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Tiempos de serenidad

escrito por Maria Blessing 16 marzo, 2011
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Venas de agua
sombrean los arrozales con distintos
matices de verde.

Mientras los europeos de panza llena y techo seguro nos preocupamos por si podemos rascar un voto aquí y otro allá con el tema de las centrales nucleares, los japoneses se enfrentan a una hecatombe: un terremoto de los más intensos que se conocen y un tsunami como colofón. Por si no fuera suficiente con un terremoto de 9 grados Mw en la escala de Richer, solamente superado por el de Alaska en el año 64 y el de Chile en 1960, y como consecuencia lógica del propio terremoto, se desencadena un tsunami que termina de arrasar los restos del seísmo.

Lo que más nos sorprende, curiosamente, es lo que caracteriza a este pueblo, y en general, a esta cultura: la serenidad. Frente a los gritos de las plañideras de la cultura grecorromana, los japoneses celebran la fiesta de los muertos en verano, como una celebración de verdad. Es la famosa fiesta de los farolillos de principios de julio, en la que lo más llamativo es el aparato folclórico, solamente comparable a la Feria de Abril de Sevilla. Durante tres días, encienden farolillos y festejan a sus muertos con tambores y ropas de colores. Al cabo de los cuales ayudan a sus ancestros a volver al lugar del que vinieron fletando barquitas de paja de arroz en el río.

La muerte es una manifestación más de la naturaleza, te dicen ellos. Y tú, occidental miope, piensas que para nosotros también, y sin embargo… Y no es que no les duela la pérdida, es que se creen lo que dicen. No como nosotros, acostumbrados a hablar en formato slogan, más pendientes del continente que del contenido.

Nos choca que los ciudadanos japoneses no salgan a las calles a pegar chillíos, como decía Martirio corriendo como las locas. Nos sorprende que no se ven los muertos en estado de descomposición en sus televisiones. Ni está una reportera metiendo el dedo en la llaga a la madre que pierde a toda su familia. Cada cual cumple con lo que las autoridades dicen. Y probablemente esas autoridades también mienten restando gravedad al tema nuclear aproximadamente en la misma proporción que nuestros medios de comunicación la exageran.

Doce mil víctimas, dicen las crónicas. Cerca de cuatro mil muertos (tres mil y mucho y subiendo), cerca de siete mil desaparecidos. Casi dos mil heridos. Números. La verdadera herida sangrante es la tierra devastada. Los pueblos arrasados. El país colapsado. La gente tratando de entender qué ha pasado y sin capacidad (ni ellos ni nosotros) para calcular realmente las consecuencias futuras. El tiempo se ha parado y ya solamente existe el hoy, sin agua, luz ni comida en muchos kilómetros a la redonda. Y mientras ellos llevan su tragedia histórica con toda dignidad, los occidentales, que hemos olvidado qué significa esa palabra, aprovechamos la oportunidad de meter el codo en los riñones a los defensores de las nucleares (yo soy una, para que conste) y contamos con los dedos la cantidad de votos que se van a llevar los verdes en las próximas elecciones, reescribimos programas electorales para que se note menos que una vez nosotros también defendimos las nucleares, y desempolvamos las pegatinas de NO NUKES de algunas décadas atrás.

Shame on you, Occidente.

(*) El poema inicial es un haiku escrito por un japonés antes de su muerte. Los japoneses además del testamento y del reparto de objetos personales, escriben antes de morir un poema a la muerte.

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