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Polilogismos marxistas y experimentos neurobiológicos

escrito por Luis I. Gómez 17 abril, 2009

Ludwig Von Mises, el tan poco conocido (fuera de los círculos liberales) como genial economista austriaco, hablaba al principio de su monumental Acción Humana de la epistemología de la ciencia económica. Consideraba de gran importancia apuntalar los cimientos lógicos de la praxeología, o ciencia de la acción humana -dentro de la cual estaría incluida, en su manifestación cataláctica (de intercambio) y mercantil, la economía- para defenderla de los ataques de los antirracionalistas y pseudomoralistas enemigos del mercado y su orden espontáneo. Los enemigos, antes las evidencias presentadas por el análisis económico, tan rigurosas en algunos casos como las presentadas por otras ciencias más exactas, como las matemáticas o la física, recurren al denominado por Mises polilogismo. Este no es otra cosa que la idea del carácter contingente del pensamiento económico. Este pensamiento sería una especie de justificación (in)moral del propio comportamiento a posteriori. En el caso del polilogismo marxista, el más exitoso a la luz de sus grandes fracasos, el homo aeconomicus sería según dictase su clase social, su posición económica entre los demás hombres. Un burgués razonaría de modo burgués, y, al hacerlo, estaría justificando sus privilegios, no dando razones válidas sobre cómo funcionan las cosas en general.

Pero, ¿es así, realmente? ¿hablan y piensan los negros como negros, los gays como gays y los cristianos como cristianos? ¿somos lo que nuestra etiqueta social dice? ¿cómo piensa un cristiano negro y gay? Menudo lío. De lo que Marx hablaba, claro está, es de la posición económica, y, al hacerlo, se ahorraba estas complejidades y decía media verdad. La otra media trataremos de contarla en este post.

En efecto, el ser humano tiende a justificarse. Veamos la serie de experimentos realizados por Michael Gazzaniga, neurocientífico y colaborador del Premio Nobel Roger Sperry, con pacientes de cerebro escindido. A estos pacientes se les seccionó quirúrgicamente el llamado cuerpo calloso, un haz de axones que conectan (y comunican) los dos hemisferios cerebrales. El motivo no era partir su cerebro en dos, sino frenar los terribles, recurrentes e incapacitantes brotes epilépticos que padecían, al impedir que se extendiesen desde su foco originario a todo el cerebro vía cuerpo calloso. Pero una vez cortado, dicho haz no se recupera, y, hecho el mal por el bien del paciente, y con el consentimiento del mismo, se podían realizar algunos experimentos científicos interesantes. Gazzaniga escogió con mucho acierto dichos experimentos.

Lo que descubrió es que el hemisferio izquierdo y derecho, habiendo perdido su comunicación, iban por libre, y, al hacerlo, mostraba cada uno las características que le eran peculiares. La persona que había sufrido esta operación no notaba, en su quehacer cotidiano, el corte existente entre sus dos hemisferios, porque la realimentación constante desde los sentidos permitía cierta unificación de consciencia, pensamiento y acción. Pero si se lograba separar experimentalmente lo percibido por un hemisferio de lo percibido por otro se podían observar las respuestas que cada uno de ellos daba a la información recibida y a la desconocida (recibida por el otro hemisferio). Y dado que el lenguaje está lateralizado en el cerebro izquierdo (para la mayoría de nosotros), desde donde emanaban las respuestas verbales justificativas de las acciones era del hemisferio izquierdo.

Joseph Ledoux, que colaboró con Gazzaniga en los experimentos, lo explica bastante bien en su libro “El Cerebro Emocional”, en este fragmento que hemos tomado prestado de otra web:

Michael Gazzaniga y yo estábamos realizando estudios sobre pacientes con el cerebro dividido, que nos condujeron a una conclusión similar a la de otros investigadores. Se sabía que la información presentada únicamente en un hemisferio de un paciente con el cerebro dividido resulta inaccesible para el otro. Tomamos esta idea como modelo del modo en que procede la consciencia con la información generada por un esquema mental inconsciente. En otras palabras, dimos instrucciones al hemisferio derecho para que produjera determinada respuesta. El hemisferio izquierdo observó la respuesta, pero no sabía por qué ocurría. Después preguntamos al paciente por qué había reaccionado del modo en que lo había hecho. Como sólo el hemisferio izquierdo podía hablar, la respuesta verbal reflejaba la comprensión que este hemisferio tenía de la situación. Una vez tras otra, el hemisferio izquierdo daba explicaciones como si supiera por qué ocurría la respuesta. Por ejemplo, si dábamos instrucciones al hemisferio derecho para que agitara la mano, el paciente lo hacía. Cuando preguntábamos al paciente por qué agitaba la mano, decía que creía haber visto a alguien conocido. Cuando dimos instrucciones al hemisferio derecho para que riera, el paciente nos dijo que éramos tipos divertidos. Las explicaciones verbales estaban basadas en la respuesta producida, más que en el conocimiento de por qué se producían las respuestas. Al igual que en otros experimentos, el paciente atribuía explicaciones a situaciones como si hubiera percibido introspectivamente la causa de la respuesta, cuando en realidad no era así. Llegamos a la conclusión de que las personas suelen hacer muchas cosas por razones de las que no son conscientes (porque la conducta se produce mediante mecanismos cerebrales que funcionan inconscientemente), y que una de las principales tareas de la consciencia es hacer que la vida del individuo sea coherente, creando un concepto del yo. Para lograr esto genera explicaciones sobre la conducta, partiendo de la imagen que tiene del yo, los recuerdos del pasado, las expectativas para el futuro, la situación social del momento y el entorno físico en que se produce la respuesta’.

