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Volver a la tabla rasa por la vía de la neuroplasticidad

escrito por Germanico 2 mayo, 2010

En efecto, ese es uno de los nuevos y sutiles caminos de servidumbre, por el que nos pueden llevar las interpretaciones espurias de los descubrimientos de la neurociencia. Y dado que mencionamos un título de Friedrich A. Hayek, Camino de Servidumbre,  comencemos por él. Dice Hayek, en Derecho, Legislación y Libertad:

friedrich-hayekCiertas opiniones científicas y políticas ampliamente extendidas son fruto de una particular concepción de la formación de las instituciones sociales, que llamaré “racionalismo constructivista” -concepción que presupone que todas las instituciones sociales son o deben ser producto de un diseño o plan deliberado. Puede demostrarse que esta tradición intelectual es falsa en sus conclusiones tanto factuales como normativas, puesto que ni todas las instituciones son fruto de un plan expreso, ni sería posible hacer que el orden social en su conjunto dependiera de un determinado plan sin restringir al mismo tiempo en gran medida la utilización del conocimiento disponible. Esta errónea opinión está ligada estrechamente a la no menos equivocada concepción de la mente humana como una entidad totalmente aislada del cosmos de la naturaleza y la sociedad, en lugar de como producto del mismo proceso evolutivo al que se deben las instituciones sociales.

La mente es un producto del cerebro que, a su vez, lo es de la evolución biológica. Dicha evolución construye sus diseños no desde cero, sino a partir de lo que había antes, no tocando lo que funciona y creando nuevas funciones, cuya funcionalidad radica en su adaptabilidad al ambiente ecológico (y/o social).

Se ha observado que en el cerebro las funciones están separadas unas de otras, y todas y cada una de ellas sirven de una u otra forma a la supervivencia. De ahí que se haya podido afirmar, sobre esta evidencia, que el cerebro se asemeja a una caja de herramientas evolutiva. La separación de dichas funciones no implica que cada de una de ellas se halle anatómicamente restringida a una porción concreta del cerebro -aunque así sucede en algunas. La función puede estar distribuida por varias zonas, pero los circuitos neuronales que constituyen su base anatómica no parecen tener una gran variabilidad, ni ser intercambiables.

El descubrimiento de la denominada neurogénesis, gracias, entre otras cosas, al trabajo de Elizabeth Gould, puso en entredicho la creencia hace no demasiado ampliamente extendida de que el cerebro constituía una especie de cementerio neuronal, en el que las neuronas morían y no tenían reemplazo.

Parece que en determinadas regiones del cerebro -por ejemplo en las proximidades del hipocampo y de los ventrículos, se forman nuevas neuronas. Esto encaja bien en las cercanía del hipocampo, dado que este está muy relacionado con la formación de las memorias.

Si el cerebro puede crear nuevas neuronas, puede cambiar aún más de lo que se pensaba, dado que no sólo puede modificar parcialmente circuitos con la experiencia, sino también introducir nuevas neuronas en el juego del aprendizaje y la adaptación.

También se ha comprobado que, por ejemplo, algunas neuronas visuales pueden suplir la función de otras auditivas, en la corteza de animales de experimentación, o que pacientes neurológicos pueden recabar también neuronas de unas funciones para suplir parcialmente otras perdidas.

A partir de estos resultados novedosos en el campo de la investigación cerebral, algunos científicos y personas con interés en los resultados de la ciencia han llegado a la conclusión de que el cerebro es maleable. Más de lo que se creía, suelen decir. Ciertamente esto no admite objeción. Pero, ¿hasta qué punto? ¿Cuán maleable es realmente el cerebro? y, lo más importante ¿En qué es y en qué no maleable? ¿Qué funciones son modificables y en qué grado?

