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Psicología Social de la Salud V: Autoeficacia y Voluntad

escrito por Germanico 21 septiembre, 2012

Los físicos se afanan por descubrir y describir todas las fuerzas que operan en la naturaleza, que hacen a esta posible. No reparan, en su búsqueda inagotable, en la llamada “fuerza de voluntad” que les mueve. No se les puede reprochar, no hay “mala voluntad” por su parte. Simplemente no saben qué es exactamente lo que debieran medir ni por dónde empezar a medirlo. ¿Hay algo tangible en ese constructo del lenguaje humano? Por lo que dice la gente la respuesta a esta pregunta es un sonoro sí. Hay vagos y personas con fuerza de voluntad. Los hay pusilánimes y los hay con fuerza de voluntad. Los hay que abandonan a las primeras de cambio y luego están, naturalmente, los que poseen esa cosa llamada “fuerza de voluntad”. Por más vueltas que le doy no lo entiendo. ¿Más dopamina? Bueno, quizás. Un hemisferio cerebral izquierdo optimista predominante. Yo que sé. Y la energía, esa que también estudian los físicos, ¿qué es eso cuando hablamos de “ser enérgico”? Supongo que Red Bull puede darte alas un rato pero después vuelves, no sin una bajada, al punto de equilibrio.

El sistema del placer y de la motivación del cerebro comparten sus circuitos. Se puede decir que son, placer y motivación, dos nombres que damos a una y la misma cosa en dos de sus vertientes o/y en dos de sus fases. Resulta extraño. Lo que nos entusiasma nos mueve. Pero todas estas reflexiones no conducen a ninguna parte, igual que las divagaciones de los que hablan de fuerzas misteriosas como la de la voluntad en lugar de hablar de organismos complejos en entornos sociales y naturales complejos. Seguro que siguen pensando, esos, que todos los problemas se arreglan con la voluntad de entendimiento y diálogo.

Albert Bandura, por los 80 o así, creo recordar (más abajo lo digo en el comentario sobre su trabajo), aunque poco importa, hablaba de que había llegado el fin del conductismo radical y de las teorías etológicas y, poco más o menos, declaraba su propio planteamiento como la solución equilibrada al problema de la naturaleza y la crianza. En su Teoría del Aprendizaje Social y en su Teoría Social Cognitiva viene a defender lo que se expresa en la Psicología Social de la Salud pero expresado en términos más amplios que el de la propia salud: que no somos el fruto de “instintos” pero tampoco respondemos reflejamente a los “estímulos”. Ningún avance. Somos seres biopsicosociales. Bien. Sigamos pues la ruta biopsicosocial, pero no nos desviemos demasiado al atribuir a ningún factor un peso mayor en el producto. Equilibrio, hermanos, no sea que se enfade algún cerebro atrofiado ante la perspectiva aterradora de una vía abierta a las ideas.

Las personas, cuando se enfrentan a un problema de salud o de cualquier otra índole y han de tomar una decisión, tienen que tirar de algo de dentro de ellas, probablemente ese desagradable espantajo de la “fuerza de voluntad”. Bandura cree en un proceso de retroalimentación positiva individuo-ambiente al que llama autoeficacia. Uno va sintiéndose fuerte y capaz a medida que va alcanzando logros.

Seguimos con los artículos sobre psicología social de la salud. Hoy toca exponer lo de Bandura, así que me ha dado por pensar en las energías y en las fuerzas que me faltan y en mi falta de motivación y mi displacer existencial, siempre tan unidos y “tristes” juntos. Pero no nos engañemos, ser un payaso triste tiene su lado alegre. Sobre todo resulta hilarante y sumamente placentero observar la candidez con la que los locos que corren, esas inteligencias estúpidas, se devanan los sesos con nimiedades y buscan ávidamente el santo grial de alguna religión sin Dios.

Teoría Social Cognitiva: auto-eficacia:

