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Yo, primo, acuso

escrito por Burrhus el elefante neocon 1 febrero, 2011

Resulta desesperante comprobar la tasa de paro, superior al 20% de la población activa (y al 30% en dos comunidades), y ver que los políticos se encogen de hombros, como si se les exigiera luchar contra las corrientes oceánicas, la deriva de las placas tectónicas o la fuerza de atracción del Sol hacia la Tierra. Esto también es aplicable a todos los partidos de la oposición, fuerzas sociales, medios de comunicación, etc.

Y si a esa desesperación, le añadimos que suben la edad de cotización y de que muchos jóvenes no podremos cumplir los requisitos para obtener el 100% de una futura pensión.

En lo que a mí respecta, se acabó. Yo aplicaría la misma política que han aplicado en Ferrari cuando Fernando Alonso perdió el campeonato Fórmula 1 por una mala decisión de un ingeniero: retirar de ese puesto al ingeniero. Pero en este país no dimite nadie.

Sinceramente, les entiendo. Han sido tales sus meteduras de pata que, en su lugar, no querría remover demasiado una basura en la que se podría ahogar medio país. Y claro, limpiarlo todo significaría reconocer que se han gastado años de trabajo, de esfuerzo personal y dinero no ya en medidas equivocadas, sino en base a unos principios falsos.

Lamentablemente para ellos, yo no estoy en ese lugar. Al contrario que a ellos, a mí me conviene sacar la basura y repartirla en su justa medida. Así, voy a acusar a todos aquellos de los que me acuerde de haber contribuido a esta situación.

Yo, primo, acuso a José Luis Rodríguez Zapatero (y a sus lacayos –escuderos-) de no haber tenido los conocimientos necesarios para poder gestionar este tipo de situaciones, de no adoptar las medidas oportunas al principio de la crisis, de haber dilapidado el dinero del contribuyente en aceras como el Plan E y de pretender arreglar la crisis del paro con presuntas reformas que, con suerte, reducirían el paro en dos décimas. Le acuso de haber mantenido que íbamos a salir de la crisis mientras los datos le refutaban una y otra vez. Le acuso de haber llamado antipatriotas a aquellos que, usando la razón, tenían serias dudas sobre la recuperación española. Le acuso de escudarse en que la oposición no le ayudara, cuando eso, si uno es el Presidente del Gobierno de un Estado, resulta irrelevante. Y le acuso de mantener un sistema en el cual los jóvenes prefieren mayoritariamente ser funcionarios antes que empresarios o trabajadores. Se puede entender que antes de las elecciones no se enterara de lo que estaba ocurriendo. Que hiciera caso omiso después de éstas es lo que nos ha traído tantos problemas.

Yo, primo, acuso a Mariano Rajoy Brey (y a sus lacayos) de que no esté pero se le espere para que cuando llegue a la presidencia no haga nada que cambie nada de modo significativo o que, en su defecto, no se moleste en decirlo más alto y más claro.

Yo, primo, acuso a Cayo Lara (y a sus lacayos) de proponer sólo medidas imposibles de cumplir cualquier criterio contable.

Yo, primo, acuso a los nacionalistas (y a sus lacayos) de preocuparse únicamente del encaje de su comunidad autónoma en lugar de en los parados que tienen en su Comunidad, y de pretender hacer creer que el avance que se había producido en España en los últimos años se debía a las transferencias, cuando aquello no fue más que una simple coincidencia temporal.

Yo, primo, acuso a los dirigentes regionales de todos los partidos (y a sus lacayos) de pensar únicamente en la pasta que pueden recibir de España y de la Unión Europea, y de ignorar que es la sociedad civil la que realmente genera riqueza. Resulta vergonzoso ver a presidentes como el de la Junta de Andalucía, con una tasa del 30% de paro tras haber estado recibiendo miles de millones de euros de diferentes instituciones durante casi 25 años, pedirle al presidente del partido de la oposición, que a ver si echan una mano con las ayudas de la Unión Europea. Y les acuso de utilizar las comunidades autónomas como si fueran sus cortijos particulares, llegando a emplear las Cajas de Ahorro en obras públicas que jamás serán rentables, o a los medios de comunicación autonómicos como una parte más de los aparatos de comunicación de sus partidos.

