Home Ciencia De la pureza de la ciencia

De la pureza de la ciencia

escrito por Firmas Invitadas 28 noviembre, 2009
Shares

La motivación para divagar acerca de este tema ya la tenía de hace bastante tiempo, pero los acontecimientos recientes (léase escándalo climategate del CRU) y el artículo publicado por Burrhus también abundando en el tema, me han servido de acicate para aprovechar la oportunidad que Luis me ha brindado para escribir aquí.

El título quizá sea un tanto pretencioso, pero es más que nada para usarlo como gancho. Lo cierto es que no versa tanto sobre eso, si no sobre las personas que actualmente a ello se dedican. Antes de nada avanzar que, debido a que es el ramo que más conozco, la mayoría de personajes citados provendrán de los campos de las matemáticas y la física, pero, por lo poco que conozco de otras ramas de la Ciencia, imagino que es algo generalizable.

Aunque pueda parecer un tanto estúpido, el problema actual que yo le veo al desarrollo de la Ciencia tal y como se está produciendo en la actualidad, es que a la gente le pagan para hacer ciencia, lo que evita el verdadero desarrollo de la Ciencia (notad por favor, queridos lectores, la diferencia entre la mayúscula y la minúscula).

Ante semejante afirmación, espero que todos hayáis dado un respingo y pensado “¿¡Está pirado!?”. Lo cierto es que yo mismo me lo he planteado alguna vez… Ciñéndome al tema, lo que quiero decir es que, siendo el hacer Ciencia el avanzar en el conocimiento del mundo tal y como lo percibimos, desde el mismo momento en que alguien recibe un dinero, está obligado a ofrecer unos resultados, y, además, preferiblemente que sean del agrado del pagador… Lo que genera ya de inicio un conflicto claro, ya que, incluso sin querer, el resultado estará más que probablemente sesgado.

grandescientificosHay, a mi juicio, poderosas razones que sustentan mi postura, la mayor de las cuáles es, a mi manera de verlo, el empirismo. Los grandes avances de la Ciencia han sido realizados por “privatus”, si se me permite el uso de este término prestado de los antiguos romanos. Newton, Leibniz, Einstein, Schrödinger, Gödel, Gauss, Descartes, Darwin, Mendel… Todos ellos realizaron sus descubrimientos ajenos a la promoción de alguien que les pagara específicamente para obtener lo que descubrieron. Es decir, su voluntad de hacer Ciencia, aún siendo vocacional, no estaba interferida por obligaciones profesionales y la cobertura de sus necesidades que los ingresos cubrían. Ellos tenían sus ingresos de otras fuentes, o, no tenían en absoluto. Está tendencia se mantuvo desde los inicios del método científico usado actualmente, con Galileo, hasta, más o menos, la Segunda Guerra Mundial. Durante esta época dorada de florecimiento del saber científico, el proceso de evolución del conocimiento era más o menos claro: se observaba, se proponían modelos, se verificaba la validez de los modelos, y una vez hecho, se proponían experimentos para comprobar que eso era cierto, y que fueran reproducibles por otros, de manera que todos pudieran verificarlo por su cuenta. Obviamente, este proceso estaba acompañado de altibajos, dependiendo de la valía, capacidad y dedicación de las personas que trabajaban en el tema a desarrollar en cuestión, pero las crisis normalmente se solventaban con personas nuevas que entraban en la comunidad aportando ideas nuevas, o dando nuevos puntos de vista o explorando caminos diferentes a los ya usados.

Naturalmente, al ir profundizando en el conocimiento de la materia y del Universo, los materiales necesarios para verificar los modelos o arreglos de modelos propuestos, iban haciéndose más inasequibles, quedando lógicamente a recaudo de las instituciones más relacionadas con esto: las Universidades y ciertas organizaciones gubernamentales.

En paralelo a esto, junto con los avances científicos, siempre habían existido personas con una clara vocación pragmática, y que aprovechaban el conocimiento científico desarrollado para ingeniar soluciones nuevas de aplicabilidad en la vida: el desarrollo de la tecnología era por tanto paralelo, y las necesidades de la Ciencia alimentaban el desarrollo de soluciones tecnológicas novedosas, que a su vez se beneficiaban de los avances científicos que etapas tecnológicas anteriores permitían. Como vemos, la simbiosis es clara.

Debe aclararse que no todo eran días de vino y rosas, y que, por supuesto, grandes personajes tenían enormes disputas por infinidad de motivos, pero, lo importante para nosotros, es que la validez de las teorías era clara, y el método no era discutido: cualquier persona podía aparecer en escena con un desarrollo novedoso, y todas las contribuciones serían tenidas en cuenta y no desdeñadas desde un principio.

