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La guerra

escrito por Luis I. Gómez 23 junio, 2008

goya_may_third.jpgLa guerra no es descriptible desde posturas individualistas. No es aprehensible desde el individualismo, pues la guerra conlleva la destrucción de toda individualidad. Soldado – Civil / Amigo – Enemigo.  Esas son las únicas diferencias entre humanos que permite el colectivismo belicista. E incluso esas diferencias desaparecen rotas en el fragor de la lucha en forma de daños colaterales, dejando apenas dos bandos: los fuertes y los débiles. O los afortunados y los desafortunados. Supervivientes y muertos.  La guerra es la derogación del desarrollo civilizatorio, la restauración de las leyes atávicas de la manada.

La guerra supone la derogación estatal (nacional, grupal) del derecho y la usurpación de la moral particular por medio de la orden de la superioridad. Supone una redefinición, sin atender a lo que realmente caracteriza al individuo particular, de inocente y culpable. La pena de muerte generalizada para el culpable no necesita de garantismos, ni de juicios. No importa cuántos inocentes caigan víctimas de la precipicitación bélica.  La guerra es barbarismo, siempre.

Para los supervivientes la guerra nunca acaba. Ni los contratos de capitulación, ni la llamada oficial al fin de la guerra, ni la oficialización litúrgica de la paz pueden acabar de hoy a mañana con el desasosiego de la guerra en los corazones de los Goya_Guerra_39.jpgvencedores y los vencidos. Yo sólo conozco la guerra a través del relato de los supervivientes, de sus diarios, de los informes sobre batallas y campos de concentración, eco cruel de los años salvajes. La guerra no sólo mata, deja marcas indelebles en quienes la sobreviven. Desfigura el alma.

La guerra es la disolución substancial del individuo en el ácido del colectivo. Ácido que todo lo envuelve, sin dejar un sólo resquicio, un sólo rasgo que permita siquiera adivinar tras él un algo diferente de todo lo demás. La masa sin rostro.

Quien habla de guerra ya está derrotado por la certidumbre de que la locura colectiva puede engullirnos a cada uno de nosotros. A todos nosotros.