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Hacia un nuevo relativismo, hacia un nuevo escepticismo

escrito por Luis I. Gómez 6 febrero, 2009

Richard Dawkins considera la religión como un virus de la mente. Desde el enfoque memético, que el inventó, se trataría de un memeplex (o conjunto de memes) de carácter maligno, que se difundiría por toda la sociedad, introduciéndose en la mente de potenciales adeptos, con efectos perversos. Como científico que es Dawkins se rinde ante las evidencias. Estas guían su trabajo, o al menos han de hacerlo, siendo por ello el punto de referencia ideal de la ciencia. Se espera que el conocimiento se solape de forma óptima con la realidad, o cuando menos que lo intente.

Una religión es un sistema de creencias puras, valores y modos de comportarse y, como tal, no ofrece demasiadas pruebas sobre las que sustentarse. Hablo de creencias puras. Lo hago para distinguirlas de las creencias que se derivan de la comprobación empírica o un riguroso análisis lógico. La fe pura consiste en un SI o un NO categóricos que cierran las puertas a cualquier ulterior profundización o debate. Los aspectos positivos de esta clase de fe no son debidamente valorados. Cerrar las puertas a la especulación sobre determinados asuntos, especialmente trascendentes, nos permite centrar nuestras energías en otros más cotidianos y, en definitiva, necesarios. Toda duda existencial puede conllevar una inoperancia práctica. Un sistema de creencias permite a quien lo posee, o es poseído por él, operar en el mundo de forma práctica y socialmente funcional. Y aquí entran los valores, pues no vale cualquier sistema de creencias. Son aquellos sistemas que defienden valores de armonía social en el grupo, de severidad con las desviaciones, de procreación y familia, de trabajo, de inversión, de austeridad, de discreción, de contención, de paciencia etc los que hacen que las sociedades que los poseen, o son poseídas por ellos, prosperen. Estos sistemas de creencias que promueven dichos valores llevan a modos de comportarse adecuados, al nivel de los individuos, de las unidades familiares y de los grupos, que, podríamos decir, se solapan de forma óptima con la realidad innegable de la escasez y la necesidad en el mundo en el que nos ha tocado luchar por la supervivencia, del mismo modo que el conocimiento científico busca solaparse óptimamente con la realidad como conjunto.

El relativismo consiste en una duda que suspende el juicio sobre el valor de las cosas. Consiste, en su forma ruda y torpe, en ir más allá de las fronteras que marcan los Síes y Noes ambiente, de la cultura en la que uno está inmerso, en poner en duda lo convencionalmente aceptado. Sin embargo los aspectos positivos de este relativismo de primer orden son pronto superados por los negativos. La crítica se torna absorbente y destructiva: se pretenden derribar muros y mitos, se busca activamente un nuevo orden en el que los cimientos sean rehechos. Se pasa por alto la solidez de la tradición, y lo que hay de bueno en ella. Y a un tiempo se suspende, con la suspensión del juicio, la acción productiva y socialmente funcional, sustituyéndose por algún simulacro o sucedáneo espurios. Por ello es necesario ofrecer a la mente y a la sociedad un nuevo relativismo, que supere lo negativo del anterior manteniendo los aspectos positivos de su duda metódica. Este es el liberalismo. El liberalismo es un sistema de creencias, si bien no de creencias puras. Se apoya en una serie de evidencias que se repiten en todo tiempo y lugar: gastar más de lo que se tiene conlleva deudas, tomar del otro lo que no cede este voluntariamente es una agresión, pretender beneficiarse sin asumir los costes es fraudulento, etc etc. Este sistema de creencias conlleva unos valores y un curso de acción, al menos para las instituciones. Si bien no es una religión, puesto que las religiones tienen, en su mayor parte, un referente trascendente, y son creencias puras. El liberalismo es relativismo, pero un relativismo que eleva la duda a los grupos y a las instituciones. Nadie debe de imponer nada a nadie. Las relaciones entre las partes son voluntarias y libres. Cada uno puede creer lo que le plazca, siempre y cuando no intente imponer su verdad a los demás.

Los nuevos escépticos no terminan de entender bien esto. Es, su escepticismo, de hecho, algo que también debe ser superado. El escéptico se rebela también contra la fe, pero de forma distinta al rudo relativista. Su puesta en duda es más analítica que existencial, y su suspensión del juicio más teórica que práctica. Es su razón la que le informa que hay algo que no funciona en las creencias puras. Busca evidencias y allí donde las haya grita Eureka, pero fuera de ellas mantiene, en principio, una duda razonable. Este nuevo escepticismo, empero, se queda estancado en la negación y afirmación tajantes de acuerdo con lo que se sabe o se cree saber en el momento del juicio. Hoy por hoy es cientifista. Es una forma de sacralizar el conocimiento científico y convertirlo en la panacea para el hombre del futuro. Siguiendo esta fe, el escéptico suelta el lastre de la duda y se entrega a la causa de persuadir al mundo del error de toda fe –excepto la suya. Nada nuevo bajo el sol. Este escepticismo sólo puede superarse manteniendo la duda con las propias certidumbres, derivadas o no de unos rigurosos análisis y contrastación, pero manteniendo la duda en un nivel teórico, sin permitir que se filtre en la propia vida, paralizándola. Puesto que la duda viene de la ignorancia, seguir viviendo en ella, de acuerdo con principios y valores contrastados por la experiencia, mientras no se tenga acceso a las fuentes de un conocimiento mayor o superior sigue siendo lo más sensato.

Hacen falta un nuevo relativismo y un nuevo escepticismo. Necesitamos creer en la vida y convivir los unos con los otros. La vieja fe no debe de ser sustituida por una nueva fe, beligerante e impaciente como toda nueva fe. La vieja fe tiene que ser progresivamente transformada, según se va sabiendo, según se va cambiando. Sólo así se progresa, sólo así se impide que la Historia se repita.