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¿Estoy siendo acosado por escribir en Libertad Digital?

escrito por Germanico 9 octubre, 2010

Al principio no me pareció que así fuera. Trabajaba, como economista que soy, en el Departamento Financiero de mi empresa, contabilizando, y me llamó el entonces Director de RRHH para hacerme una oferta que no podía rechazar: un nuevo puesto, creado ex novo -valga la redundancia- para una nueva actividad. Dicha actividad consistía básicamente en licitar en concursos públicos. Por supuesto ni yo ni la empresa teníamos la más mínima experiencia y formación en este asunto, pero debía estar tranquilo: iba a ir de la mano de los responsables de este área en otra empresa del grupo, que sí tenían tales experiencias y formaciones (todo un departamento con varios empleados que llevaba operando años), y además comenzaría con la relativamente asequible labor de recabar información de concursos -siendo otros los que realizaran un estudio técnico sobre la pertinencia o no de presentarse a los mismos.

Tras una serie de reuniones con intercambio de sonrisas, promesas y buenos augurios con los que llevaban las licitaciones en la otra empresa -en la que en trazo grueso nos expusieron lo que hacían-, fuimos otra compañera y yo convocados a una formación presuntamente más exhaustiva en sus oficinas. Mi compañera sería algo así como un apoyo del Departamento Comercial para mi labor, que cada vez se iba perfilando más como omnicomprensiva: recabar información, preparar las ofertas, presentarlas…

El “amigo” que debía formarnos, director de ese “departamento”,  llegó tarde todos los días, y no nos hacía ni caso. Eso por no hablar de su hedor a alcohol tras las comidas. Primero nos tuvo en una sala de reuniones vacía pasando el tiempo, sin un mísero terminal de ordenador o alguna pauta elemental sobre qué hacer o cómo. Mientras sus empleados de menos categoría nos ignoraban. Después, ante nuestras tímidas protestas, nos puso un ordenador viejo y nos sacó varios pliegos de condiciones de concursos públicos para que nos estrujásemos las meninges preparando ofertas. ¿Qué de qué iban las ofertas? Bueno, nada que ver con las actividades de mi empresa, centradas en la logística del automóvil. Iban desde proporcionar personal y medios para labores administrativas, de jardinería o de limpieza hasta desarrollar eventos, con azafatas y todo o reparar toda clase de vehículos. Y ello por no hablar de todo lo que se podría hacer para lo cual todavía no había ni denominación. Sería preciso mucho más que un saber renacentista para conocer todos los detalles íntimos de cada una de estas actividades. Pero en mi empresa querían que, a partir de esa exigua y negligente formación y un par de pelotas pusiese en pié todo un aparato complejo y dinámico de licitaciones públicas que operase en múltiples ámbitos de actividad simultáneamente. Lo de l hombre orquesta mueve a la risa como metáfora, en este caso. Un hombre orquesta…¡quién lo pillara!

Vuelto a la tranquilidad de las oficinas de mi empresa, y debidamente retiradas de mi mesa y de mi espacio profesional por parte de mi antiguo director todas las ocupaciones de carácter administrativo y contable que pudieran distraerme, me encontré de pronto ante una labor de enormes proporciones que no sabía por dónde coger, y sin nada concreto que hacer. Debía esperar la colaboración inminente de los directivos de la otra empresa del grupo, así como el apoyo incondicional de quien iba a encargarse de organizar todo el entramado desde la empresa matriz. Mis correos, por supuesto, no recibieron respuesta. Las promesas de próximas reuniones no se cumplieron. El tiempo pasaba y no había nada, no tenía nada.

En esa lamentable situación no hacía otra cosa que dar vueltas a la cabeza y, naturalmente, perder el tiempo. Y este jugaba a favor de mis jefes, que finalmente me hicieron otra “jugosa” oferta que tampoco podía rechazar: ir a uno de nuestros centros de distribución, en la otra punta de Madrid, a gran distancia de mi casa, a trabajar de administrativo-comercial. Mi Director General me dijo en su despacho que eran lentejas, que la crisis nos había llevado a esto, y que me había tocado a mi. También me dijo que lo más fácil era despedirme. En realidad me estaba haciendo un gran favor. Mi condición de economista debía de ser algún tipo de extraño e inconfesable handicap, ya que a mi me desterraron de la central y del Departamento Financiero y a otros con menos antigüedad, formación y valía humana y profesional les mantuvieron.

El Director me aseguró que desarrollaría una labor del tenor de la que había realizado en Administración, con el mismo horario y condiciones laborales. Pronto descubrí que, una vez más, ganaban tiempo. Los cambios se harían más tarde, una vez me hubieran desarmado….

En mi nuevo lugar de trabajo realicé las labores que me asignaron con bastante eficiencia y eficacia. Por supuesto las valoraciones al respecto tienen siempre tintes subjetivos, pero en ningún caso podría habérseme acusado entonces de no realizar adecuadamente mi labor. Pero no, no se trataba de eso. A pesar de que el nicho que ahora ocupaba tenía cada vez más trabajo y necesitaba gente -cogieron para ello a varios ETTs, ninguno de los cuales se ha ido a fecha de hoy- yo tenía que abandonarlo. Un lunes, a la vuelta de unas cortas vacaciones, tan cortas como exigía la actividad incesante del centro, según me dijeron, me informaron sumariamente de que me cambiaban a otra oficina del mismo centro pero un área diferente, a hacer otra cosa muy distinta. En esa otra oficina es en la que se encuentra la ventanilla, lugar a través del cual un gran número de clientes y proveedores asoman la nariz y exigen sus cosas. Mientras, mis compañeros de la central eran “abducidos” (pobres) por la casa matriz. Pasaban a la empresa matriz con mejores condiciones laborales, más vacaciones y acaso mejoras económicas. Esa puerta se cerraba de un contundente y explosivo portazo para mi, para siempre….

No me he desempeñado mal, en mi nueva situación, dada la improvisada y chapucera formación que he recibido. No obstante mi nuevo jefe ya ha comenzado a presionarme delante de los demás compañeros -y, según dice, tras escuchar de ellos acusaciones- por no coger con la suficiente premura el teléfono de la centralita, que se encuentra en la otra punta de la oficina y que apenas oigo, y menos cuando estoy concentrado con algún proceso que requiera dar más de tres pasos. No, parece que no cojo el teléfono de los demás ni lo suficiente ni lo suficientemente rápido. Tampoco estoy pendiente de la ventanilla, cuando se colapsa y mi compañero en ella no da circunstancialmente abasto.

Pretenden que realice una labor administrativa que requiere cierta concentración -es una “preparación” en la que cualquier error nos lo hace pagar caro el cliente- y a un tiempo que esté atento al más mínimo murmullo que denote que ha aumentado la actividad en la ventanilla (no tengo buen acceso visual a la misma, en el sitio en el que me encuentro) o al más mínimo ring -en medio del barullo sonoro general que acompaña a la actividad del centro- que signifique teléfono de centralita y nadie cogiéndolo -y además coger el teléfono ¡OJO! antes de que llegue a la tercera pitada. Y por supuesto me han cambiado el horario.

En fin, amigos, no sé si estaré siendo acosado o será solamente mi fructífera imaginación conspiranoica, si soy el prota de Sutter Island, o un pelele irrisorio movido por los hilos de un ciego y perverso azar, pero todo esto me ocurre desde que escribo en Libertad Digital a cara descubierta. Juzguen ustedes.

Un muy querido amigo me ha dicho que al diablo, que escribir a cara descubierta tiene también su erótica. Y lo he admitido con (dis)gusto. Es la erótica de que te den por culo.