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Valor

escrito por Firmas Invitadas 2 junio, 2012

Toda decisión no es otra cosa que una declaración de preferencias destinada a guiar nuestra acción. El proceso que desemboca en la decisión se fundamenta en el valor que otorgamos a cada una de las alternativas concurrentes. De ahí nace el interés en el estudio del concepto “valor” y de su utilización, pues es la herramienta con la que se guía la acción humana.

La primera dimensión que define el valor que otorgamos a cualquier cosa es la comparación. En una situación dicotómica el mecanismo es sencillo, pues observamos las dos alternativas y, por el motivo que sea, mostramos más preferencia por una que por otra. De ser excluyentes optamos por la opción más valorada, de no serlo podemos definir una combinación de las dos que viene a reflejar el precio de una con respecto a la otra.

Estudiar la motivación de la asignación de preferencias no tiene ningún sentido práctico, pues en cada persona es diferente. Dependerá de su experiencia, de la información de que disponga, de sus expectativas, necesidades, capacidades… Incluso en el caso de poder obtener una pauta compartida por un número relevante de individuos –lo cual puede tener ciertas aplicaciones-, es imposible en base a esa norma predecir la conducta de nadie, ni siquiera de los participantes en la muestra. La adscripción de un individuo a una corriente sólo será estable mientras éste estime que le es beneficiosa, pudiendo abandonarla en cualquier momento.

En la medida en que más alternativas entran en juego, por un lado más se enriquece la toma de decisiones. Por otro más complejo se hace el proceso.

Así, cuanta más experiencia va adquiriendo una persona, mejores valoraciones realiza para su propio beneficio. Y una manera de incrementar su conocimiento comparativo es el compartir información con terceros. De esa manera entran en juego alternativas que no ha tenido opción de conocer de primera mano y también corrige cálculos pretéritos.

En cuanto a la complejidad que conlleva gestionar tal volumen de información creciente la solución se haya en que con el tiempo se va estableciendo un bien como referencia comparativa. Es así como surge el concepto de dinero. Es su capacidad de transmitir información y su aceptación general lo que le otorga la función de medio de pago.

Este homogenizador en el mecanismo de valoración, sin embargo, no trastoca en nada la individualidad del proceso. Facilita la comunicación y las transacciones, pero no altera en nada la subjetividad de la toma de decisiones. Al igual que una misma lengua no implica un mismo pensamiento, una moneda común no implica una valoración homogénea. Además, en la toma de decisiones no entra en juego sólo la comparación física y/o pragmática de las alternativas, también tienen un gran peso los elementos morales, éticos, estéticos, oníricos, religiosos, sexuales… Y un largo, o corto, etcétera en función de cada persona.

Cada una de las escalas de valores tiene un proceso social paralelo: incremento de comparaciones, puesta en común con terceros, elaboración de estándares que facilitan la comunicación y la interrelación con el fin último de perfeccionar las decisiones –y por tanto acciones- individuales. Es esta la génesis de la sociedad, pues el individuo sale beneficiado de este intercambio perpetuo. Mientras más social se vuelve una persona más beneficio puede obtener y más puede especializarse en un área, puesto que puede obtener lo que abandona de la especialización de otros. El incremento de riqueza individual y colectivo no proviene sólo del perfeccionamiento del mecanismo de toma de decisiones y con ello la posibilidad de la especialización, también elementos que no son valorados por sus propietarios pasan a tener valor para otros. Con todo ello el comercio en todas sus acepciones crece imparable enriqueciendo a todos los que toman decisiones correctas. Decisiones correctas que, como hemos visto, el mecanismo de intercambio hace accesibles a cada vez más individuos.

Toda intervención determinista en este mercado es contraproducente, pues tergiversa los resultados del intercambio de información haciendo que incrementen las decisiones incorrectas. Y cuando hablamos de mercado no centramos el análisis al aspecto material o dinerario, sino que nos referimos a todo el universo de cruces de escalas de valores individuales –de todo tipo-.

La otra dimensión que define el valor es la percepción del tiempo. El análisis comparativo se perfecciona aún más al contrastar las valoraciones en distintos instantes temporales. De hecho hay elementos que no pueden ser valorados correctamente sin la intervención del factor tiempo: aquellas inversiones que necesitan un período de maduración considerable, costumbres o instituciones cuya utilidad ha de contrastarse con el devenir de los años…

Tanto en cuanto el entorno social no tenga un mínimo de estabilidad la variable temporal no es profusamente utilizada por los individuos. La incapacidad para reducir la incertidumbre sobre posibles evoluciones futuras hace que la persona actúe en términos cortoplacistas.

