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Rajoy: el triunfo de la mediocridad

escrito por Luis I. Gómez 5 septiembre, 2012
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Veníamos de la época zapaterina, dominada por la soberbia, el derroche y las latrías que le son propias a la teología socialista. Desde la presidencia de gobierno, tan errado en sus ideas como convencido de ellas, rodeado de indigentes intelectuales y morales para no ensombrecer su figura central, pensábamos que nada ni nadie sería capaz de desampararnos al tiempo que explotarnos de forma tan magistralmente atroz como lo hizo el señor Rodríguez Zapatero. Estábamos equivocados.

Tanto monta, monta tanto

El mediocre y el soñador

Don Mariano Rajoy recogió un cesto de mimbres tan maltratado por tantas manos incapaces que a nadie se le ocurrió pensar entonces que pudiese pretender conservarlo. Lo normal era tirarlo y hacer uno nuevo. Lo normal era devolver la iniciativa a manos privadas, al menos en aquellas cuestiones en las que estaba claramente demostrado que el estado había fracasado. Lo normal hubiese sido:

  • renunciar a la subvención de la actividad industrial, cualquiera que fuese
  • renunciar a la promoción de infraestructuras absolutamente innecesarias
  • renunciar a mantener el monopolio de la seguridad financiera de los administrados
  • renunciar a los mecanismos de propaganda
  • renunciar a la servidumbre jurídica

No. Rajoy es CONSERVADOR antes que cualquier otra cosa. Y no nos extraña entonces que sienta una aversión profunda por todo lo que signifique cambio.

No, Rajoy es FUNCIONARIO del Estado, antes que cualquier otra cosa. Y no nos extraña entonces que jamás haya pensado, ni por un momento, en renunciar a alguna de las funciones y privilegios que el estado ha ido arrogándose en los últimos … siglos?

No hemos sido los españoles quienes hemos fracasado, sino nuestro estado. Desde aquel “El estado soy yo” -celebérrima frase del monarca Luis XIV- hemos pasado, por indoctrinamiento, al no menos enajenante “el estado somos todos”, mentira donde las haya, olvidando el “Yo soy yo y mis circunstancias” del gran Ortega y Gasset. Yo no soy el estado porque, si así fuere, tendría libertad sobre el uso de mi patrimonio (mi sueldo?), tendría libertad para negociar con mi patrimonio (mi fuerza laboral?) El estado que con tanto esfuerzo defiende Don Mariano Rajoy – no sé si hasta la extenuación, pero sí hasta la ruina de todos – está condenado al fracaso no solo económico, también moral.

España se ha dotado en apenas 37 años de un aparato estatal que se autotitula “democrático, de derecho, social y de bienestar”.

La vigente Ley Electoral es profundamente mejorable y no garantiza los principios de representatividad. La inexistente separación de poderes en un país en el que los políticos nombran a los altos cargos del poder judicial impide el ejercicio imparcial de la justicia:

“Tyranny is the exercise of power beyond right … when the governor … makes not the law, but his will, the rule.”John Locke

El esfuerzo para generar un sistema de igualdad ante la ley ha degenerado en la barbarie igualitarista que nos aleja irremediablemente de una sociedad más rica y plural. La pérdida de productividad nos ha puesto ante los caballos de la pobreza: es imposible que unos pocos paguen el bienestar de una mayoría improductiva.

“We have a system that increasingly taxes work and subsidizes nonwork.” Milton Friedman


“One of the most dangerous trends of our times is that increasing numbers of people have a vested interest in the helplessness of other people.” Thomas Sowell

Lo que Mariano Rajoy olvida cada mañana cuando va su despacho es simple:

“It is not from the benevolence of the butcher, the brewer, or the baker, that we expect our dinner, but from their regard to their own interest. We address ourselves not to their humanity but to their self-love, and never talk to them of our own necessities but of their advantages.” Adam Smith

Yo soy yo y mis circunstancias, señor Rajoy.

Permítame que le diga: es a golpe de mediocridad, cortedad de miras y miedo, mucho miedo a la pérdida de poder y privilegios, que usted continúa la obra derrochadora de Rodríguez Zapatero. No porque comparta necesariamente las “visiones” de socialista, sino porque necesita del aparato estatal para intentar realizar las suyas propias.

 

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