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¿Igualdad o justicia?

escrito por Firmas Invitadas 15 febrero, 2011

Como decía Rousseau, para hablar de política, economía o derecho hay que considerar a los hombres como son (de lo contrario entraríamos en un absurdo) y las leyes como pueden ser. Partiendo de esta premisa, seguidamente, buscamos la mejor combinación posible de leyes y personas. Es decir: dentro de lo factible (condicionado por la naturaleza del hombre) hay que encontrar lo más útil, lo más beneficioso, lo que más satisfaga, tanto a corto plazo como a largo plazo.

Un legislador que comienza con buenas intenciones a imaginarse la legislación más útil y viable posible se encarará, a menudo, con la siguiente disyuntiva: igualdad versus justicia. Puede incluso entremezclar los dos conceptos: ¿no sería lo más justo posible que todo el mundo fuera idéntico?

Ahora bien, como hemos dicho, debemos tener en cuenta la naturaleza humana. El hombre es un competidor nato. Además, lo que más se adecua al hombre es la libertad, como podemos comprobar a lo largo de la historia. “El hombre está condenado a ser libre”. Al contrario de lo que sucede en otras especies, el homo sapiens es consciente de sí mismo, lo que le lleva a actuar por sí mismo y no por la comunidad (como sí ocurre en las colonias de hormigas, abejas, etc.). La autoconciencia implica propiedad privada, competición y distinción. No somos todos iguales, estamos programados para ser diferentes.

Como consecuencia de lo anterior, la justicia, lo que el ser humano merece, no será jamás la igualdad, pues ni es igual a los individuos de su especie, ni tan siquiera quiere serlo. Dicho lo cual, nos encontramos en las condiciones precisas para afirmar que la mayor injusticia será la igualdad de trato. Si un trabajador produce X y otro X+8, el segundo trabajador merece ser recompensado 8 unidades más que el primero; así, además, el primer trabajador tendrá incentivos para producir más e, incluso, superar a su compañero. De lo contrario, si ponderamos la igualdad de trato, y pagamos un salario, independientemente de su productividad, todo trabajador sometido a estas condiciones no tendrá ningún incentivo para trabajar.

Cambiemos de ejemplo. ¿Qué acontecería si el sistema educativo estuviese diseñado de tal forma de que todos los alumnos recibieran idénticos resultados en las calificaciones? Que ningún alumno estaría incentivado a aprender y a estudiar. Y, si alguno lo estuviese, porque disfruta estudiando más allá de sus resultados, estaría profundamente decepcionado: no es valorado. En consecuencia, la igualdad es sinónimo de injusticia, es un valor antihumano. Por este motivo las sociedades proigualitarias terminan igualando a todos sus integrantes en el cero.

Así las cosas, la forma idónea de organización de la sociedad es sustituir el concepto de igualdad por el de merecimiento. Todo el mundo debería tener las mismas oportunidades. Pero, dada la diversidad de la especie humana, cada uno deberá tener distintas recompensas, ya que cada individuo obtiene diversos resultados. En consecuencia, los creadores de riqueza (empresas, trabajadores, estudiantes, etc.) no deben tener más tasa impositiva que los reductores de riqueza.

Antonio Vegas (Anveger)