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Lo liberal no es popular

escrito por Luis I. Gómez 23 septiembre, 2008

El número de quienes, en público o en privado, se adornan con un “yo también soy liberal” es bastante mayor que el de votantes del Partido Popular. En el fondo a todo el mundo le gusta decirse “liberal”. Pero ante la elección entre más libertad o más seguridad, asistimos a masivas deserciones, justamente entre los “también-liberales”. A la hora de tomar decisiones en las urnas, la liberalidad deja de ser criterio de voto, para convertirse en mera pantalla tras la que esconder lo que realmente cuenta: se vota al partido que promete el trozo más grande del pastel estatal, la mejor parcela de poder. El liberalismo se convierte repentinamente en un hipoteca política si de delimitar los verdaderos costes de la responsabilidad individual se trata.  Llamamientos a la responsabilidad individual, eliminación ordenada de la sobrerregulación y el padrinazgo estatal, erradicación del abuso impositivo, son ideas que difícilmente armonizan con la creciente demanda de desarrollo y consolidación del llamado “estado de bienestar”. En realidad, es imposible ser al mismo tiempo liberal y popular. Y ése es uno de los principales problemas del PP.

Cierto es que un partido de vocación “nacional” debe, plegándose a las reglas de la democracia y las leyes del consenso, hacer concesiones programáticas en aquellos temas considerados “populares”. Podemos incluso afirmar que ningún partido “nacional” puede permitirse el lujo de prescindir absolutamente de un cierto grado de populismo. Todos sabemos que hay diferentes formas de populismo, y que buena parte de la batalla política entre partidos se dirime justamente mediante el intento de demostrar que el propio populismo es el mejor camino para dar solución a los problemas de todos, al tiempo que se descalifica el populismo de los de en frente como puro polemismo y/o chantaje electoral.

Demasiado simple se me antoja, pero, la diferenciación entre populismo de izquierdas (cuya meta es más justicia social mediante la redistribución) y el populismo de derechas (cuya meta es más nación, más democracia y menos inmigración). También existe el populismo de “centro” (cuya meta es una “tercera vía” y la cooperación del estado intervencionista con una economía parcialmente intervenida). Y también existe el populismo verde (cuya meta es salvar la naturaleza y el clima del colapso inminente).

En los tiempos en que la amenaza de regímenes totalitarios socialistas o fascistas era real, sabíamos donde estaban los enemigos de los liberales. Desde 1989, en Europa, ya no es tan fácil trazar las fronteras. Son, por ejemplo, los verdes anti-globalización un movimiento de izquierdas, de derechas o una mezcla de ambos?  Son los euroescépticos liberales, antiliberales o hay liberales y antiliberales euroescépticos?

El liberalismo es -y siempre será- la corriente que se enfrenta al estatismo que cree poder mejorar la humanidad desde sus órganos de poder centrales.  Los liberales más estrictos están convencidos de que el hombre libre y responsable es capaz de resolver por sí mismo sus problemas, y que la intervención estatal en los asuntos privados sólamente es aceptable cuando se ha demostrado que es necesaria y no de forma preventiva. En España siempre han existido mentes liberales. Pero han caído demasiado tarde en la cuenta de que el estado de prevención y “servicio público” que se perfiló en los últimos años del siglo pasado ya no es “su estado”, si no un monstruo apenas financiable a medio plazo, ávido de subyugar todas las voluntades. Un estado en el que el populismo paternalista y jipi de la izquierda patria ha encontrado el terreno perfectamente abonado para instalar sus politicas de comuna, buenismo y miope despilfarro. Un país en el que el esfuerzo y el mérito personal, lejos de verse premiados con el éxito, reciben a diario bofetadas insultantes desde las incompetentes tribunas ministeriales. Un país en el que la seguridad no se consigue mediante la defensa, sino mediante la claudicación y la negociación con los criminales.

Ya no basta con hacer un llamamiento reclamando “menos estado”. No basta con tender la mano y poder así sentarse a la mesa de “los demócratas”. No basta con pactar Consejos del Poder Judicial o estatutos de autonomía. No basta con amagar un paso al “centro” (el centro de qué???) Se necesita urgentemente un partido que proponga un “estado diferente”. Un estado que nos devuelva un marco legal y administrativo en el que la sociedad civil pueda desarrollarse de forma autónoma y responsable.

No, el Partido Popular no es un partido liberal. Y ser liberal no es, para nada, popular.