De aquí se pueden extraer algunas conclusiones. Nuestro cerebro evolucionado a lo largo de millones de años tiene un diseño notablemente adaptativo. Para lidiar con las circunstancias complejas, cambiantes, azarosas y peligrosas de la naturaleza desarrollamos un sistema de captación de patrones, de regularidades, de sentidos, un sistema del que formaba parte ineludible nuestra capacidad simbólica, traducida fundamentalmente en capacidad para el lenguaje. Y es que un símbolo es un conjunto con el que se puede trabajar, con el que se pueden desarrollar operaciones mentales. Gazzaniga llama a este sistema El intérprete. El intérprete, de esta forma personalizado, reside en el hemisferio izquierdo, o en el lugar del cerebro en el cual resida el lenguaje, explica lo que a uno le pasa a partir de los datos proporcionados por los sentidos y por los sistemas y subsistemas neuronales que subyacen a la consciencia. Si le falta información la complementa para lograr un cuadro coherente, igual que lo hace el sistema visual que, pese a tener un punto ciego, da una imagen completa del entorno.

Generalmente no erramos al unificar toda la información y hacer con ella un cuadro, pero, al igual que se dan ilusiones visuales, se dan también ilusiones en nuestra “visión” mental de cómo son las cosas y cómo funcionan. Y así nos engañamos, pero la mayoría de las veces son mentirijillas piadosas e inocuas.

Curiosamente una de las mentiras más peligrosas es la polilogistica marxista. Esta se debe sin duda a un error de procesamiento y a una carencia de información al crear el cuadro de la realidad social humana en la mente.

Pero ¿es este engaño, este autoengaño del que hablamos algo que haya surgido para justificar una posición dentro de la sociedad, o se trata más bien de algo que hunde sus raíces en nuestro pasado evolutivo y está diseñado para justificar cosas más profundas, biológica y socialmente?

La media verdad del polilogismo Marxista es que nos justificamos, y la otra media verdad que la complementa es que lo hacemos de acuerdo con las demandas íntimas de nuestra naturaleza evolucionada, a través de mecanismos y sistemas de procesamiento neurales de nuestro cerebro. Es la premura de la necesidad la que nos incita a escribir nuestra historia personal, lo que ahora somos y nuestros proyectos de futuro de forma imaginativa. Como animales en un entorno ecológico y partícipes en otro social (y económico) la unidad de pensamiento, el ser agentes y pacientes conscientes, que además se comunican entre sí, constituye una adaptación, y es la fuente de la que mana la sapiencia que nos hace sapiens.

No justificamos nuestra posición social, aunque en ocasiones podamos hacerlo. Lo que hacemos es justificarnos permanentemente a nosotros mismos y perseverar en el ser y en el yo, como dijera Spinoza. La distinción es importante, porque hace que pasemos de considerarnos como un miembro de un colectivo más o menos ficticio a considerarnos individuos libres y responsables que buscan su interés en un entorno natural y social complejo y competitivo.

4 comentarios
  • Bueno, doy por sentado que no has visto este mensaje y no contestarás… una pena, me interesa esta opinión de quienes a fin de cuentas o en cierta mayor o menor medida no acaban de ver que tienen en el ojo la viga de la que son capaces de ver hasta las mínimas astillas en ojo ajeno… Oh, habré de seguir andando “yo caliente…”

  • Un poco a destiempo he leído este artículo, menos mal… Me parece sumamente clarificador. No obstante: ¿no es el marxista una manifestación más del “polilogismo” intelectual en general, o al racionalista? ¿No cae en ello el liberalismo, incluso en general, y el de Mises, Hayek, etc. en particular? ¿En qué medida hay realmente un abismo (al respecto incluso de ese “polilogismo”) entre la Economía Política (Smith, etc.) y la Marxista que en gran medida “extrapoló” en su propio beneficio ideológico (“polilogista”?) buena parte de sus tesis (así como las de Hegel y otros, la de la Ilustración, etc.)? En mi last post propongo una ruptura (¿tal vez “polilogista” también, inevitablemente? ¿originada, como considero que se explicaría el tránsito de izquierdistas al liberalismo ante la frustración post-muro, y como la opuesta que se estaría produciendo a tenor de la actual “crisis”; es decir, para justificar las dificultades de la acción efectiva, la marginación, la condena al intelectual interno, al homúnculo reflexivo nuestro, por mor de los hechos, de la creciente burocratización, de la creciente reducción del espacio para un pensamiento que logre alguna cosa…?).
    En fin, ahí está mi post por si te prestas a puntualizar tu dicidencia o tu acuerdo parcial…
    Un saludo y au revoir.

