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Sobre José García Domínguez y las #redessociales

escrito por Burrhus el elefante neocon 16 abril, 2012

Una de las imágenes que tengo grabadas de la Fórmula 1 es ver a Adrian Newey, responsable de haber creado uno el mejor coche de la parrilla durante los últimos años, acercándose a un Force India, que podía ser el sexto o séptimo coche de 13 equipos, para ver qué podía copiar y mejorar de su propio coche. El “puto amo”, intentando aprender de un coche “del montón”. Tal vez éste sea uno de los principales rasgos de los mejores: además de utilizar su inmenso talento, siempre están dispuestos a mirar qué pueden aprender de los demás. No obstante, reconozco que no es imprescindible: Se puede ser un genio y el mejor e ignorar a todo el mundo.

José García Domínguez no se rige por los mismos principios que Adrian Newey a la hora de estudiar la economía política. Esa es la impresión que he sacado de una discusión entre uno de los compañeros de esta casa, Plazaeme, y el señor García Domínguez, acerca del artículo de MILL sobre el papel de la inversión y el endeudamiento públicos.

El mensaje de MILL se resume en esto:

Porque lo que pretenden los keynesianos es lisa y llanamente que los alemanes avalen nuestro déficit y nuestra deuda y que el BCE se ponga a imprimir (aún más) billetes. Obvian, como siempre, los hechos: ni USA ni Japón han solucionado sus problemas y ni USA ni Japón van a poder pagar nunca sus deudas.

Lo anterior, por supuesto, explicado con matemáticas, gráficas muy chulas y datos en la mano. Huelga decir que lo mejor que pueden hacer es leerlo enterito. Yo creo que MILL no se equivoca porque lo planteado está bien argumentado, pero cabe la posibilidad de que MILL y yo estemos metiendo la pata hasta la rodilla, de modo que nos conviene escuchar a nuestros lectores para que nos machaquen con sus críticas. El señor García Domínguez ha declinado a la invitación de replicar el artículo, tras una relativamente corta discusión, con el siguiente argumento:

En Desde El Exilio hemos entrevistado a docenas de científicos de gran prestigio internacional. Incluso a Premios Nobel, como Vernon Smith. A Obama, todavía, no se lo hemos pedido, pero entendemos que tiene una agenda muy apretada, y no nos gusta molestar. Igual debería pedir opinión a Germánico, que entiende mucho más de estas cosas.

Conste que me parece muy bien la postura de García Domínguez. Primero, porque yo tampoco soy el Adrian Newey de nada, ni por talento ni seguramente por mi escucha activa a los demás. Y, segundo, porque todos estamos en nuestro perfecto derecho de prestar atención a aquello que creemos más importante. Ya sea porque creemos que no tenemos el nivel. O porque tenemos un tiempo limitado. O porque no nos apetece. O porque no es nuestro ámbito de discusión. O porque sólo estemos dispuestos a discutir bajo una serie de condiciones. O porque la gente es muy pesada. O porque simplemente utilizamos las redes sociales para vender nuestro producto. Además, es de agradecer que intente responder al máximo número de personas posibles.

No obstante, si estoy vendiendo un producto y alguien, por anónimo que sea, me dice que es defectuoso y que puede tener repercusiones negativas para quienes lo consuman con matemáticas y datos en la mano, me lo pensaría un par de veces antes de mantener mi postura. Salvo si mi postura no tiene repercusiones para mí, en cuyo caso, me basta con un poco de aplomo y otro de palabrería para decir todas las estupideces que quisiera. Plantear ideas que pueden arrasar una economía o acabar con el Estado de derecho de un país es gratis, una de las pocas desventajas de la libertad de expresión.

Esta reflexión no es aplicable únicamente al señor García Domínguez (o a nosotros mismos). Me atrevo a decir que es perfectamente aplicable a todos aquellos que usan las redes sociales para difundir mensajes:

