Home Liberalismo Por qué la libertad necesita una pizca de anarquía

Por qué la libertad necesita una pizca de anarquía

escrito por Luis I. Gómez 3 septiembre, 2008

No deja de sorprenderme el hecho de que algunos coetáneos sigan, en pleno siglo XXI y tras la lectura de miles de páginas en sus libros, empeñados en equiparar la libertad -así como suena, entera, sin grises- con la anarquía.  Alguno de ellos incluso considera la economía de mercado  como un engendro que favorece sólo al capital (que dicen que es el “fuerte”). Obviamente se ven refrendados en las declaraciones -y actuaciones- de políticos, periodistas al servicio de la corrección política y “pensadores” de todo tipo, quienes, sin lugar a dudas, tienen gran interés en que no se pongan en tela de juicio estas percepciones.

Nos describen la sociedad “del más fuerte”, y nos previenen  contra ella. Es un mundo en el que impera la ley de la jungla, el mítico estado primigenio de Thomas Hobbes en el que todos son enemigos de todos. La anarquía genera un equilibrio, pero es el equilibrio del terror. Según Hobbes y Locke, el contrato social erradica este estado salvaje, primigenio, de terror anárquico, de libertinaje violento. Se funda un Estado al que se dota del monopolio de la violencia, de manera que pueda defendernos a cada uno de nosotros de los ataques de los otros.  Las ventajas son claras, pues se termina con la espiral de violencia y se obtiene una plusvalía: la paz social.

Como resultado del Contrato Social – al menos según John Locke– nace el Estado Libre de Derecho. Uno de los derechos que protege ese Estado es el de la propiedad. E intrínsicamente unido a él, el derecho  a cambiar o vender o comprar bienes. Para ello se utilizan los contratos. Cuando el Estado protege esos contratos, su cumplimiento, nace la economía de mercado.

Como la economía de mercado se basa en contratos voluntarios, se convierte en lo contrario de una sociedad del más fuerte: es el fin definitivo de la ley de la jungla. Por eso la mayoría de los liberales de todo tiempo y condición oponían (y oponen) libertad y anarquía: el orden liberal es la superación de la anarquía.

Lamentablemente, la libertad no es posible sin, al menos, una pizca de anarquía. No me refiero a los elementos imprevisibles que se pueden observar en toda sociedad -también en las llamadas democracias-. Cuando el Contrato Social -la Constitución, por ejemplo- debido a motivos de practicabilidad permite y fomenta la toma de decisiones mayoritarias en amplios campos de la vida social, la mayoría (poseedora de la razón, pues mayoritaria, y del poder) siempre tenderá a hacerse más grande a costa de las minorías. También los grupos de interés bien organizados son una amenaza para los derechos de propiedad de los otros. Nos encontramos ante el “nuevo dilema hobbesiano” (Buchanan y Tullock). Aparece una nueva lucha, un nuevo motivo generador de violencia: ya no luchan tribus entre ellas, sino todos contra todos (como al principio) por conseguir la mayor tajada posible del cuerno de la abundancia del Estado.

Estos elementos “anárquicos” se me antojan inevitables. Desde una óptica liberal-tradicional son necesariamente evitables. Pero, no puede ser deseable una pizca de anarquía?

La existencia del nuevo dilema hobbesiano nos muestra cómo el Estado monopolista de la violencia no cumple precisamente aquello a lo que está obligado según el Contrato Social. Justamente por ello debemos preguntarnos cómo podemos los ciudadanos controlar y obligar a quienes deciden en nuestro nombre para que cumplan su parte del contrato: garantizar los derechos y la libertad de cada uno.  Qui custodiet ipsos custodes?

Los medios habituales son conocidos: la posibilidad de retirar la confianza al Gobierno cada cierto tiempo (democracia); la separación de poderes y la independencia del Judicial; la opción de emigrar a otro Estado donde se respeten mejor los derechos reclamados. La debilidad de las dos primeras soluciones es de todos conocida: la primera protege, en el mejor de los casos, a la mayoría de los ciudadanos frente al estado, pero nunca a las minorías. Si nos fijamos en los métodos de selección de los órganos de gobierno del Poder Judicial vemos como, lejos de la independencia deseada, son elegidos por las instancias políticas y puestos a merced de la mayoría, una vez más. La libertad de las minorías sólo puede asegurarse, pues, emigrando. Ya lo decían Montesquieu, Adam Smith, Immanuel Kant y, sobre todo,  Lord Acton. Y no son necesarios, ni previsibles grandes movimientos migratorios. Basta con que exista la posibilidad de “escapar” de un Estado hacia otro en el que las condiciones de libertad  sean mejores según los criterios del emigrante.

guides.gifEste mecanismo protector de la libertad individual funciona sólo si existe verdadera competencia entre los diferentes estados. Todo gesto harmonizador de las políticas fiscales, legales, penales… dificulta el ejercicio de la emigración como herramienta del disidente. Peor es el caso si nos encontramos con la situación en la que los estados con mayor presión fiscal y legal son los que imponen a los otros estados sus “condiciones”, evitando cualquier conato de competitividad. En estos casos (no les recuerda esto un “poco” a la Unión Europea”?), el individuo carece de opciones plurales entre las que elegir y pierde su libertad.  Imagínenese un Gobierno mundial, que represente a un estado global. Nadie podría escapar de él.Terminaríamos para siempre subyugados a la voluntad de “la mayoría”.

Si desarrollamos el argumento de Hobbes hasta sus últimas consecuencias, sólo un Estado Global podría acabar para siempre con la “anarquía”. Mientras queden Estados independientes que monopolicen la violencia, se mantendrán las luchas entre ellos. Tratados internacionales sobre desarme militar y protección de los derechos de propiedad pueden suavizar los problemas, pero no erradicarlos. Organizaciones militares de defensa comunes ayudan a conseguir un cierto equilibrio mundial de poderes, pero siempre estaremos ante un equilibrio del miedo. Un equilibrio del terror (recuerdan?). Queda, por tanto, una pizca de “anarquía”. Irremediablemente. Pues sin ella, no es posible la libertad.

PD: la foto es de las llamadas Georgia Guidestones, en las que se describe una pesadilla sin anarquía:

MAINTAIN HUMANITY UNDER 500,000,000
  IN PERPETUAL BALANCE WITH NATURE
GUIDE REPRODUCTION WISELY —
  IMPROVING FITNESS AND DIVERSITY
UNITE HUMANITY WITH A LIVING
  NEW LANGUAGE
RULE PASSION — FAITH — TRADITION
  AND ALL THINGS
    WITH TEMPERED REASON
PROTECT PEOPLE AND NATIONS
  WITH FAIR LAWS AND JUST COURTS
LET ALL NATIONS RULE INTERNALLY
  RESOLVING EXTERNAL DISPUTES
    IN A WORLD COURT
AVOID PETTY LAWS AND USELESS
  OFFICIALS
BALANCE PERSONAL RIGHTS WITH
  SOCIAL DUTIES.
PRIZE TRUTH — BEAUTY — LOVE —
  SEEKING HARMONY WITH THE
    INFINITE
BE NOT A CANCER ON THE EARTH —
  LEAVE ROOM FOR NATURE —
    LEAVE ROOM FOR NATURE

Este post está dedicado a María Blanco. Porque me apetece.