Desarrollada por Albert Bandura (1986) como culminación de su Teoría del Aprendizaje Social (1976), es otra teoría del campo de la psicología social aplicada con posterioridad con éxito al ámbito de la salud y considerada motivacional. Sitúa a la auto-eficacia y las expectativas de resultados como determinantes primordiales de los comportamientos de salud. Se espera un resultado independiente de los esfuerzos que uno realice, sería una especie de limitación ambiental a lo que puede realmente lograrse, con independencia de lo que uno haga o se crea capaz de realizar. Es el concepto de auto-eficacia el que incide en ese factor personal y cognitivo que, dentro de la autoregulación del comportamiento del sujeto (otro concepto central de la Teoría Social Cognitiva), hace que este se sienta más o menos capaz de afrontar el reto que tiene ante sí -sea o no de salud. Si uno percibe que puede razonablemente controlar los resultados, superando las barreras, y teniendo confianza en el propio desempeño de la acción conducente a la salud, el comportamiento saludable se logrará. Las creencias en las capacidades personales para controlar el propio comportamiento y alcanzar el resultado deseado resultan adaptativas en el terreno de la salud, en la medida en que frenan las sensaciones de angustia ante circunstancias extremas e incontrolables (Taylor). Las capacidades cognitivas de usar símbolos, de aprender por imitación, pensar en el futuro, autoregularse y autoreflexionar son esenciales en este proceso, en cuyo centro se halla el proceso cognitivo de la auto-eficacia (Bandura). Esta tiene relación con la percepción de que uno puede acometer una acción con independencia de las destrezas requeridas para ejecutarla. La autoeficacia funciona como un catalizador de la acción que ayuda a superar las dificultades y barreras que se plantean a su realización. Intervenciones de salud diseñadas para elevar los niveles de autoeficacia han demostrado ser positivas

para motivar nuevos comportamientos de salud y su mantenimiento posterior. Suele ser la autoeficacia, sin embargo, específica de dominios. Es decir, no se es autoeficaz sea cual sea el campo en el que uno se mueva. Uno puede confiar en sí mismo para llevar una dieta y carecer de sensación de control sobre el hábito de fumar.

Por otro lado debemos diferenciar las expectativas de autoeficacia que generan las personas en su mente de esas otras que también se representan de resultados. Saber el probable y posible resultado de una conducta es necesario para tener intención de realizarla, pero la autoeficacia es esencial durante la propia ejecución.

Ha habido muchos estudios sobre cómo afecta la autoeficacia a los comportamientos de salud, aunque de entre ellos muy pocos han sido replicados de forma tal que puedan ser validados sus resultados. No obstante se calcula que la autoeficacia puede explicar cambios en el comportamiento en un 33%. En problemas de salud determinados, como el cuidado de la salud dental o el abandono del hábito de fumar parece ser, la autoeficacia,

un buen predictor. En otros como la pérdida de peso, no.

Una variable que debe contemplarse al valorar los efectos de la autoeficacia en los comportamientos de salud, igual que pasaba con la Teoría de la Conducta Planificada, es la del comportamiento previo del individuo sobre el que se hace la intervención. Sin conocerlo puede sobreestimarse el poder de la autoeficacia.

Podemos comentar un par de estudios experimentales realizados para valorar el poder de la autoeficacia percibida en la resistencia al dolor. En uno de ellos se provocaba dolor al introducir las manos de los probandos en agua helada, tras haber manipulado previamente sus niveles de autoeficacia, haciéndoles creer que eran más o menos tolerantes que la media poblacional al dolor (Litt, 1988). Quedó probado que aquellos sujetos situados falsamente por encima de la media en cuanto a su capacidad de soportar el dolor lo toleraron mejor, durante la prueba, que aquellos otros a los que también falsamente se había ubicado por debajo de la media. El otro experimento lo realizó el propio Bandura el mismo año. En él proponía a los probandos tareas de cálculo aritmético complejas en dos situaciones: unos individuos las hacían solos, otros en

compañía de otros con quienes se les compararía (condición estresante). Esto creó distintas percepciones de auto-eficacia en unos y otros probandos. Los que tenían menor sensación de autoeficacia (sometidos a la prueba estresante del grupo) toleraron peor el dolor al recibir naloxona (bloqueador de opióides). Estos dos experimentos prueban las dos vías a través de las cuales afecta a la salud la autoeficacia: por un lado a través de la propia acción y por otro a través de la respuesta fisiológica al estrés. Sobre la respuesta al estrés se deduce que altos niveles de autoeficacia lo reducen considerablemente. La autoeficacia, a mayor destreza requerida en el comportamiento (de salud o no), más necesaria resulta.

Pero esto nos lleva a plantearnos si el individuo dispone de un control o no de las destrezas requeridas. Debe tener previamente a la autoeficacia un control sobre las respuestas, es decir, tener la capacidad de realizar correctamente el comportamiento, con independencia de su sensación de poder acometerlo. Así se debe distinguir entre expectatitas de autoeficacia y percepción de control sobre el comportamiento. Y teniendo presente que, en última instancia los comportamientos realmente importantes son los que se dan en las interacciones cotidianas en el mundo

real, y no bajo condiciones experimentales, y en él se dan factores contextuales que pueden alterar las cogniciones y los subsecuentes comportamientos.

En definitiva, la SCT (Social Cognitive Theory), ha tenido una amplia aplicación en el terreno de la salud para la predicción tanto de intenciones como de comportamientos,

siendo su. componente indispensable el de auto-eficacia, que tiene un moderado poder predictivo per sé y se ha podido utilizar positivamente como complemento en otros

muchos modelos. En especial su aplicación a intervenciones contra el estrés y para la recuperación de las enfermedades ha sido muy positiva.

