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Chopin y el desarrollo del cerebro

escrito por Germanico 27 enero, 2011

Ayer alcancé una especie de éxtasis escuchando los Nocturnos de Chopin. Tenía a mi hija de apenas un mes de edad sobre los muslos y me preguntaba cómo afectarían esas melodías a su cerebro en desarrollo. La niña estaba tranquila, e imagino que mi éxtasis, en parte propiciado por su contemplación, no diferiría mucho de esa tranquilidad sin palabras, sin pensamientos, de los bebés.

El cerebro humano pasa de absorber y asimilar el mundo a manejar rutinas aprendidas con mayor o menor acierto. No dejamos nunca de aprender, pero la intensidad y el ritmo de aprendizaje decrecen. Requiere cada vez más esfuerzo el prestar atención a lo nuevo, si con lo viejo hemos llegado a resolver lo fundamental. El tener la capacidad de extrañarse y maravillarse, de encontrar incluso en lo más que visto aspectos sorprendentes, hace que no decaiga en nosotros el deseo de aprender. Quien encuentra todo igual, repetido, llega a la nada de la que parte. Realmente no hay nada nuevo bajo el sol, y el pesimismo nos aleja del conocimiento de todo aquello que no sea él mismo y su verdad única y solipsista. ¿O no? Acudamos al autor del Eclesiastés, quien acuñó la frase sobre la escasa novedad bajo el astro Rey. Se atribuye esta obra a ese otro Rey terrenal llamado Salomón, que también escribió el Libro de la Sabiduría. Probablemente no sea casual que sabiduría y pesimismo vayan de la mano, incluso si entendemos la sabiduría como un conocimiento que trasciende holgadamente los límites del propio cuerpo y la propia persona. Se hace necesario adoptar una solución salomónica para resolver el enigma, para armonizar la paradoja. En lugar de cortar un bebé en dos cortemos su cerebro, dividamos en dos esa unidad, en sus hemisferios izquierdo y derecho. Puede hacerse por medio de una traumática operación cerebral o, experimentalmente, de algunas ingeniosas maneras. El neuropsicólogo Elkhonon Goldberg es uno de los científicos del cerebro que ha trabajado más intensamente en este campo de las diferencias entre hemisferios cerebrales. Se sabe ahora que el hemisferio derecho lidia con la novedad, mientras que el izquierdo es hábil con las rutinas cognitivas. El lenguaje, rutina cognitiva donde las haya, así como toda forma de pensamiento secuencial están, por ejemplo, lateralizados en el hemisferio izquierdo en casi todas las personas. Asimismo hay lateralización emocional, lo cual se ha podido comprobar por el distinto estado de ánimo de los pacientes de accidentes cerebro-vasculares según afectasen estos a un hemisferio o al otro. El hemisferio izquierdo es el optimista, el derecho el pesimista. Así, “quién” lidia con la novedad es negativo, y “quién” maneja rutinas es positivo. Es probable que dicha negatividad se deba a una sobrecarga cognitiva. Supone una alerta y un freno. Demasiada información, quizás amenazante al propio equilibrio mental e interhemisférico, un freno también para comportamientos de búsqueda de novedad. Resulta que quién tiene una disposición a extrañarse y aprender también puede tenerla correlativa a padecer de cierta “negatividad”.

En el desarrollo del cerebro se produce una progresiva traslación del peso cognitivo de derecha a izquierda. Puede llegar un punto de maduración, que algunos llamarían quizás erróneamente madurez, en el que el cerebro sea fundamentalmente “izquierdo”. Entonces le sucedería al portador de dicha fruta madura lo que a un personaje de Dostoyevski al que, a juicio del escritor, llegada cierta edad se le “cerró el cerebro”. Con un cerebro cerrado, maduro, nos convertimos en lo que William James denominaba “un manojo de hábitos”.

Durante un tiempo se puso de moda, a partir de unos estudios científicos más bien dudosos (o unas interpretaciones de la mala prensa y la mala divulgación, no sé) el poner a las embarazadas música de Mozart, pues se decía que hacía que el cerebro del feto se desarrollase mejor, se hiciese más inteligente. No creo que de un cazurro, en especial de uno que padezca amusia, se pueda hacer nada con una sobredosis mozartiana, pero mal tampoco creo que haga. Claro que tanto puede ser Mozart como Händel, o ya puestos Schönberg. A un cerebro predispuesto este alimento puede venirle bien.

Durante la jornada de ayer había leído un artículo en El Mundo sobre Chopin. Parece que el tipo veía enanitos. Sabía que Schumann, ese otro romántico que tanto admiró a Chopin, había alucinado. Tenía una psicosis hereditaria y murió joven y loco. Vio a Mendelssohn y a Schubert bajar del cielo para comunicarle una melodía, y cosas de ese tenor. También Chopin murió joven, aunque no por su padecimiento mental. Según tenía entendido, hasta leer el artículo comentado, había muerto de tuberculosis.

Es interesante todo este asunto porque pone de manifiesto lo estrechamente vinculadas que están la ciencia y la llamada cultura no científica. La música es probablemente la expresión artística más sublime, inefable e inaprensible. Gracias a la ciencia hemos comprendido a qué se deben sus timbres, sus alturas, el efecto de sus tiempos y ritmos sobre nuestro ánimo, etc. Y gracias a la ciencia podremos entender qué tienen en común mis éxtasis, las sensaciones de un bebé, las epilepsias de un Chopin o un Dostovieski y las psicosis hereditarias de un Schumann. Y también, lo más importante: cómo afecta a nuestro cerebro la música y, en general, cómo la cultura moldea al cerebro durante su desarrollo, y, especialmente, cómo y hasta dónde puede hacerlo, cómo y hasta dónde la crianza afecta a la naturaleza. Leído el artículo de Luis quería contar esto. Y nada más.