  • Gracias Juano,

    Un polilogismo de nuestro tiempo podría ser el que señala a las ideas de la persona madura y responsable como un producto de sus circunstancias (es responsable porque tiene responsabilidades). Así nada nace del agente, que deja de ser tal. Y frente a esta lógica se pondría la lógica del perfecto irresponsable, incívico, inmoral, como una lógica de transgresor creativo, de creador de nuevas normas y paradigmas, de visionario de la sociedad futura….etc etc.

    Pero como dices muy bien, la razón, que, a mi juicio va sedimentándose y funcionando mejor según avanza el desarrollo ontogenético, del que van gradualmente floreciendo responsabilidades, no puede considerarse otra lógica, sino la lógica.

    Freud estaría de acuerdo conmigo en que muchos, hoy, en esta sociedad de relativo bienestar que se degrada en sociedad del bienestar, han quedado estancados en un estado del desarrollo. Siguen siendo niños, o adolescentes, por el resto de su vida, dañando con ello al tejido social, corrompiéndolo, como un cáncer. Y es que, como en más de una ocasión he señalado, la sociedad sólo puede soportar hasta un número crítico de parásitos. En el n + 1 llega el colapso.

  • Juano

    Grandísimo artículo.

    Añadiría que en el cerebro la normalidad se define más por términos estadísticos que por razonamiento. Nos habituamos a lo que nos rodea normalmente sin cuestionarlo, lo cual es lógico pues en la infancia es el mecanismo que se establece ante la falta de formación y capacidad para actuar de otra manera. Y la mayoría de la gente muere sin cambiar ese esquema. Hasta diría que cada vez más, pues el mayor flujo de información del que disfrutamos con respecto a generaciones pretéritas, en lugar de estimular el análisis degenera en la conformación de un entorno justificativo mediante la elección de las fuentes de información afines. Es más cómodo dejar las cosas como están, somos reacios al cambio por naturaleza. Informarse por distintos medios, procesar la información y conformar una opinión propia conlleva recursos, esfuerzo, tiempo y trabajo… No muchos están dispuestos a sacrificarse tanto, máxime cuando ello te suele llevar a una minoría que va contra corriente…
    Por eso no es raro que en las discusiones políticas se acabe confrontando fuentes de información o entrando en el descrédito más pueril, en lugar de utilizar la pura y simple razón.
    De ahí que en las campañas para las elecciones a día de hoy ni un solo partido mueva un pelo por explicar un programa, un plan, un proyecto. Todo es jugar, por un lado con las emociones viscerales para conquistar la simpatía del votante. Y por otro imbuir miedo sobre las opciones del contrario, normalmente acusándole de que nos va a quitar cosas de las que disfrutamos o que nos va a impedir disfrutar de algo que deberíamos tener por derecho (contra ninguna obligación).

    Lo cierto es que a todo aquel español de nuestros días que no ha pasado de esa fase, le es imposible imaginarse, por ejemplo, un sistema de pensiones privados. Primero porque jamás lo ha visto ni se lo ha planteado. Ha crecido con uno público el cual le hace sentirse -falsamente- protegido por el estado. Y segundo porque le han repetido hasta la saciedad que el modelo privado sólo busca enriquecer a cuatro a costa suya, que es imposible que reciba el mismo servicio de unos avaros capitalistas que de papá noel estado y los buenos políticos que se desviven por él…
    Por mucho que le expliques que el sistema de pensiones público es una estafa piramidal legalizada por el poder público, por mucho que le demuestres que es un sistema insostenible a largo plazo, por mucho que hagas evidente que es un absurdo adjetivar como “gratuito” a lo que pagas con tu dinero mediante impuestos, por mucho que vea empíricamente que los que viven de pensión pública son unos muertos de hambre frente a los que disfrutan de el capital formado por una pensión privada… Todo da igual. La costumbre y la normalidad pueden más. Creo que se debe a que ese proceder nos hace sentir parte de un colectivo automáticamente, pues estás tomando partido y confiando en una estructura formada y consolidada. Mientras que el proceder maduro de analizar fríamente conlleva la individualidad, la responsabilidad, el preocuparse de uno mismo y, además, con toda probabilidad, tener que luchar contra corriente.
    Es un mecanismo potentísimo. De hecho Argentina nos ha demostrado que ni siquiera la quiebra del sistema espanta a los adeptos. En lugar de buscar una alternativa, la gente continuará siguiendo a aquel que le prometa que le va a devolver a la normalidad conocida en lugar de aquel que le proponga un escenario eficaz pero diferente…

    Nos enfrentamos a rivales que son conscientes de estos mecanismos y los explotan al máximo a su beneficio. Deberíamos estudiar hasta qué punto podemos hacer triunfar nuestras ideas si sólo nos valemos de la razón. Tal vez deberíamos ver, al menos, cómo desarmar las técnicas sicológicas a las que nos enfrentamos. Aspiramos a una sociedad donde predominen los adultos maduros y responsables… Y eso no ha existido nunca. (Los políticamente correctos que se tomen una tila antes de argumentar en contra de esta afirmación 😉