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La cigarra y la hormiga revisited

escrito por Manuel Fernández Ordoñez 24 febrero, 2011

Érase una vez un hombre enganchado a ciertas sustancias. Las necesitaba durante el día, las necesitaba durante la noche. No podía estar sin ellas, no podía levantarse sin ellas, no podía trabajar, ni comer, pasaba frío sin ellas… no podía vivir. No fue el destino por lo que acabo enganchado, no fue locura juvenil, no fue mala suerte, no fueron las malas influencias. Había alternativas, pero eligió este camino. Sus hijos acabaron, también, enganchados mientras él hacía de intermediario quedándose con parte del dinero.

Todo iba bien, sin embargo. El dinero fluía porque sus hijos eran muchos, la droga nunca faltaba y el precio no era un problema. Los camellos estaban contentos, iban, venían y se hacían fotos juntos. Algunos de sus hijos (los menos) le advirtieron: una temeridad es lo que haces, tendremos problemas algún día, los tiempos serán difíciles y lo pagaremos todos nosotros. Pero no quiso escuchar.

En lugar de eso seguía derrochando, tiraba el dinero (porque en realidad no era suyo) y, a su vez, destinaba una gran parte del mismo a fabricar drogas autóctonas, más caras e ineficientes aún que las foráneas. Así fue pasando el tiempo y la dependencia se convirtió en algo endémico, en un virus, estructural e inmutable. Como las cosas que pasan poco a poco, casi nadie se dio cuenta mientras la vida discurría feliz entre dosis y dosis.

Pero un día llegaron los problemas (siempre culpa de otros) y el dinero escaseó. Sus hijos comenzaron a flojear, los que tenían poco se quedaron sin nada. Los que tenían algo se quedaron con poco. Mal de muchos, consuelo de tontos. Su camello tuvo también problemas y por un ajuste de cuentas las drogas desaparecieron (cuentan que sus hijos estaban oprimidos, anhelaban libertad y un futuro…no aguantaron más). El suministro se cortó y la vida, ahora, había que afrontarla de cara, tal y como es. Las drogas autóctonas (en las que había tirado tanto dinero) no estuvieron a la altura, no sirvieron para nada y el shock con la realidad fue terrible, desolador.

Muchos, entonces, no se explicaban, no daban crédito. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La última vez que le ví fue en una sesión de terapia. Se levantó y dijo: “Me llamo España, solía consumir gas libio y argelino a diario…pero no sé qué fue de mis camellos”.