Home Miscelánea Las raíces cristianas del capitalismo

Las raíces cristianas del capitalismo

escrito por Luis I. Gómez 3 junio, 2009

Uno de los universales culturales humanos es el Estado. Toda sociedad humana, a partir de cierto número de miembros, desarrolla la institución estatal en alguna de sus formas. El psicólogo Robin Dunbar midió los cerebros de los distintos primates y relacionó el tamaño de la corteza con el de los grupos sociales que formaban. La relación que sacó para el ser humano daba el número 150. Ese, dice Dunbar, es el número de personas que podrían formar una sociedad cazadora-recolectora ancestral y para el que, en cierto sentido, está preparado nuestro cerebro. Al margen de que esto sea más o menos cierto o se ajuste con mayor o menor precisión a los hechos del remoto pasado y del cercano presente, lo que parece bastante obvio, al menos para un observador imparcial capacitado para una introspección serena, es que no tenemos capacidad cognitiva para conocer a fondo a demasiadas personas, lo suficiente al menos para emitir juicios morales medianamente fundamentados sobre ellos. A partir de un determinado número de agentes, toda sociedad se vuelve impersonal, y se vuelve tanto más impersonal cuanto mayor es su tamaño. Al decir impersonal me refiero a que nuestras transacciones diarias se dan con personas a las que no conocemos y las que nos vemos obligados a juzgar superficialmente, a partir de algunos indicios conspicuos. El Estado surge a partir de las figuras de autoridad, suprema personalización, en un contexto impersonal. Unos subgrupos compiten con otros dentro del espacio social, y de resultas de ello se suele imponer o elegir un árbitro, un moderador, un organizador, un representante que pretende serlo de todos. Con el tiempo el Estado adquiere vida propia, que va mucho más allá de la de sus líderes, meros actores que pasan por su escenario.  Los liderazgos son temporales, el Estado es la eterna función pública, que surge al entenderse que existe una amplia parcela pública –lo que por lo general se entiende cuando dicha parcela ha sido irremisiblemente creada. El peligro de un Estado en permanente crecimiento, y todos lo son, es que penetre y absorba parcelas que en principio no le correspondían. En su extremo estaría el totalitarismo, forma de gobierno estatal que pretende gobernar todos y cada uno de los aspectos de la vida de los ciudadanos, entendiendo a estos últimos como engranajes en la gran maquinaria social, dirigida por el ingeniero social benevolente y –cómo no- socialista.

¿Qué sucede cuando no hay Estado? ¿Se dará el todos contra todos hobbesiano? ¿Cómo podríamos hacer el experimento de una sociedad humana sin Estado, pero con otras muchas instituciones sociales útiles para la convivencia como el lenguaje, la religión, los contratos, la moneda…etc, si toda sociedad medianamente desarrollada tiene Estado? ¿Es que es el Estado la causa o una de las causas del desarrollo? Sin duda no. El experimento, de forma limitada, ya fue realizado en una inmensa tierra virgen. Lo hicieron los colonos británicos que fueron a poblar el norte de América hace 400 años. Llevaban consigo miles de años de cultura, la capacidad para el trabajo y para crear, sus costumbres y su religión (no olvidemos que muchos de ellos eran perseguidos religiosos que buscaban nuevos horizontes para practicar en libertad su credo). El Estado era un fantoche lejano sin apenas influencia, especialmente en los orígenes, en los primeros asentamientos.  

El nacimiento de los Estados Unidos de América es una historia épica en la que muchos hombres y mujeres anónimos construyeron una sociedad libre y próspera a partir de un núcleo sin Estado. De hecho podría decirse que en la medida en que se mantuvo algo del primer espíritu misionero surgieron y se crearon instituciones libres. La plasmación está en la Declaración de Independencia de Jefferson.

 

Norteamérica, como decía, era una tierra virgen. Era un enorme territorio, mucho más grande que los pequeños países de los que venían los colonos, libre para aquel que lo tomase y lo trabajase. Generalmente Estado y territorio van juntos, son cosas indisociables. El territorio es el sustrato físico del Estado. Así, las sucesivas colonizaciones hacia el Oeste fueron creando primero sociedades y luego Estados. En la medida en que el Estado no interfiere la iniciativa individual prospera. Como dice John Chamberlain, en su libro Las Raíces del Capitalismo: 

 El capitalismo…la libre aplicación de la propia energía y de la propiedad en la producción de bienes y servicios destinados al mercado abierto…florecerá dondequiera existan fisuras en un sistema “planificado”.

 

La libertad relativa de los primeros colonos, apoyada solamente en las instituciones que podían portar en su equipaje cognitivo (básicamente en forma de creencias, principios, valores…), se desenvolvió en un territorio amplio, listo para ser explotado (positivamente). Así surgió lo más parecido a la sociedad sin Estado que podamos encontrar rebuscando en el pasado histórico.  

Y ahí podemos observar el importante papel de la religión como cohesionador social y como elemento constitutivo esencial del espíritu capitalista. Pues no solamente hace falta liberar al hombre de las ataduras impuestas por el tiránico poder Estatal, sino que también ha de tener el emancipado algunos valores e ideas que permitan un desenvolvimiento civilizado del grupo tales como el respeto a la vida y a la propiedad ajena. Sobre esto Chamberlain hace una brillante exposición en su libro, que simplemente transcribo:

 

Los colonos eran los herederos del pensamiento de John Locke, el filósofo de los derechos inalienables. Pero los escritos de Locke eran, al fin y al cabo, bastante sofisticados….De una cosa si podemos estar seguros: los colonos de toda clase leían la Biblia. …no cómo un sustituto de la Política de Aristóteles; pensaban en sus propias almas inmortales. Pero lo que asimilaban, a menudo inconscientemente, era políticamente intoxicante. Leían sobre el Dios del pastor Abraham; un Dios único que juzga los actos del hombre, pero que no intenta forzar su voluntad sobre los seres humanos. El hombre, en el Antiguo Testamento, debía controlarse a sí mismo. Los diez mandamientos del Dios de Abraham se expresaban negativamente: indicaban a los hombres lo que no debían hacer. Pero las prohibiciones presuponen un credo positivo…..el mandamiento contra el homicidio es simplemente la otra cara del derecho “inalienable” a la vida tal como lo exponen Locke y Jefferson. “No robarás” implica que la Biblia admite el derecho de propiedad, pues lo que no pertenece a nadie difícilmente puede ser robado. “No codiciar” implica que es pecaminoso incluso contemplar apropiarse de los bienes de otra persona, algo que los socialistas, cristianos o no, nunca han podido explicar satisfactoriamente. Más aún, la prohibición de cometer falso testimonio y adulterio implica que deben respetarse los contratos y rechazarse los fraudes. En cuanto al mandamiento de honrar padre y a madre…implica que es la familia, y no el Estado, la que constituye la unidad básica, el elemento constitutivo de la sociedad.  

Resulta curioso que esta tradición sea precisamente la judía, tan denostada hoy. Rechazar al judío y rechazar el capitalismo suelen ser cosas que van juntas, no por casualidad. Así, es una religión, pero no cualquier religión, la que sirve de fermento para el desarrollo de una sociedad libre porque sustenta, en su credo, los valores que hacen posible esta.

 

Las ideas expuestas por Weber en torno a la ética protestante y el espíritu del capitalismo resultan ser ciertas en tanto en cuanto dicha ética se corresponde con la requerida por una sociedad libre de Estado para crear riqueza.