Con la WWII todo cambia: el desarrollo de la maquinaria bélica alemana se institucionaliza y como respuesta, primero en UK y más tarde en USA se responde del mismo modo, reforzando agencias gubernamentales existentes y reclutando grandes personalidades del mundo científico para el desarrollo de sus necesidades armamentísticas. Terminada la WWII, los despojos del conocimiento científico atesorado por los alemanes en este período se reparte entre USA y URSS, que, desde entonces, inician un enfrentamiento a muerte a todos los niveles, y el científico no es desdeñado. Debido a las necesidades de la escalada tecnológica por la carrera espacial y la supremacía nuclear, la tendencia se mantiene. A remolque, las antaño grandes potencias europeas inician sus propios desarrollos copiando los modelos existentes. Debido a la implicación ideológica, muchas personas se ven impelidas a dejar de lado sus intereses y perseguir las necesidades en aras de un fin necesario.

Sin embargo esta emergencia se implantó como sistema común, y dio pie a la institucionalización que vemos hoy: sólo es ciencia lo que ciertas personas admiten como ciencia y se realiza dentro de unas organizaciones reconocidas como tal. Es algo flagrante y manifiesto en los documentos del CRU, que muchas veces, aceptando que el trabajo científico al que se enfrentan es impecable, deben ponerlo en duda en base al argumento de autoridad: no son publicaciones indexadas, no es una autoridad en la materia X… Es decir, es, desgraciadamente, una regresión clarísima a la situación anterior a la instauración del método científico.

Pero la situación es aún peor. Me explico: las empresas, como organizaciones dedicadas a ganar dinero, las partidas que invierten en I+D, a pesar de que deberían contabilizarse como inversión a largo plazo o incluso (directamente) pérdidas, va a desarrollos tecnológicos. No pueden permitirse el lujo de hacer investigación de base, ya que puede devenir, casi con total seguridad, en hallazgos no aprovechables. En el otro lado tenemos las Universidades. Éstas, en la organización del desarrollo del conocimiento científico, han sido consideradas como el vehículo en que realizar la investigación de base. En ellas, los fondos que se destinan a investigación están contados y, al ser gestionados por el Estado, “no son de nadie”. Esto provoca que esén sujetos a grandes problemas. Primero el despilfarro: no se controlan ni medianamente regular. Segundo: la subjetividad, por decirlo finamente, del funcionario designado para asignar las partidas. Y tercero: las necesidades del partido en el Gobierno en esos instantes. Una vez identificados estos problemas, llegamos al meollo del asunto, que prefiero tratar en una párrafo exclusivo.

Una vez los fondos están asignados, llega el momento en que deben usarse y, aquí está el quid de la cuestión, JUSTIFICARSE. Es decir, tu medio de vida, los ingresos que puedes obtener, van a estar ligados a unos resultados a priori impredecibles. En esta situación es donde surgen los verdaderos problemas. Como empleado, tu empleador sólo te va a dar dinero para trabajar en lo que ÉL quiere que TÚ trabajes, para obtener UNOS RESULTADOS DETERMINADOS. Y aquí es donde las cosas se tuercen: ninguna persona normal, en su sano juicio, con unas obligaciones familiares se permitirá el lujo de jugarse las habichuelas por cuestiones de elevados principios éticos. Se necesitan personas extraordinarias para hacer algo así. Y la realidad es que personas extraordinarias hay pocas… Luego el trabajador se dedica a trabajar en lo que él considera apropiado, dentro de los márgenes que le dan, y, para no perder contacto con la mano que le da de comer, a “acomodar” los resultados, o al menos interpretarlos de manera que esté contento quien deba estarlo.

En este contexto, la posibilidad de hacer verdadera Ciencia es remota: ya que, además de necesitar personajes de la talla de los citados anteriormente, precisa de “condiciones de contorno” (si se me permite el intrusismo) adecuadas. Conste el hecho de que, además de todo lo citado, llegado el momento de ir a publicar resultados, el sistema de peer-review provoque que personas que consideren que su trabajo anterior se pone en cuestión con el nuevo enfoque, deban dar su visto bueno. Con lo cual, la validez de un trabajo desarrollado pasa a depender de la ecuanimidad y probidad personales, gracias al reencontrado argumento de autoridad. En resumen, un horror.

Es probable que este artículo no guste en demasía, ya que ataca a los mismos cimientos del sistema actual. De todas maneras, mi deseo no era más que avisar del iceberg de delante, antes de que el Titanic se vaya a pique, ya que creo que el punto al que hemos llegado ha necesitado del trabajo de mucha gente, de muchos esfuerzos y dedicación a lo largo de siglos, como para que ahora este castillo se pueda venir abajo. A mi juicio, es necesaria una crisis en la Ciencia, ya que se están llegan a niveles de alejamiento del empirismo preocupantes a mi juicio, y que me hacen recordar las propuestas del éter de finales del siglo XIX. Como para hacer que esto avance y, en palabra de una persona muy querida para mí, “dejar de hacer meras anotaciones escolásticas en los grande libros de los clásicos”, es, a mi juicio, necesario la aparición de una figura que refunde el conocimiento actual, para que este “Mesías” pueda darse, necesitamos volver al método científico tal y como Galileo lo pergeñó, y Leibniz, Newton y tantos otros perfeccionaron.

©Geralt

Shares