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La burbuja silenciosa

escrito por El Centinela 2 noviembre, 2011

imageA lo largo de nuestra vida hemos vivido el nacimiento y estallido de varias burbujas; en los últimos tiempos la tecnológica o de las puntocom, la asiática, la del ladrillo o de las subprime, que son las que más recordamos seguramente no sólo por recientes, sino porque hemos sido más conscientes de ellas al haberse producido en nuestra edad adulta y habernos afectado directamente. Han condicionado tan radicalmente la existencia de millones de personas que se han convertido en los cocos, demonios alimentados por la avaricia de los mercados financieros y el desenfrenado consumo compulsivo de las masas aborregadas,  que han terminado con el sueño del bienestar.

Carentes de la capacidad de pensar sistémicamente, pocos se han dado cuenta de que cada uno de los individuos que componen esa masa comprante aborregada es precisamente quien va constituyendo los suprasistemas que se van formando por agregamiento caótico de intereses, individuo a individuo; libre, sutil e inexorablemente arrastrados por los grandes atractores: la publicidad, la política, los personajes-icono… hacia determinados automatismos de consumo. De modo que se sustrae a su consciencia su participación en el aborrecible engranaje mercantil cada vez que compran en Carrefour tan tranquilos, repostan en Repsol, escuchan música, envían whatsapp’s a sus contactos de Facebook para organizar un flashmob antisistema…

Pero si esto, siendo obvio, pasa desapercibido, menos aún es del conocimiento común la existencia de una silenciosa burbuja, un sigiloso cáncer, una subrepticia pero ruidosa locura nutrida igualmente por los intereses de no poco diabólicas corporaciones multinacionales, sus codiciosos directivos y el consumo de lanares masas arrastradas por la más alta motivación, ésa contra la que ya nos advertía Chesterton cuando decía que “lo malo de no creer en Dios no es que uno no crea nada, es que se cree cualquier cosa” especialmente que uno es dios, por supuesto, o por lo menos alguien especial, un Maestro. El deseo de omnipotencia surgido del tirano interior permanentemente insatisfecho que se manifiesta mediante las ansias del ego de ser preferido frente a los demás, ese vicio llamado soberbia, sumado a uno de los deportes nacionales –aparte del “Vivan las caenas”– la fragilidad de la autoimagen en la comparación con los otros más exitosos –la envidia–, cierra el indestructible círculo vicioso constructor de esta siniestra maquinaria licuacerebros.

Sus individuos individuales son una clase de esas que surgen en las proximidades de los escalones superiores de la pirámide de necesidades de Maslow, cuando la seguridad y el bienestar alcanzado por las sociedades civilizadas es tan grande que a todo desorientado esencial que se precie sólo le queda el irrefrenable deseo de dar lecciones de vida a los demás, de ser maestros espirituales, incluso o especialmente, como el Caballero de la Armadura Oxidada salvador de princesas que no han pedido ser rescatadas, a quien no se lo ha pedido. Porque yo lo valgo.

La primera manifestación que recuerdo de ese cáncer tenía una forma amigable, más que inofensiva, virtuosa, revestida de una forma que nunca despertaríaimage sospechas aunque en su interior, agazapado, habitara un alien dispuesto a parasitar a la humanidad alfabetizada entera. En un atractivo amarillo, una silueta humana que recordaba al Pensador de Rodin, anunciaba la solución fácil a todos los problemas: tus pensamientos son el origen de tus sentimientos. No la realidad, claro, que quedaba tan limpiamente exterminada de la sociedad como antes lo fue Satán, el Príncipe de las Tinieblas y con él Dios, que ya no hacía puñetera falta. Después de los intentos japoneses y beatles de someter occidente exportando el Zen camuflado en las artes marciales y el hinduísmo happy hippy respectivamente, un individuo, llamado Wayne Dyer, parecía haber creado una forma de implantar una doctrina salvadora a base de limpiar zonas erróneas. Sin agua, ni bendita ni sin bendecir y que tuvieron su lógica continuación en Tus zonas mágicas y Tus zonas sagradas, para solaz de la maquinaria editorial transnacional y silencio de los indignados anticapitalistas.

Al calor de los focos y los aplausos, con él surgieron como setas otoñales otros aspirantes a mesías redentores como Anthony Robbins superstar, que prometía enseñar a quien tuviera a bien leerle o escucharle a controlar el destino, Louise Hay con sus hermosas frases pegadas por todas las paredes de las casas, o los Bandler y Grinder que prefirieron crear la destructiva secta de la Programación Neurolingüística (PNL para los amigos) y llenarse los bolsillos de dólares frescos a someterse a la en ocasiones estricta tiranía de los laboratorios universitarios, los patrios Sri Ramiro Calle, gentleman Luis Huete, fortunato Alex Rovira, makeateam Jorge Valdano, fliper Eduardo Punset, líderes, coaches pisaprincipios de cursito de fin de semana obsesionados por el rendimiento, y otros personajillos menores que no merecen ni ser mencionados. Sin olvidar a uno de los más destructivos: Daniel Goleman, padre del aclamado desvarío de mediocres y despistados llamado inteligencia emocional, digno sucesor de otro famoso estafador de nombre Freud, Sigmund Freud.

Sustitutos de los ministros de Dios, cesantes tras la defenestración de su Jefe, los nuevos maestros espirituales irrumpían en escena para quedarse, definiéndose para ellos todo un sector editorial llamado autoayuda, un incesante gota a gota por lo asequible a cualquier bolsillo, y poniéndose a su disposición púlpitos espectaculares con cáterings de diseño entusiásticamente sufragados por ignorantes directivos de empresas de todo tipo con la desinteresada intermediación de sindicatos y patronal. Sin Dios, o con un dios a la medida de las necesidades personales del ego, cueste lo que cueste (fiat ego pereat mundus), todo occidente ha sucumbido a las fiebres del relativismo, el voluntarismo y el positivismo, ese silencioso cáncer algo desinflado por los sucesivos ciclos de quimioterapia prescritos por el implacable doctor crisis. Pero que aún no ha dicho la última palabra, no se confíen, estén alertas, porque en cuanto los nuevos tiempos de prosperidad amanezcan, los nuevos Maestros, que por supuesto no han leído Mateo 23,1-12, volverán a atribuirse el mérito, no de destruir los valores adaptativos que nos han traído hasta aquí a trancas y barrancas, sino de mostrarnos la forma de construirnos una vida a nuestro infantil antojo.

Para colaborar en la tarea, en lo sucesivo y desde el exilio, El Centinela asume la misión de alertar de los subrepticios peligros que se ciernen sobre nuestras mentes, aunque tengan una apariencia tan inofensiva como un libro para ayudarnos a ser más felices, un estupendo caballo de Troya ante el que cualquiera relajaría sus vigilantes filtros críticos abriendo de par en par las puertas a la invasión de los virus.