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Soy sólo responsable de mí mismo. El liberal intolerante

escrito por Luis I. Gómez 3 noviembre, 2008

Existen cientos, miles de situaciones en la vida cotidiana en las que hemos de tomar decisiones que no sólo nos afectan a nosotros mismos. Decisiones que han de ser adoptadas desde la máxima consciencia pero sin darles mayor importancia de la que tienen. He de ayudar a un anciano a cruzar una calle? He de impedirle que salte de la acera en el momento en que viene un coche? La elección de escuela para mis hijos, ha sido la correcta? Y así un larguísimo etcétera de cuestiones cotidianas de mayor o menor relevancia ante las que tomamos una postura que, de algún modo, nos define y altera levemente nuestro entorno. Cada vez que actuamos, sea en la dirección que sea, ofrecemos una imagen hacia afuera (virtual, siempre subjetiva) al tiempo que generamos un pretérito constatable y objetivo. Somos, en cierto modo, siervos de las decisiones tomadas hace un rato (léase “rato” como la suma de todos los ratos de una vida).

Tal vez, las decisiones adoptadas en legítima defensa propia sean aquellas que menos quebraderos de cabeza generan. Tanto en quien las toma como en un tercero que le observe. Quién iba a reprocharme dos sopapos bien dados al tipo que pretende robarme la cartera? Probablemente nadie. Todos estamos de acuerdo en que la agresión como iniciativa es infinitamente más difícil de justificar que la agresión como respuesta a otra agresión. Les cuento esto porque me siento amenazado. Y porque fruto de esa amenaza que percibo como cierta surge en mí la necesidad de autodefensa. Y porque fruto de mis actos de autodefensa surge una imagen … y un pretérito constatable.

Sólo desde el respeto por sí mismo nace el respeto por los demás. Para considerar a los otros mis iguales -sagrados- he de considerarme yo importante -sagrado-. Una de las ideas verdaderamente revolucionarias del cristianismo es la de la universalización del padrinazgo divino. Todos los hombres son Hijos de Dios. Todos los hombres son, en tanto que Hijos de Dios, especiales y sagrados. Desde ahí se construye la filosofía del amor al prójimo sin distinción de petrtenencia a un pueblo determinado. El judío ya no es el “Pueblo de Dios”: la humanidad es el “Pueblo de Dios”. Es evidente que durante la historia del cristianismo no faltaron quienes, por ignorancia o de manera calculada, descalificaron a ciertos seres humanos para poder ejercer sobre ellos cualquier tipo de imposición. Pero esa es otra historia (lamentable, por cierto). Lo cierto es que creo que, muy probablemente, los principios de Igualdad, Libertad y Fraternidad en los que se basa todo lo que vino tras la Ilustración apenas hubiesen sido posibles en occidente sin la disidencia cristiana. Digo disidencia, como podía haber dicho herejía, pues la secularización de los principios filosóficos cristianos también se debe en buena parte al luteranismo y los movimientos -que siempre han existido- de recuperación del espíritu de las primeras comunidades crisitianas. Ha sido la historia de la lucha frente al poder, ya sea de la Iglesia, o del Estado (el Rey) para salvaguardar la dignidad individual, la que ha hecho posible que hoy vivamos como lo hacemos -que sigue distando mucho de cualquier cosa que se parezca a la perfección-.

Yo no soy creyente. No existe ninguna ortodoxia con la que pueda sentirme identificado. Pero ello no significa que no exista nada en lo que creer. Y de mi profundo respeto por aquello en lo que creo nace mi profundo respeto por aquellos que creen. Católicos, budistas, mahometanos, cientólogos, ateos, progresistas, … me da igual. Y de ese profundo respeto por los otros nace mi firme decisión de no imponer a nadie ni mis ideas, ni aquello en lo que creo. Mi manera de pensar es la mía, ni mejor ni peor que la suya, querido lector. Podemos discutir, acaloradamente si le gusta. Pero mi meta no será jamás obligarle a pensar lo mismo que yo pienso. Hacer lo mismo que yo hago. Mi meta se limitará a hacerle entender que usted no tiene ningún derecho a obligarme a hacer lo que cree correcto, pues yo lo veo de otra manera. Cuando agreda su libertad, o su propiedad, o su persona, entonces sí tendrá todo el derecho a defenderse y agredirme. Pero sólo en esos casos.

Los budistas no sueñan con una teocracia. Los cristianos hace tiempo que aprendieron que la fe es algo particular, del ámbito personal. Hay muchos mahometanos que piensan lo mismo. El ateo ya no se siente en la necesidad de “salvar” al creyente. La mayor parte de los que se autodenominan progresistas lo único que quieren es que les dejen en paz en su rinconcito acolchado por el estado. Quién me amenza, entonces?

Los cristianos beligerantes carecen de la capacidad (numérica e intelectual) para ello. Quienes practican religiones minoritarias en Europa tienen bastante con poder reunirse y practicar. Pero este es un blog beligerante con el progresismo indoctrinador y el islamismo militante. Con los primeros por ser incapaces de considerarse a sí mismos fuera de su colectivo, incapacidad ésta que es la causante última de que se pasen la vida inventándose colectivos en los que colocarnos a los demás, para denostarlos y terminar obligándonos a partenecer al suyo, que es el único bueno y verdadero. Curiosamente, el mismo transfondo que anima a los islamistas militantes: todos los que no son de su “colectivo” son infieles, o se convierten o mueren. Es el absoluto desprecio por la libertad del otro el motor de sus acciones. No todos los hombres son iguales: ellos son más que ellas; los fieles más que los infieles, los “libres” más que los “esclavos”. Y su meta es la islamización del mundo. La formación de teocracias islámicas. La imposición de sus leyes a todos los demás.

No, no pretendo que se sume usted a mi particular defensa ante quienes pretenden socavar mi libertad. Sólo soy responsable de mí mismo. Pero le pregunto: realmente cree que es adecuado para usted permitir que el movimiento antiislamista (anti-jihad, sería más correcto) caiga en manos exclusivas de extremistas racistas, movidos por similares afanes liberticidas que aquellos a quienes dicen combatir? Le da vergüenza decirse liberal y pronunciarse frente los atentados liberticidas islamistas sólo proque teme que le tachen de racista? de fascista?

A mí no. Ni soy fascista ni soy racista. Soy, simplemente, absolutamente intolerante con quien no tolera mi libertad.

PS: dedicado a Nora, con cariño.