Así, y como resumen final, nos podemos quedar con el palabro y darle vueltas en la cabeza. Ya no es sólo la fuerza de voluntad el fantasma que debemos atrapar mientras transforma nuestras circunstancias con su presencia o ausencia, sino que también debemos estar alerta ante la presencia inquietante de la autoeficacia, esa cosa que se genera o no en nuestra interacción con el mundo según en qué circunstancias, vaya usted a saber. Seguiremos otros días con otras teorías, cuando nos acompañen las sombras silenciosas, verdaderos “poderes” en la sombra,  de la voluntad y la autoeficacia.Vamos, cuando tengamos energía -si no nos la quita el gobierno. ¿Se imaginan una tasa sobre la energía consumida en sus pensamientos del día? No, no, no se rían….no gasten más energía de la cuenta. Hay que entontecerse, como sugirió Pascal (quizás salga más a cuenta con la policía del pensamiento del futuro). Aunque, bien pensado, estamos condenados, por nuestra naturaleza, al castigo de Sísifo: subir una pesada roca a lo alto de una loma para luego ver a esta caer colina abajo, teniendo la certeza de que nos esperará en el llano para que la subamos de nuevo pendiente arriba. Eso es la supervivencia y no otra cosa. Y además me recuerda a los problemas de física newtoniana del cole. Esos que iba sobre fuerzas.


 Capítulos anteriores de este culebrón infumable (ya saben que está prohibido fumar porque es malo para la salud):

Psicología Social de la Salud I: Introducción.

Psicología Social de la Salud II: El Modelo Biopsicosocial.

Psicología Social de la Salud III (Aproximaciones al Comportamiento de Salud).

 Psicología Social de la Salud IV: La Racionalidad Ingenua.

 

 

 

 

  • Los pobres melancólicos no figuran en los anales de la psiquiatría (aclaro: los que siendo pobres, desde el punto de vista económico y social, eran además melancólicos, no aquellos otros pobrecitos que padecían melancolía en las clases medias y altas). Casos de otras enfermedades son distintos, por múltiples razones. Además es que estaban sometidos a una mayor presión darwiniana, en sus condiciones ambientales hostiles: de melancólicos a alcohólicos, o a lo que siempre se ha conocido como vagos y maleantes (aunque dentro de este último grupo tendríamos que considerar al clásico psicópata) o, lo que era más común, a uno de esos pabellones para “locos” en los que eran clasificados como dementes o idiotas.

    Lo que sí parece bastante contrastado por la psicología, la psiquiatría e incluso la moderna neurociencia es que hay distintas personalidades, y que son un número limitado de ellas. También parece claro que uno no se abscribe a una personalidad como se saca el carné de un club (salvo el club de Groucho Marx, ese al que uno nunca se uniría si tuviera miembros como él).

  • Bastiat

    Germánico, no lo creo así,

    La actitud ante la vida si es susceptible de cambiar. No con entrenamiento pero si asumiendo la realidad, aprendiendo a vislumbrar alternativas y teniendo ante los hechos que se nos presentan disposición a afrontarlos.

    Lo fácil, desgraciadamente, es dejarse llevar.

    En tiempos pasados las crisis nerviosas se daban sobre todo en las clases medias y altas. Los pobres no tenían mucha opción de vivir en ensoñaciones y lástimas perpetuas de almas compungidas. La necesidad de comer aplacaba toda melancolía.

    No quiere decir que entre los pobres no hubiera depresiones, sino que la vida se afrontaba….. de otra manera. Lo primero comer. Luego…. a seguir buscando para vivir.

  • Creo que los tres presentes estaremos de acuerdo en que no. Los rasgos o perfiles de personalidad no cambian con entrenamientos.

  • Cara de palo

    ¿Se puede entrenar al cerebro para ser optimista?

    Yo, que tiendo al pesimismo y al escepticismo, me inclino a pensar que esa posibilidad es más bien huidiza.

  • Mi fe en la plasticidad neuronal es limitada. Lo que no sé es si más o menos que la plasticidad neuronal en sí misma.

    Hay cosas susceptibles al cambio y otras apuntan con su rigidez congénita a la naturaleza.

    Por mucho que lo desee nunca seré mujer. La voluntad no mueve montañas, así que Mahoma tiene que ir a la suya.

  • Fíjate, si hubieras prescindido de terminología psicológica y hubieses elegido otro título más “aséptico”, podría perfectamente entenderse que estás hablando de… ¡entrenamiento deportivo!

    Al fin y al cabo, el cerrebro es (como) un músculo.