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¿Dación en pago? No con mi dinero, gracias

escrito por daoiz 28 febrero, 2012

La semana pasada se anunció a bombo y platillo la intención por parte del Gobierno de Mariano Rajoy de favorecer, en determinados supuestos y condiciones, la dación en pago del inmueble hipotecado para saldar el total de la deuda pendiente con el banco, aún en el caso de que la deuda fuera superior al valor del bien hipotecado.

La medida ha sido recibida con alborozo en los medios afines al PP. Y con críticas en los medios hostiles por no ser lo suficientemente “progresista”, e imponer limitaciones y condiciones a la dación, en vez de generalizarla.

Todos los partidos, sin excepción, son partidarios en mayor o menor medida de regular por ley la dación para saldar las hipotecas en caso de impago.

Debe ser por lo tanto algo realmente bueno, ya que todo el mundo está de acuerdo. ¿O no?

Si en alguna cosa existe cierto consenso en cuanto a uno de los orígenes de la crisis inmobiliaria mundial, es en que durante la burbuja de principios de siglo se produjo una espiral de:

1. Tipos de interés muy bajos durante mucho tiempo, frecuentemente negativos en términos reales.

2. Préstamos concedidos por las entidades bancarias por importes del 100% o más del valor de tasación, contra toda práctica de sentido común, a tomadores de préstamos para los cuales el pago de la cuota hipotecaria mensual era en muchos casos superior no ya al 33% recomendable, sino incluso al 50% de los ingresos mensuales del tomador.

Estos contratos hipotecarios fueron suscritos de acuerdo a las leyes vigentes en cada país, sin coacción de ningún tipo, entre entidades bancarias (públicas y privadas) y particulares. En algunos países (Estados Unidos, por ejemplo), se contemplaba en dichos contratos la dación en pago como modo de saldar la deuda en caso de impago. En otros países como España, en el caso de que el valor del inmueble procedente de su subasta no fuera suficiente para cubrir el total de la deuda, el tomador del préstamo debería seguir devolviendo la cantidad restante.

Como apuntaba MILL hace unos días, los gobiernos de todo el mundo disfrutaban extasiados de este boom, pues les permitía aumentar de forma espectacular los ingresos fiscales procedentes las transacciones de compraventa (entre unas cosas y otras, cerca del 10% de la transacción iba para la buchaca), y con ellos el gasto público, destinado a seguir extendiendo el poder de Papá Estado (quiero decir, “aumentando los derechos sociales de los ciudadanos bajo el Estado del Bienestar”, últimamente estoy despistado). Por no hablar de los orgasmos financieros experimentados por los concejales de urbanismo de este país encargados de las recalificaciones correspondientes a los nuevos proyectos.

Cuando a finales de 2007 explota la burbuja en Estados Unidos, se toma por parte de sus autoridades una decisión de corte “chamberlainiano”. En vez de dejar quebrar aquellas entidades bancarias mal gestionadas (es decir, aquéllas que prestaron demasiado dinero a personas insolventes), y para evitar un probable caos bancario, se decide rescatar a los bancos con dinero público (ya sean inyecciones de capital, nacionalizaciones, etc).  Pronto se vio que en este mundo globalizado no quedan (ni siquiera en el Reino Unido) churchills con arrestos suficientes para hacer lo que éticamente debería haberse hecho: el que lo hace mal, lo paga. ¿Por qué Spanair puede quebrar por su mala gestión, y en cambio los bancos no? ¿Qué tipo de seguridad jurídica es ésa? ¿Por qué los ciudadanos que hicieron bien las cosas y tienen la fortuna de tener un trabajo deben sufragar los desmanes y torpezas de banqueros corruptos o incompetentes vía impuestos coactivos?

No soy economista, pero en mi humilde opinión, esta decisión habrá traído a largo plazo más cosas negativas que positivas. Nunca sabremos que hubiera pasado en caso del tan cacareado caos financiero. Pero de momento, se habrán perdido una o varias décadas en Occidente entre estancamientos y recesiones (la digestión de la bacanal será lenta). En segundo lugar, el desprecio por parte de los ciudadanos a los bancos es patente. En tercer lugar, las dudas del capital a la hora de invertir crecen, pues si las reglas del juego se pueden cambiar en función del segmento y tamaño de las entidades, cualquier cosa es posible. Y, por fin, se ha producido la pérdida de la supremacía moral de la civilización occidental, basada en el respeto a la propiedad privada y la Ley, entre otras cosas. No somos mucho mejores que los chinos, lamentablemente.

La dación en pago me produce sensaciones similares. De nuevo, los ciudadanos que hicieron las cosas bien y pidieron prestado lo que podían pagar, van al rescate de aquellos que no lo hicieron tan bien. A mí me gustaría vivir en una casa más grande. Pero pedí el préstamo que podía pagar.  ¿Por qué debo ayudar a aquellos que pidieron más de lo que podían pagar? Si es por solidaridad, que se pida a los ciudadanos de manera voluntaria. Y por favor, que no se me diga que son los bancos los que van a encajar en sus cuentas de resultados las pérdidas, porque ya sabemos quién paga esas pérdidas vía FROB.

Es verdad que la forma de hacerlo del gobierno popular ha sido prudente, limitada a casos excepcionales, y vestida de acción de carácter voluntario por parte de los bancos (que a cambio dejan de pagar impuestos por esas pérdidas; impuestos que tendrán que cubrirse vía ciudadanos asalariados, ya que las cuentas deben cuadrar). Es verdad que se ha hecho por razones demagógicas, ya que existe un amplio consenso social acerca de la bondad de la medida. Pero es éticamente deplorable, en mi opinión. Una vez más, la seguridad jurídica de contratos suscritos voluntariamente entre partes y sujetos a la Ley quedará en papel mojado.

Pero es que además me barrunto las consecuencias que en un país como España puede tener esa medida:

– ¿Qué hará una familia en la que sólo trabaje un miembro, y que hoy esté sufriendo lo indecible por pagar una casa cuyo precio de venta no saldaría el total de la deuda, en caso de saber que si no tuviera trabajo ningún miembro pueden quedar en paz con el banco con devolver las llaves, y además dispondrán de un plazo de dos años hasta ser desahuciados? ¿No tendrá tentaciones esa familia de dejar en paro al miembro trabajador, o de recolocarlo en la economía sumergida?

– ¿Qué harán los bancos con los diferenciales hipotecarios, sabiendo que en caso de continuar las caídas del precio de las casas pueden tener que “comerse” las posibles pérdidas en caso de impago? ¿No tendrán la tentación de subir aún más los tipos de préstamos, dificultando aún más el ya estrangulado crédito?

Con todo, lo que más me irrita es darme cuenta de que mis conciudadanos no piensan más allá de los eslóganes que los telediarios o partidos políticos les hacen engullir cada día. Supongo que es por eso que prácticamente no he leído ninguna crítica a la medida, salvo las que la consideran “insuficiente o ultraliberal”.

Desgraciadamente, me temo que tenemos lo que nos merecemos.