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Diario de un parado: post scríptum

escrito por Germanico 7 febrero, 2012

 

Llevo en paro casi cinco meses. Al principio de mi período abierto de desempleo quise exponer algunas de las cosas que me pasaban por la cabeza por aquel entonces, y comencé un diario, con el nada original título, dado el asunto que trataba, de Diario de un Parado. En un post anterior comentábamos Dhavar y yo, cómo no, en los comentarios, que poner por escrito nuestras desgracias nos ayuda a darles un sentido y superarlas, de alguna manera. Yo no sabría valorar en qué medida me ayudó a mi hablar del asunto. Puse un punto final al Diario con un post de despedida del mismo y de Desde el Exilio. Había tocado fondo. A pesar de estar tratado con ansiolíticos y antidepresivos, a pesar de tener una familia maravillosa, a pesar de tener unos amigos fantásticos, aquí y fuera de aquí, no podía dejar de concentrarme en mi desgracia, que no era, como pudiera esperarse, mi situación de paro, sino otro asunto más profundo, de carácter psicológico: en los entornos laborales me siento disminuido. Esto podría deberse a varios motivos, y yo no sabría ponderar el peso de cada cual en el resultado final de mi inseguridad. Pero el hecho es que mi fobia al trabajo, adquirida a lo largo de unos cuantos años, es una realidad, y una realidad que esconde una fobia a cómo se comportan las personas en el trabajo. Es posible que haya tenido mala suerte con aquellos de quienes me he visto rodeado, también es posible que yo sea responsable por algo más que por mi fobia de mis debilidades profesionales, pero el hecho es que la intensidad de la fobia, y del estrés que la acompaña, crecía más que proporcionalmente con el descenso de categoría no del trabajo, sino de los compañeros del trabajo. No tengo porque volver a  contar mi historia, a pocos les interesaría, pues nada tiene que decirles acerca de ellos mismos, probablemente, pero resumo: pasé del departamento de administración a un puesto fantasma y de ahí a un centro de distribución, es decir: pasé de estar rodeado de gente medianamente educada y formada (tampoco demasiado, era un empresa de transportes -logística suena más chuli) a estarlo de un montón de ejecutivos fantasmas que no respondían mis correos, interpelaciones y requerimientos y con la finalidad de crear un imperio de la nada con mis solas fuerzas, a estar rodeado de gente de lo más normal y, al decir normal, utilizo un sutil eufemismo. No soy clasista, ni me considero superior así, en términos generales, a nadie. Pero yo no podía encajar, con mi formación y mi, digamos, delicadeza (no, no soy gay sumiso, ni un osito de peluche) en el nuevo entorno que me crearon, y menos sometido a presiones inmensas y cantidades ingentes de trabajo, además de a flagrantes injusticias -que recaían las más de las veces sobre mi humilde persona.

Visto en retrospectiva creo que aquél día  en que me marché del trabajo a media mañana con la ventanilla llena de transportistas y un montón de curro sobre la mesa, mi cuerpo tomó por mi la mejor decisión que podía haber tomado. Un agente perfectamente racional y optimizador de resultados no habría tomado jamás esa decisión  tan drástica y, para qué negarlo, loca, y menos en el entorno laboral de cuatro millones y pico de parados y gente dándose de ostias por trabajar en lo que yo estaba trabajando por la mitad de mi sueldo. Pero el médico me dio la baja y, durante la misma me ofrecieron lo que eufemísticamente se llama un acuerdo. Lo acepté.

Ahora sigo sin trabajo. Mi próxima visita al INEM será en abril. Pero no estoy parado. No soy un parado del paro. Estoy aprendiendo cosas, haciendo cosas nuevas, descubriendo nuevas dimensiones de la vida que antes me habían pasado desapercibidas. El futuro es incierto, pero no mucho más de lo que pueda ser para cualquiera que ahora asiente sus posaderas en un cómodo sillón de un amplio despacho. Porque cualquier día te despiden, o te diagnostican un cáncer, o tienes un accidente de tráfico, o pierdes a un hijo o a tu pareja. Hay muchas cosas improbables que, sumadas, son una espada de Damocles sobre nuestras cabezas cogida por una crin de caballo. Hay que seguir viviendo, no puedes obsesionarte con lo que no puedes controlar, y eso es casi todo.

España está pasando por una crisis demoledora. Lo descorazonador no es el hecho de que estemos en crisis, sino la incertidumbre que genera, el ver que no termina de tocar fondo, que todo el tejido empresarial y productivo del país se descompone y no hay el más mínimo indicio de recuperación. ¿Qué tal si pasamos de ser uno de los países teóricamente más desarrollados a convertirnos en un país en vías de subdesarrollo? Los países en vías de desarrollo ya los conocíamos, y, vistos desde una perspectiva progresista, e incluso capitalista, eran parte lógica de un ascenso global hacia el bienestar y la riqueza de las naciones. Pero este concepto de dirección contraria me parece más interesante. Asistir al deterioro de una economía y una sociedad como la española es desolador. Y al final, la única conclusión a la que llegas es que puedes extrapolar el fenómeno de la empresa en la que estuviste a toda la sociedad española, y concluir que, simplemente, lo que pasa es que estás rodeado de gilipollas.