  1. La mayoría de “famosos” sólo nos cuentan cuánta gente hay en el autobús, qué hay de comer en las instalaciones del club o si les pica la nariz. Vamos, que tienes que ser muy fan. Reconozco que de vez en cuando también suelto mis tonterías personales, pero no hago de ello mi vida social de la red.
  2. Un nivel superior de repateo me produce ver a las grandes figuras hacer propaganda a través de las redes sociales. ¿Qué es más empalagoso leer? ¿A Pepe Griñán lanzar sus infumables mensajes políticos sobre cómo dejaremos de ser la Comunidad Autónoma con mayor tasa de paro de toda Europa, o a Pedro J. Ramírez retwitear a quienes le hacen la pelota o dicen alguna chorrada positiva de Orbyt? Nótese que esto es aplicable a cualquier persona con un mínimo de popularidad: Cualquiera, desde los más importantes políticos hasta el último pelagatos de la secretaría del ayuntamiento más olvidado de la mano de Dios hacen esto. Desde el más importante deportista del mundo al portero suplente de un equipo de tercera regional.
  3. El siguiente nivel es cuando estás siguiendo los medios de comunicación plantean encuestas con respuestas sesgadas. En aras de una mínima apariencia de neutralidad, se agradecería que las preguntas no fuesen del tipo “¿crees que una pomada para las almorranas aliviaría el picor de pies?”, “¿Madrid o Barça?” y cosas así. Sin embargo, es comprensible que los medios formulen las preguntas usando la lengua de Cervantes como más les  interese, es decir, fomentando las visitas, y no planteando las preguntas o las discusiones de forma didáctica.
  4. El penúltimo nivel es el no responder porque te dejan en evidencia. Esto pasa cuando te ves tú muy contento con tu articulito, y resulta que llega otro y te lo destroza. O te sueltan un argumento racional que deja en evidencia la falsedad de los tuyos. Claro, te están dejando en ridículo y no quieres dar más difusión a esos argumentos. También lo entiendo: se vive de un prestigio profesional, y que llegue un mindundi cualquiera y lo haga mejor que tú, pues no es que no siente bien, es que te juegas el salario. Esto también puede ocurrir con algunos bloggers con sus ideas de salvación mundial, que les das un artículo que demuestra a través de la lógica que su argumento es una chorrada y te tienen que ignorar porque el ridículo puede ser de los que hacen afición, aunque también puede aplicarse a los políticos de todo signo. A MAFO nunca le hacen caso cuando habla de energía, y mira que el tío se esfuerza. Pues en El Mundo están encantados con Ruiz de Elvira.
  5. Y, finalmente, en la cúspide del repateo, del mal gusto y de la mediocridad intelectual, tenemos la “clase social”. Suele pasar lo siguiente: Tú te has matado a mirarte los datos, a currarte gráficas, a demostrar lo más rigurosa y humanamente posible que cierto argumento es falso, o verdadero. Entonces, alguien que no tiene nada mejor que tú salvo el hecho de que sale en un medio de comunicación, y dice el argumento que tú con tanto esfuerzo has tratado de refutar. Llegas, y con toda la educación que has podido aprender, le dices que no, que eso no es así, y le pasas el enlace que lo demuestra. Pues bien, la “clase social” implica que el señor al que le has demostrado que su argumento es una caca de vaca te desprecie porque “no eres alguien”: no eres un político, no eres un periodista, no eres famoso, no se te conoce. Ya puedes haber escrito “El Origen de las Especies”, el Tractatus de Wittgenstein, la cura del cáncer, o prever los problemas actuales de España con más anticipación que el propio Gobierno, que como no seas “alguien”, estos señores no te harán caso porque no estás dentro de su clase social, te lo dirán y seguirán diciendo las mismas estupideces que tanto tiempo y esfuerzo has dedicado en refutar.

Los tres primeros puntos los hace casi todo el mundo. El cuarto, la inmensa mayoría. El quinto, solo unos pocos “elegidos”. Lo que nos lleva a la cuestión de la muy escasa repercusión de la “masa”, e incluiremos aquí a los blogs, en otros medios de comunicación, a la hora de crear una idea que después éstos transmitan a la sociedad de la misma forma que ellos hacen con nosotros. En mi opinión, y salvo muy contadas excepciones, la repercusión del “ciudadano común con algo que decir” es nula. Existe una diferencia de clase entre, no ya quienes escriben en la red y quien aparece en otros medios, sino entre quienes publican en blogs y en medios de comunicación de internet. La repercusión de la blogosfera española ya ha sido comentado en otros blogs.

¿Cómo se arregla esto? No tengo ni idea. ¿Debe arreglarse esto? No tiene porqué. ¿Tienen que cambiar los bloggers? ¿Y aquellos periodistas dedicados a hacer de correa de transmisión de la propaganda de los políticos? En realidad, los blogs reflejan el nivel, las capacidades de la sociedad. Y como el nivel es tan bajo, se refleja aquello que se pretende copiar. ¿Y qué se copia? Pues a los medios de comunicación, que cuentan con gente de gran calidad y gente mediocre. Encontrar a gente que “se lo curre” y a la que se la pueda considerar “independiente” es una labor de espeleología. Y eso no es culpa de los medios, sino de cada uno de nosotros.

Así, en base al prejuicio creado, los bloggers son ignorados por grandes medios de comunicación, y por tanto de la sociedad, porque en realidad tampoco tienen nada que decir. Y los pocos buenos que hay son sepultados por los vacíos aullidos de la masa. O podría ser que los pocos que nos creemos buenos somos sólo en realidad unos pardillos soñadores.

Por cierto: Como seguramente al señor García Domínguez no le gustará que este artículo esté escrito bajo pseudónimo, puede saber quién soy en Twitter.