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“Esta burra es mía”

escrito por Luis I. Gómez 3 mayo, 2010

El pasado jueves tuve la oportunidad de asistir a una clase magistral de liberalismo aplicado. La conferencia tuvo lugar en la M-40 madrileña, impartía docencia un taxista anónimo.

humoTras haber fumado casi con ansiedad el pitillo post-vuelo, me dirigí a la parada de taxis de la T4 en busca de un vehículo que me acercase a la estación de Atocha, donde tenía previsto tomar un AVE con destino a Zaragoza. Adaptándose al grado de educación del usuario medio de dicha terminal, sus responsables han decidido emplear a varios operarios con la misión de, mediante un severo “ordenamiento” de los accesos a los taxis, devolver cordura a la ímproba tarea de tomar un taxi cuando a uno le toca. Imagino que sin esos operarios la ley de la selva se apoderaría de los alrededores del aereopuerto, los usuarios y pretendientes a usuarios de un taxi se sumirían en una lucha encarnizada y sangrienta por ser los primeros en acceder a un servicio. Todo un ejemplo de cómo poner límites al maleducado egoísmo de los avariciosos. No debemos aprender a guardar orden y respetar a quien llegó primero, es preferible que “alguien” lo haga por nosotros. La cosa funciona.

El taxista que “me toca” apura con calma una última calada a su Ducados, se acerca a mí, deposita mi equipaje en el maletero de su coche y me invita a subir al mismo. Como quiera que venía de realizar un acto casi ansioso, no dejé de observar la absoluta ausencia de perentoriedad en aquella última bocanada de humo del taxista. A él sí le había satisfecho el tabaco. Un “estaba bueno, eh?” escapó de mi garganta de forma autómata. El hombre se me queda mirando con gesto serio y, tras una breve pausa me espeta un “si no le agrada que fume puede bajar del coche y coger otro, esta burra es mía y me gano el dinero con  ella como a mí mejor me parece. No soy el único taxista en la terminal, puede tomar el coche de un compañero. De todos modos, si le molesta el humo del tabaco no tiene más que decirlo y no fumaré”. Atónito, apenas acerté a balbucearle un “no, no, si yo también fumo” a lo que respondió ofreciéndome con una amplia sonrisa su paquete de cigarrillos: “fume lo que quiera hasta Atocha, allí no le van a dejar hacerlo”.

“Si el cliente dice que le molesta el humo, no fumo. Si es un vieje largo, aviso de que pararé cada 100 kilómetros a fumar fuera del coche, y si no les parece bien, les invito a tomar otro taxi. Como le dije antes, esta es mi empresa, no la de la señora Ministra, y aquí se fuma”

Y no necesitó hacer ni una sola cita sesuda.