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Gente parada, malos pensamientos

escrito por Germanico 20 octubre, 2011

Los días pasan como losas sobre la tumba de un tiempo muerto. He vomitado mi alma sobre una acera del plan E. Mi cuerpo es arrastrado en giros concéntricos en torno a la crisis llamada mundo, o acaso vida, fatalmente atrapado por su fuerza gravitatoria, por su gravedad irremediable: la gravedad de los acontecimientos.

Algunos vienen de por ahí para darme lecciones de moral porque tengo la osadía de sugerir que mi situación, y este Apocalipsis bíblico de la economía global, no son causadas  por el liberalismo, sino por su ausencia.

Lo dice el psicólogo Daniel Gilbert en su libro Tropezar con la Felicidad: no estamos dotados de la capacidad de percibir las ausencias, vemos un cuadro pero no lo que falta en él. Con nuestro cerebro completamos todos los cuadros, de hecho, de forma tal que “cuadren” con nuestras preconcepciones: nada de disonancias cognitivas.

Emigrar a otro país, elevarme a los cielos, esconderme debajo de una cama, saltar por la ventana creyendo poder volar, sentarme en un banco público y ver rostros pasar en espera de nada que pueda ya sorprenderme, que pueda ya conmoverme.

Paro, nada que ver con quietud imperturbable. Paro: fuente de inquietudes sin límite, de desesperación, de sensación de futilidad. Estar en paro es estar mal aparcado, en una plaza de minusválidos. Y que además te pongan la multa. Porque la fuente de financiación de tus gastos necesarios se te va sustrayendo poco a poco. Hay un multómetro en el reloj sin cuerda de la muñeca de un parado.

Más de uno se ha sacado ya el carné de minusválido sin serlo, y le vale para una temporada, en ocasiones es vitalicio,  y aposenta sus posaderas en alguna cómoda silla de oficina frente a una pantalla de ordenador llena de correos electrónicos con Powerpoints divertidos,  sentimentales o melancólicos. Los últimos tratan de concienciarnos de la pobreza en el mundo, del calentamiento global, de la crisis energética, de la injusta distribución de la riqueza.  Los primeros son un conjunto de tonterías con las que nadie debería perder su tiempo, si en algo lo valora. Pero para ellos el tiempo es de una levedad sin límites. Devienen en él como devienen en la vida. Primero una cosa y luego otra, todo de acuerdo a un orden preestablecido que ni se molestan en comprender. Y los segundos, los sentimentales: ay, que bonito es todo, en verdad, mirado con buenos ojos. Carpe Diem. La naturaleza. El amor. La humanidad y sus grandes obras. Los segundos ciertamente concuerdan con el paso de los segundos.

Y yo aquí estoy, flotando en el vacío. Espero tener algo que contar en las próximas aproximaciones al Diario de un Parado.