Yo, primo, acuso a la Unión Europea de haber desarrollado sistemas de ayudas como la Política Agrícola Común o los Fondos de Cohesión que, más allá de sus intenciones, fomentan la servidumbre de la sociedad civil hacia el Estado y el parasitismo. Asimismo, acuso Banco Central Europeo de haber impreso millones y millones de euros y habérselo prestado a los bancos a tipos de interés artificialmente bajos.

Yo, primo, acuso a José María Aznar de haber potenciado las desgravaciones que, a la par que incentivaban la compra de viviendas, desincentivaban otras posibilidades de inversión, cuestión clave en la creación de la burbuja inmobiliaria. También le acuso de haber contribuido a desarrollar el repertorio de parches que componen nuestra legislación laboral.

Yo, primo, acuso a Felipe González de haber sumergido a este país en una crisis que tan similar a la actual y no haber sido capaz de proponer absolutamente nada que funcione, además de crear otros lastres en nuestra sociedad como el PER.

Yo, primo, acuso a los sindicatos de defender únicamente un sistema que ha generado una división legal que margina a los jóvenes y a los mayores de 50 años. Les acuso de engañar a la gente con sus medidas carentes de base real e ignoran la riqueza que debe crearse para mantener los “derechos”, de haber defendido durante décadas un sistema de convenios colectivos que fomentaba cumplir con el expediente en lugar de la productividad, y de haberse llevado durante años millones de euros por unos cursos de formación que no sacan del paro a nadie en una coyuntura como la actual.

Yo, primo, acuso a la patronal de no haber movido un dedo por demostrar su importancia en una sociedad civil sana, de basarse en cualquier excusa para no contratar a personas por pertenecer a un determinado perfil social hasta el punto de que hay licenciados que optan por ocultar sus carreras porque saben que es un motivo para que no le contraten. Y la acuso de estar constantemente deseosa de recibir subvenciones por parte del gobierno hasta el punto de que, sin ellas, muchos negocios no serían rentables.

Yo, primo, acuso a los medios de comunicación de, por un lado, haber fomentado los debates ideológicos en lugar de los debates racionales cuando se trataba de cuestiones relacionadas el dinero de los contribuyentes. Y por otro, les acuso de que, aún teniendo razón su perspectiva de que la situación era grave, no dudaran en usar la primera ocurrencia que se les pasara por la cabeza para defender aquello que creían o incluso podía ser correcto.

Yo, primo, acuso a quien inventara la LOGSE y a quienes le ayudaron a implantarlo de haber diseñado un sistema educativo en el que las clases acababan masificadas, con gente que no quería seguir estudiando y que molestaba a los demás, y aún mantenerlos en los institutos hasta los 16 años. Y la acuso premiar la picaresca frente a la constancia, consiguiendo que nuestro nivel formativo sea tan mediocre que aún quien quiera emigrar tendrá serios problemas en trabajar de “lo suyo” por su lamentable nivel de inglés.

Yo, primo, acuso a los padres de la Constitución de haber diseñado un sistema en la que, por errores clamorosos del pasado, se dio un poder que nunca debieron haber tenido a los grupos de presión como los sindicatos y las patronales en las decisiones del Estado (ver artículo 7).

Yo, primo, acuso a Francisco Franco de, además de lo obvio, de implantar en España el sistema de reparto de pensiones que padecemos.

Yo, primo, acuso a quienes afirman que esta generación tiene lo que se merece de ser unos hipócritas incapaces de reconocer que ellos mismos han estado viviendo del mismo cuento que ahora afirman repudiar: ¿O es que ellos se negaron a recibir los Fondos de Cohesión de la Unión Europea, la PAC, el PER o los planes de reestructuración de la minería? Porque ESE, y no otro, ha sido el espejo en que nos hemos mirado todos estos años.