El proveer esa garantía de estabilidad es la función principal, si no la única, del estado. En primera instancia en la historia éste surge para minimizar los riesgos de ataques externos. Posteriormente, en la medida en que se logre establecer estabilidad mediante un sistema legal y un escenario de paz, la evolución social, los ensayos que se van produciendo y el crecimiento tanto de riqueza como del horizonte temporal de análisis, la cortoplacista ley del más fuerte que dio origen al estado va dando lugar a fórmulas más productivas y respetuosas con el individuo.

Este proceso no es ni automático, ni lineal, ni necesariamente acumulativo. Simplificando podemos indicar que el choque entre posturas cortoplacistas y largoplacistas lo hace recorrer sentidos opuestos en función de la corriente predominante.

Esto explica el que haya países que nunca hayan conseguido salir de la ley del más fuerte y estén estancados en su desarrollo. También explica el por qué entornos democráticos caen en movimientos involucionistas y regímenes autoritarios progresan.

En un entorno democrático donde se pierde la noción de la función del estado y éste queda sin límites se producen dos fenómenos devastadores: En primer lugar el crecimiento del aparato burocrático interfiere en el mercado, y a más intervención, menos efectividad de los mecanismos de intercambio, peor toma de decisiones y disminución de la generación de riqueza y bienestar, llegando a entrar en empobrecimiento y penurias. El segundo efecto es que el horizonte temporal se vuelve enormemente cortoplacista. Al depender todo del capricho en interés de los políticos las decisiones de la mayoría de la población, especialmente de los mismos tecnócratas, se desarrollan en plazos electorales. Desde que un cambio de gobierno puede modificar el marco legal a su antojo no es posible establecer proyectos de largo recorrido que dependan de esa arbitrariedad. Esto, además, es un incentivo inconmensurable para la corrupción, puesto que el favor del poder se convierte en una ingente fuente de riqueza a costa del expolio “legal” del resto de la sociedad (mientras quede algo que quitar a los demás, claro).

Mientras tanto, un sistema autoritario que limite su ejercicio a una serie de campos determinados (como puede ser la política, la detentación del poder y el enriquecimiento de los gobernantes y acólitos) y se despreocupe de lo demás, otorgará a la sociedad un marco estable y un margen de libertad que pueden permitir un desarrollo y enriquecimiento sólidos. Hasta hemos visto cómo esta evolución ha sido la causa de que, cuando ciertos regímenes se han enfrentado al relevo en el poder, la sociedad ha podido eliminar o disminuir la carga autoritaria y arbitraria del estado.

La corrupción de la función del estado nos ha traído esta crisis, que a su vez genera un escenario gravemente cortoplacista. Y la prostitución interesada de los conceptos y de los análisis en tal entorno nos hacen encontrar conclusiones de lo más disparatado: que la democracia es el problema, que falta más regulación, que hay que generas más dinero fiduciario (el cual no tiene absolutamente nada que ver con el mecanismo del dinero real)…

Tenemos una generación que exige del estado una certidumbre imposible en lugar de una estabilidad sólida. Que quieren una tajada de una riqueza, o bien inexistente, o bien que pertenece a otros, en lugar de exigir que cada uno labre su porvenir. Tenemos, en resumen, una generación suicida, una adicta que pide más droga en lugar de un remedio.

Entrar en análisis de por qué falla el sistema sin explicar y tener claros los fundamentos nos llevará siempre a tratar síntomas, no la enfermedad. No tiene sentido arreglar las goteras mientras los cimientos se hunden.

Es ridículo discutir sobre la prima de riesgo y lo que podemos hacer para disminuirla, cuando la respuesta es que el estado no puede tener derecho a endeudarnos. Es absurdo buscar una fórmula para mantener el dinero fiduciario cuando éste no debería existir. Es inútil denunciar la corrupción mientras el modelo de estado hace que el ejercicio del poder se fundamente en la corrupción.

Otra cosa es debatir sobre cómo salir de la situación en que nos encontramos, pero sin tener claro hacia dónde ir y por qué, vamos a dar más vueltas de las necesarias. Creo que con lo aquí expuesto podemos inferir una vía hacia un camino correcto.

Autor: Juano