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A la felicidad por el estatismo. O no (I)

escrito por Luis I. Gómez 29 septiembre, 2010

“Cuanto más uniforme sea el medio, mayor será la heredabilidad”

Así concluían Herrnstein y Murray en su obra “The Bell Curve“, basándose para ello en la hipótesis por la cual, dado un factor social igual para todos los individuos, la diversidad individual respondería en un 100% a la heredabilidad. En otras palabras: si una estructura estatal consiguiese generar un medio social uniforme, los individuos, lejos de avanzar en la igualdad, responderían a la heredabilidad, tanto genética como de su propio entorno particular. La consecuencia sociológica de tal afirmación aún no ha sido discutida en su totalidad. Los programas que se vienen desarrollando desde los años 60 para mejorar la situación de grupos sociales marginales se basan todos en un modelo falso: se trata de igualar las condiciones de su medio social –ojo, y cultural- a las de la clase media blanca occidental.

Las principales herramientas han sido las llamadas “leyes de igualdad” y, sobre todo, la escolarización estatal obligatoria. Herrnstein y Murray, pero también Christopher Jencks (1, 2) antes, demostraron con cifras el fracaso en USA de todas esas medidas: la adopción de medidas sociopolíticas no son suficientes para convetir a todos los individuos de una sociedad en igualmente felices. Esta afirmación es al mismo tiempo falsa y cierta. Es cierta en sentido lógico: si el medio social es exactamente igual para todos, son las limitaciones y/o ventajas biológicas heredadas las que definen las diferencias. Es falsa en su consecuencia sociológica: hasta la fecha, las medidas sociales encaminadas a compensar situaciones deficitarias en uno o un grupo de individuos han nacido de la falsa creencia por la que una sociedad es más igual (más justa por tanto) cuanto más iguales sean las condiciones del medio en que se desarrollan los individuos.

Los individuos son difrentes, ya sea por limitación/ventaja biológica, limitación/ventaja cultural o limitación/ventaja social. No se trata de imponer un sistema social exactamente igual para todos, se trata de permitir el desarrollo de diferentes sistemas sociales que permitan a cada individuo la mejor compensación de sus limitaciones  y el fomento óptimo de sus ventajas.

El estado no tiene la misión de proporcionar a todos los individuos las mismas condiciones sociales, sino que debe esforzarse por facilitar el mejor desarrollo de las diferentes capacidades individuales mediante diferentes modelos sociales.

No es en absoluto preocupante constatar que existen diferencias entre los individuos de una sociedad. Lo verdaderamente preocupante es constatar cómo, víctimas de sistemas estatales de ingeniería social , un gran número de individuos se ven limitados en el desarrollo de sus propias capacidades.

Si grave fué el error de los sociobiólogos atribuyendo exclusivamente a la genética la individualidad de los humanos, cayendo no pocas veces en la trampa racista, no menos grave es el de los sociólogos obviando por completo la base natural del ser humano abandonándose en una loca carrera por ver quién es capaz de “diseñar” la sociedad perfecta. Hayek lo llamaba constructivismo de la sociología: nos fabricamos una estructura social ideal y suponemos que los humanos se encontrarán en ella felices, dado que no podrán seguir otros intereses que aquellos que su socialización en  esa estructura social perfecta enseña.

Es necesaria una nueva sociología, una sociología libertaria, menos apegada a la estadística, a las tradiciones, a las estructuras; más interesada por el hombre, preocupada por sus contradicciones pero capaz de reconocer el potencial de desarrollo de cada uno de ellos. El sociólogo debería huir de la obsesiva búsqueda de medidas y soluciones para todos los hombres incluidos en grupos sociales arbitrarios. Estructuras sociales construídas como “los blancos”, “los negros”, “los españoles”, “los europeos”, “los países occidentales” o “los países en vías de desarrollo” no son las adecuadas para fomentar el desarrollo de los valores individuales ni sus estrategias de mejora.

El Estado debería ser más abierto a diferentes formas de organización social para así generar verdaderas bolsas de oportunidad social a los diferentes individuos o grupos. Debería abandonar los experimentos por los que se pretende alcanzar profundos cambios individuales en todos los administrados mediante la impostura de estructuras únicas obligatorias (educación, por ejemplo).

–         El estado como usurpador de la sociedad.

La identidad de grupo es algo que, como muchas otras cosas en nuestras sociedades modernas, ha sido ocupada y manipulada por el Estado. Tiene, ciertamente, raices naturales: la familia, el entorno cultural/religioso, el paisaje son factores que se conforman para la creación de un entorno que solemos identificar con “el nuestro”. Sin desarrollo en un medio social, sea este cual fuere, el hombre no es hombre. Pero desde ese natural de todo ser humano como ser social no se deben postular dos de los principios fundamentales que caracterizan un Estado: ni es necesario establecer fronteras entre grupos sociales diferentes, ni la “sociedad” tiene ningún  tipo de derecho sobre cada uno de los individuos que la componen. Un niño nace en el seno de un grupo social. El niño no firma ningún contrato de ningún tipo que habilite a ese grupo social a constituirse en acreedor. Es más, un grupo social no es un ente independiente del individuo con capacidad de acción, a no ser que un Estado se autoarroge la función de “representante y comandatario” de la sociedad. La sociedad carece de voluntad y de existencia propias. La institución o estructura que se autoatribuye el papel de representante de la sociedad no es más que un subgrupo social cuyos individuos pretenden dominar al resto. Por ello la verdadera solidaridad social es un obstáculo para todo Estado. Allí donde el poder del Estado pretende extenderse más allá de las marcas naturales de una lengua, un pueblo, una cultura, se encuentra con gravísimas dificultades para alcanzar una homogeneización satisfactoria. Las tradiciones locales y las estructuras familiares se encuentran en clara oposición con la voluntad homogeneizante del estado y son, por ello, eliminadas o minimizadas.

Mientras las ideologías estatistas conservadoras asientan sus razones para un estado fuerte en la cultura, el idioma, la religión y la familia, combaten las ideologías materialistas precisamente estos principios, claramente opuestos a la idea de una estructura social construída y supuestamente válida para todos.

Para todos?

En la próxima entrega trataré sobre la pérdida de respeto por las fronteras del otro y las estructuras de la sociedad estatalizada.