sin aparentes fisuras, no es más que un artificio de nuestra psique para justificar nuestros a prioris.

Ni siquiera las matemáticas complejas y la ciencia o conocimiento derivado de ellas pueden ponerse en un pedestal mucho más elevado. Su carácter generalmente contraintuitivo, cuando se profundiza en ellas, nos hace ver lo endeble que es nuestro sentido común. Pero lo que nos elevó hasta ellas no fue, en ningún caso, el amor por el saber, el saber por el saber (el “arte por el arte”).

Detrás de todo gran hombre no siempre hay una gran mujer, como algunos afirman, pero sí están todas las mujeres, así como todos los bienes y ventajas del éxito y reconocimiento social. Nada humano se produce en el vacío. Todo se refiere, en todo caso, a la posibilidad de un estómago vacío. Lo demás es parafernalia. ¿Aprenderemos a pelar la cebolla, capa a capa, para llegar, al final, al centro, dónde no hay nada más que la misma cebolla? Todos nuestros desvelos bailan la danza de los siete velos. Al final sólo hay un cuerpo, carne, huesos, y un cerebro evolucionado para crear ficciones e ilusiones sorprendentes pero plausibles.

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Germanico

No hay aprendizaje sin error, ni tampoco acierto sin duda. En éste, nuestro mundo, hemos dado por sentadas demasiadas cosas. Y así nos va. Las ideologías y los eslóganes fáciles, los prejuicios y jucios sumarios, los procesos kafkianos al presunto disidente de las fes de moda, los ostracismos a quién sostenga un “pero” de duda razonable a cualquier aseveración generalmente aprobada (que no indudablemente probada), convierten el mundo en el que vivimos en un santuario para la pereza cognitiva y en un infierno para todos, pero especialmente para los que tratan de comprender cabalmente que es lo que realmente está sucediendo -nos está sucediendo.

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