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Tonto es el que hace tonterías

escrito por Germanico 3 octubre, 2011

Decía Forrest Gump que “tonto es el que hace tonterías”. Siendo esto cierto también lo sería la afirmación de Einstein de que la estupidez humana es infinita. Pues no se trata de que tropecemos dos veces en la misma piedra -cosa que hacemos con frecuencia, superando la cifra de dos tanto más cuanto menos memoria guardemos del suceso o más excitante sea el objetivo que nos lleva a tropezar- sino de que padecemos ilusiones cognitivas congénitas, que la psicología social está desvelando igual que previamente desveló las ilusiones visuales la psicología de la percepción.

Una de ellas es el denominado error de atribución. Si en la carretera un “tonto” nos adelanta de forma poco ortodoxa no nos cabe duda de que el calificativo “tonto” le viene como anillo al dedo. Desconocemos las prisas que llevaba ni, de ser así, lo que había en juego por llegar tarde, si había discutido con su pareja poco antes, si estaba completamente despistado por algún estímulo visual, sonoro, táctil, que le había distraído por un momento de la conducción y le había hecho cambiar de carril antes de la cuenta…etc. Concretamente este error de atribución se denomina error fundamental de atribución, que es considerar una acción como debida a la personalidad de quien la realiza más que a sus particulares circunstancias del momento.

Basándose en dicho error quizás muchos psicólogos bienintencionados y creyentes de la bondad humana innata hayan tendido a creer que el comportamiento de un psicópata, un esquizofrénico o un drogado hasta las cejas podría explicarse no por sus rasgos de personalidad o por una patología o adicción, sino por las circunstancias. Muchos hechos delictivos, al ser juzgados, son explicados por la defensa como debidos a un mal barrio, unas malas compañías, o a las desigualdades provocadas por la perversidad del capitalismo.

Evidentemente se trataría en este caso de la segunda derivada del error de atribución, o error de atribución al atribuir error de atribución. Las cosas podrían haber ocurrido de otra forma, pero el delito, con la personalidad y/0  características mentales de ese individuo, en esas u otras circunstancias, resultaba inevitable.

Pero es cierto que tendemos a juzgar a los demás con un patrón mucho menos benevolente que aquel con el que nos juzgamos a nosotros mismos. Y más aún si esos forman parte de lo que se denomina exogrupo, esto es, las personas que están fuera de nuestros círculos de amistades, familiares, de grupos de presión e interés…A los del endogrupo, a los que consideramos miembros de nuestro club, incluso si este ha sido creado arbitrariamente -sobre esto Tajfel hizo unos experimentos interesantes, que se han reproducido hasta la náusea- los consideramos más inteligentes, hábiles, sociables, etc, pero sobre todo les consideramos más variados. El exogrupo es algo homogéneo, una masa informe de carne humana a la que habría que uniformar debidamente para distinguirlos de los nuestros. El endogrupo está lleno de excepciones a la norma, de originalidades, de personalidades diversas, de individuos.

Cuando a uno le despiden de un trabajo, o no le cogen en una entrevista, o le rechazan en la entrada de un local, siente que se han equivocado. Nos resulta difícil creer que nosotros hayamos podido tener parte o toda la culpa de ello. En cierto sentido consideramos, sea como psicólogos ingenuos, sea como avezados pensadores de la psicología social, que aquellos que nos ha rechazado o expulsado de un grupo, aquellos malditos INSIDERS que nos convierten en OUTSIDERS, son unos manifiestos estúpidos, unos “tontos” que padecen de una recalcitrante tendencia a cometer el error de atribución fundamental. Se han figurado que hemos cometido errores dónde no lo hemos hecho, o, en caso de que se haya producido alguno nos lo han atribuido a nosotros o, habiéndolo cometido nosotros sin ningún lugar para la duda lo han atribuido a nuestra personalidad, a nuestra manera de ser y estar en el mundo de forma permanente, y no al conjunto de circunstancias que nos distrajeron, perturbaron, a la complejidad de la tarea o a algún otro factor externo a nosotros.

Yo he abandonado una empresa, en cierto modo, por la puerta grande. No voy a decir que me hayan subido a hombros y me hayan vitoreado, pero al menos me han reconocido un despido improcedente, dándome los días por año trabajado que hemos acordado. La empresa se va a ir a pique, y la matriz absorberá los restos como los ameboides glóbulos blancos se tragan a los parásitos. Entonces los que queden serán EREcutados, y se llevarán sus 20 días.

Durante el proceso me he sentido tentado de hacer atribuciones, y de imaginar las atribuciones que han podido hacerse conmigo, erradas o no, las mías o las otras. Las relaciones humanas son complicadas. Este miércoles me dispongo a afrontar algo que a algunos les da más miedo que ir de visita al dentista y que, al final, se reduce a un intercambio más o menos elegante de atribuciones. El entrevistador tiene que formarse un juicio sobre tu persona, personalidad y capacidad profesional. No es fácil. Se siguen unos criterios estándar. Las entrevistas vienen a ser todas iguales y todas distintas. El elemento de relación interpersonal que surge durante la entrevista no puede encajar en ningún plan previo. Dos personas distintas se encuentran frente a frente y en un corto espacio de tiempo surge entre ellas un buen o mal “feeling”. Esto es independiente de la capacidad objetiva, tanto real como potencial, del candidato de realizar las labores asignadas al puesto vacante. Las dos personas entran en sintonía o no logran alcanzarla. En el último caso puede que el descarte se produzca apoyándose la mente de quien lo ejecuta en algún error atributivo que fácilmente le venga a la mente a través de algún heurístico de disponibilidad (vamos, de un atajo mental tomando la primera información que le pase por la cabeza, que esté “disponible”, para atribuir al otro un defecto que le hace incompatible con el trabajo).