Yo, primo, acuso a la sociedad civil de creerse que sus problemas se superan mediante leyes y no mediante el esfuerzo, el trabajo, el sacrificio y la mejora personal. La acuso de despreciar sus propias responsabilidades, delegando en los políticos. La acuso de ignorar que todos esos supuestos derechos sociales que disfrutamos hay que pagarlos, y que si no lo hacemos, los pagamos más adelante y con intereses. La acuso de haber mirado hacia otro lado cuando se hacía demagogia porque se beneficiaba de ella. La acuso de haber ignorado a aquellos que levantaron la voz y que tenían razón porque aquello era políticamente incorrecto. La acuso de infravalorar, menospreciar e incluso ridiculizar a todo aquel que tuviera altura de miras. Y la acuso de aceptar con buenos ojos que el puesto de trabajo que se persiga sea en una corporación local o en una Comunidad Autónoma por el hecho de que sea un puesto fijo que da horas libres, frente a la productividad y el deseo de ganar el máximo dinero posible haciendo aquello que a uno le gusta.

Yo, primo, acuso a esta generación de ser tan prima que piense que la solución pueda venir mediante cambios de gobierno y de seguir pensando que la política, en lugar de ser algo racional y que no depende del color del partido político de turno, se trata de algo pasional, como si se tratara de una fe religiosa o de sentir los colores de un club de fútbol. Si los sindicatos y un partido como el socialista han acabado llegando a un acuerdo como este, no es ni por amor al arte ni por los malvados mercados, sino porque el sistema no daba más de sí.

Yo, primo, me acuso a mí mismo de haber formado parte del juego, de haber tratado de sacar el máximo beneficio posible del mismo, y que, cuando me di cuenta, no hice lo suficiente en la medida de mis posibilidades para evitarlo, ni supe hacerlo bien. Y me acuso de no haber superado mis propios complejos.

Pero todo esto da igual a día de hoy. Lo hecho, hecho está. Cada cual, dentro de los límites de su conocimiento, responsabilidades, necesidades y debilidades, hizo lo que hizo. Y, sin que ese fuera el deseo, estamos pagando una deuda con tipos de interés astronómicos, 20% de la población activa en paro, 40% de desempleo juvenil, más años de cotización y menos pensión, etc. Toca pagar la factura y salir de la crisis.

Yo estoy dispuesto a perdonarles de todas esas acusaciones. No hace falta ni que se disculpen. Lo que no estoy dispuesto a permitir es que, tras la consumación de este desastre absoluto, sigan manteniéndose todas las legislaciones y pautas de comportamiento que lo han originado.

Por ello, yo acuso a todos los anteriores de seguir pensando en salvar sus respectivos traseros sin reparar en las consecuencias. De no estar dispuestos a debatir con un mínimo de honestidad intelectual acerca de lo que han hecho mal. De no cambiar ninguna posición propia si antes no la cambia otro. De seguir creyendo en unas ideas que se han demostrado falsas porque da vergüenza, miedo o cualquier otro complejo infantil. De ser unos cínicos.

P.D.: ¿Pero a quién pretendo engañar? Entiendo porqué lo hacen, y lo acepto. Así, reconozco que sigo siendo un primo por haber llegado a pensar que por decir las cosas altas, claras y con datos, iba a cambiar algo. Además, yo tampoco voy a cambiar. Implicaría tener que replantearme todo aquello que me han enseñado, da igual que fuera cierto o no, o que pueda destrozarme la vida. Perdonen si les decepciono. Comprendo que en un país en el que se ha descrito todo lo anterior uno acabe por despreciar a la sociedad o por emigrar en busca de un futuro mejor. Pero es más cómodo. Si alguien quiere, que rece porque se vote dentro de cinco, nueve o los años que toquen, a alguien con dos dedos de frente. Lo de cambiar las cosas por nuestra cuenta no va con nosotros.

Larga vida a la Generación Prima.