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Estados de Derechos

escrito por Germanico 17 octubre, 2011

Hobbes comenzaba su disertación sobre el Estado apuntando al hecho de que, de forma natural, todo ser humano tiene derecho a todo. Si te pones en el lugar de cualquiera puedes entender que se merece lo mejor, que su felicidad es el objetivo prioritario, y que los medios para que la alcance deben de estar a su disposición sin dificultades u obstáculos que se interpongan.

Ahora en el mundo se manifiestan miles de personas (sería exagerado decir millones, aunque quizás lo sean, no he echado las cuentas, ni me apetece; la razón no la da el número) porque están descontentos, o, por utilizar el término en boga “indignados”. El Estado no les da lo suficiente, parece que todo se lo quedan los políticos o se va por algún siniestro sumidero. No se reparten apropiadamente los bienes. Ciertamente es así. El Estado no funciona. No quiero al hacer esta afirmación establecer una verdad general y de amplio calado. La institución Estatal en una sociedad compleja como esta no puede desaparecer de repente sin catastróficas consecuencias. Y ni siquiera es deseable ni probablemente fuera generador de eficiencias y órdenes espontáneos sin fin su erradicación.

Pero las quejas de los afectados del síndrome de inmadurez política, no se me ocurre denominarlos de otra manera, se dirigen contra la escasa medida en la que el liberalismo económico se ha implantado, contra los mediadores entre ahorradores e inversores, contra el mercado, y, de boquilla, contra los políticos por haberse vendido a esa caterva de especuladores del capital.

La inmadurez política de estos manifestantes es afectiva. Pretenden prolongar indefinidamente su adolescencia, dedicarse a las artes y los juegos, a la improvisación y a comportamientos irresponsables hasta morir en un residencial espacioso y bien atendido con vistas al mar o a la montaña. El complejo de Peter Pan se ha extendido en nuestra sociedad conforme las promesas de dádivas sin fin de los distintos demagogos que se han sucedido en las democracias han sido expelidas con la halitosis de la podredumbre moral y el aroma a rosas de paraísos utópicos de distribución justa y equitativa de la riqueza de acuerdo con una igualdad humana que es un criterio de partida, en lugar de uno de llegada, como debiera ser, en la lucha por los recursos. Y es que los recursos los creamos con el trabajo, siguen siendo escasos. Que existan privilegiados que no merecen tanto como tienen puede despertar nuestra envidia ancestral, mecanismo igualitario para sociedades igualitarias ya perdidas. Pero si en una sociedad como esta se limitan severamente las restricciones al libre intercambio y los presupuestos públicos es seguro que el número de privilegiados (entendiendo por privilegiados quienes tienen grandes riquezas o incluso pequeñas pero seguras remuneraciones a cambio de nada) será pequeño y el de pobres (en términos absolutos o relativos) sustancialmente menor. Habrá de hecho mayor igualdad. Y trabajaremos todos, como conjunto, más, pero cada uno menos de lo que lo hubieran hecho los trabajadores “de verdad” en una sociedad hiperestatalizada e hiperregulada.

La gente que se manifiesta, en definitiva, lo que quiere no es Estado de Derecho, una utopía como otra cualquiera, parece ser, sino Estados, muchos Estados, proveedores de derechos, muchos derechos. Y eso, da igual lo que se diga, no es posible.

 Mi sueño sigue siendo, no obstante, una isla de sinecura en medio de un mar de liberalismo. Aunque ahora mismo me conformaría con un trabajo duro, eso sí, acorde con mi cualificación,  y bien remunerado. Y si todo se fuese a la mierda, cosa nada improbable, un lugar seguro donde vivir y trabajar, porque la violencia, mejor o peor controlada, es la alternativa a la libertad.

Seguimos en paro, qué se le va a hacer.

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