Pero ¿cómo lograr dicha sintonía? No merece la pena esforzarse en ello. Surge o no surge. La suerte está echada antes de que uno cruce el umbral de la puerta del despacho dónde va a ser juzgado y acaso sentenciado a continuar en el destierro del mundo laboral. Se sabe, eso sí, que se ha logrado, cuando la conversación es fluida,  los gestos y movimientos de ambos participantes en el encuentro parecen más una danza que un tropiezo permanente del uno con el otro. Pero un danzante puede confiarse y….¡¡tropezar!!!, así que lo mejor es mantener la calma. Si uno tropieza, ya se sabe, es que ha dado con una piedra, y si así es, sabe que podrá volver a tropezar una y mil veces. “¡¡Tonto!! te dices….¡¡Mil veces tonto!!!”….si eres el candidato, claro, porque al otro, al  que selecciona, le dará un poco más igual al tener otros cientos de idiotas haciendo cola entre los que elegir.

Si, Forrest. tonto es el que hace tonterías, pero según ese criterio todos lo somos. Y algunos no parecen percatarse. Y tengo la sensación de que viven más felices.

En eso de las personalidades hay dos grandes tipos: el neurótico y el extravertido. El último parece más divertido, se lanza a vivir más aventuras, y se tropieza mil veces, pero se levanta una tras otra para seguir avanzando, y a base de locuras de ese tipo pues aprende. Ensayo y error. El neurótico en cambio mide muy bien sus pasos, teme, en cada vuelta del camino de la vida, un pedrusco. Esto le impide aprender y descubrir muchas cosas. Verdaderamente ambos tipos resultan bastante “tontos”.

Le decía ayer Svante Paäbo a Punset que los denominados humanos anatómicamente modernos hicieron algo que no hicieron los neanderthales: cruzar el mar cuando no veían tierra al otro lado. Ciertamente eso es una locura. Paäbo dijo: sin duda nos debe de faltar un tornillo. Y efectivamente así es.

Nuestra mente, argumenta Daniel Gilbert, un Psicólogo de Harvard, al desarrollar el lóbulo frontal, desarrolló la capacidad de mirar en el futuro más allá de lo inmediato. Así surgieron cosas como la imaginación, y el arte, la fabricación de utensilios cada vez más complejos, la religión….y todo eso que consiste en representarse la realidad como una concatenación de sucesos que van del pasado al futuro pasando por el presente, y la causalidad, que vincula unos hechos pasados con otros presentes o potenciales futuros basándose en correlaciones. El error de atribución es algo así. Si un agente hace o dice (comportamiento verbal) algo, lo que sea, inmediatamente le atribuimos una causa, una causa que le es interna. Surge entonces el error de atribución.

El psicólogo de Yale Paul Bloom habla del esencialismo de la mente humana. Es decir, de la tendencia de nuestra mente a otorgar a seres y objetos una esencia, un algo interno que se manifiesta externamente en formas y comportamientos pero que es único y específico de cada individuo o grupo de individuos similares (especies, skin-heads….etc). Nuestra mente causalista nos vuelve esencialistas. Si algo ocurre, hay una causa detrás, y esa causa, que es un primer movimiento, parte del objeto o sujeto en cuestión y se debe a cualidades (virtudes, defectos, naturaleza) propios del mismo.

Es imposible desembarazarse de esas ilusiones cognitivas. No, al menos, con este cerebro del que nos ha dotado la evolución biológica. Pensamos así porque nuestros antepasados sobrevivieron y se reprodujeron pensando así. No hay  que darle más vueltas. Y la realidad es una objetividad teñida de subjetividad, a veces neurótica, porque uno tiene una amígdala pequeña y muy activa en su lóbulo frontal derecho, y a veces extrovertida, cuando no sucede eso y ciertas inhibiciones no se hipertrofian.

Esos dos temperamentos han evolucionado porque en la vida en grupo de nuestros ancestros eran necesarios ambos tipos (y sus diversas variantes). Algunos debían estar especialmente alerta al entorno, aunque eso les produjera un gran estrés, y otros ser muy lanzados, aunque la curiosidad matase al gato -en este caso al ancestro. Unos estamos preparados para detectar peligros, otros oportunidades. Somos todos tontos, pero a un tiempo, y trabajando en grupo, resultamos ser la especie más inteligente de todas. O al menos la más próspera.

Lo que yo me temo es que la entrevista que me van a hacer este miércoles nada va a tener que ver con la que les tengo acostumbrados en este sitio web. Además de que el entrevistado sea yo.

Espero no hacer ninguna tontería, y confío en que no haya errores de atribución en el juicio de mi entrevistadora.

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