No parece haber una respuesta clara, se dirá, ante la falta de consistencia de la inferencia lógica. Más bien la respuesta es bien clara, diría yo, y por ello precisamente la retórica de la maleabilidad del cerebro debe quedarse en algo vago, que permita especular, alejándose peligrosamente de la ciencia. Es clara, como digo, y lo es a partir de los conocimientos disponibles recientemente adquiridos. Ni las neuronas nuevas ni las que suplen funciones tosca e imperfectamente muestran en absoluto que el cerebro sea un órgano maravillosamente plástico al que se pueda dar forma. Antes bien al contrario. Es justamente la baja plasticidad neuronal lo que se puede apreciar en los pacientes que penosamente se recuperan de un daño neurológico y, por otra parte, la neurogénesis no introduce cambios en las funciones, sino un aumento de los contingentes neuronales para nuevas batallas en la guerra por la adaptación al ambiente del organismo, dentro de una misma organización del ejército cerebral.

Pero a través de una interpretación torcida de estas nuevas revelaciones científicas, se trata de mantener, en una forma completamente nueva en apariencia pero esencialmente idéntica en su fondo, el mito de la tabula rasa, según el cual la mente humana es como una hoja en blanco sobre la que la sociedad puede escribir el texto que desee. ¿Pero cómo? ¿Puede la sociedad desear algo? No, naturalmente, pero el gobernante de turno, con su jupiterino rayo legal y coactivo, se considera a si mismo la voz de la sociedad, es decir: la sociedad misma.

after_plastic_surgery_woundsEn la medida en que el cerebro humano sea maleable, lo será el ser humano. Y así el hombre que profese el racionalismo constructivista mencionado por Hayek, ese que cree que las instituciones sociales son creadas por un impulso de voluntad o de razón, y no por una larga evolución, amante y usualmente practicante del poder como es, se sentirá nuevamente legitimado para emprender su labor de educación de la ciudadanía, de transformación del hombre, considerando eso de la naturaleza humana como una cosa hueca -que él puede rellenar a su antojo de los contenidos que más racionales le parezcan, en su irracional racionalidad de salón o, en el mejor de los casos, elaborada a partir de un conocimiento notablemente limitado.

Uno aprende para sobrevivir, no sobrevive para aprender. O, como diría Sartre -en tantas cosas políticas equivocado- la existencia precede a la esencia. Gran parte de lo que sabemos lo sabemos sin saber que lo sabemos, lo llevamos aprendido en nuestro genoma. La sabiduría de la naturaleza se expresa durante nuestro desarrollo, tanto corporal como psicológico (esta separación entre mente y cuerpo la hago para satisfacer nuestro inveterado gusto por las dicotomías). Nuestro cerebro, ese órgano del cuerpo inextricablemente unido al resto del cuerpo y a sus casi siempre acuciantes demandas, aprende justo lo que necesita para adaptarse, y ese encajar en el medio que es adaptarse es una forma de adaptar el entorno a sí mismo y a sus demandas. Ciertamente el ser humano tiene más capacidad de aprendizaje que otros seres, al menos, y gracias al lenguaje y al uso recurrente de herramientas, de cultura. La cultura nos ha permitido reinar sobre el mundo. Pero seguimos aprendiendo, como los demás seres y como individuos, aquello que nos permite sobrevivir y prosperar en nuestro medio, no, tal como quisieran algunos, ideas y valores platónicos apropiados para una utopía en la que no existen ni necesidad ni apetitos.

Así, aunque la falacia constructista, eso que Hayek llamó racionalismo constructivista, necesita de mentes en blanco y de cerebros maleables (es decir, no evolucionados entre -y moldeados por- las fuerzas del azar y la necesidad) para tener la apariencia de verdad, no puede en ningún caso llevar a la creación de un orden social mejor, porque las personas, como agentes sociales o económicos, como ciudadanos y, desde luego como seres humanos,  son tan poco maleables como sus cerebros. Solo merced a un engaño o un autoengaño, cuyas razones evolutivas podemos explicar en otra ocasión, siguen el camino erróneo señalado por los constructivistas, y siempre siguiendo, en el fondo, un impulso suscitado por la necesidad biológica, completamente alejado de cualquier ideal superficialmente defendido.