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El nuevo Apartheid

escrito por Luis I. Gómez 31 mayo, 2008

Desde de la Vega hasta Aguirre, pasando por Chacón y San Gil, las mujeres conquistan cada vez más poder político en nuestro país. No muy lejos de nosotros, apenas cruzada la frontera cultural de occidente, ocurre justamente lo contrario. La represión de las mujeres en África y los países musulmanes alcanza dimensiones terroríficas. Se puede hablar de un “Apatheid de género”.
Desde la ONU nos llegan informes increíbles: castigos bárbaros, desde la mutilación genital a la crucifixión son cada vez más frecuentes en las zonas islámicas. Los cadalsos ocupados por mujeres pertenecen a la imagen metropolitana incluso en ciudades como Riad. En Irán, una docena de mujeres esperan ser lapidadas públicamente por adulterio. El caso de la condenada Khayrieh ha saltado a las primeras páginas de la prensa occidental: “Estoy dispuesta a morir ahorcada, pero les ruego que no me lapiden. La muerte por estrangulación es segura, no es fácil que la primera pedrada me alcance la cabeza”.

En occidente callamos. No sólo ante las lapidaciones. También ante la represión sistemática de las mujeres. En Arabia Saudí apenas son mejor tratadas que los camellos. No pueden tener pasaporte ni conducir un coche sin permiso de los hombres; educación, carrera profesional y lugares públicos les son prohibidos igual que a los negros en tiempos del Apartheid surafricano. Entonces, cuando el gobierno de Pretoria dividió sus habitantes en “humanos” y “menos humanos” el mundo protestó con contundencia al comprobar cómo había escuelas, oficinas públicas, autobuses, playas y bancos de parque reservados a quienes, casualmente, tenían una piel algo más clara que los demás. Se inició un boicott general y la muralla del Apartheid cayó con gran estruendo mediático. Nelson Mandela fué liberado de la cárcel y con él millones de negros de la esclavitud y la indignidad.

Hoy nos enfrentamos a un nuevo Apartheid – más terrorífico, si me apuran. Otra vez se niegan a un grupo de humanos sus derechos más fundamentales. Sólo que esta vez no es el color de la piel, sino el género la característica elegida. Los ghettos de nuestros días llevan velo. Sus nuevas víctimas ni siquiera pueden elegir su ropa. Se les oculta tras negros paños hasta hacerlas irreconocibles. Se les roba su rostro, su identidad. Una dictadura de hombres aterroriza a la mitad de la población con la misma naturalidad con que sopla el viento en el desierto.

Y quién protesta? Dónde están las manifestaciones Anti-Apartheid? Greenpeace está ocupado con las ballenas, Europa con el cambio climático, las feministas con el matrimonio homosexual, nuestro Gobierno con sus conjuros. El Apartheid de las mujeres apenas es tema de conversación. Empieza a formar parte ya de la historia universal de las negligencias. Tal vez ocurra que la doble moral sea a la política lo que las algas al mar. Pero merece la pena que nos fijemos en los motivos de esta indiferencia ante la discriminación criminal de las mujeres. Si existe un amplio grupo de dictaduras en las que se niegan sistemáticamente los Derechos más elementales a las mujeres y occidente calla, tal vez sea por interés, miedo o indiferencia.

Yo supongo que se trata de todo ello a la vez. Occidente tiene miedo de enfrentarse a potencias como Irán o Arabia Saudí. Es mucho más fácil ocuparse de los inofensivos (militarmente) afganos o irakíes, del conflicto Palestino (Israel no es una amenaza para occidente). Y no olvidemos los intereses: unos nos venden petróleo, los otros éxitos diplomáticos. Suráfrica era una víctima ideal para los “moralistas” occidentales: no tenía ni petróleo ni un ejército poderoso (y no desarrollaba bombas atómicas).

Este miedo de occidente presenta no sólo aspectos suscriptibles a la “real-politik”, también los hay culturales. Nadie se atreve a lanzarse a un enfrentamiento cultural, civilizatorio. Es más, hay quien habla de alianzas de lo inalianzable. En realidad se pretende evitar el conflicto mirando hacia otro sitio, con abrazos fingidos y, poco apoco, con la renuncia tácita a alguno de nuestros principios de libertad. Es mejor una paz fingida (podrida) que la actitud digna de defensa en lo que se cree.

Y la indiferencia? Me temo lo peor. Probablemente, encogerse de hombros ante tales barbaridades nazca de una secreta complicidad masculina que no conoce barreras culturales. Cuando son las mujeres las oprimidas, los hombres de todo el mundo parecen menos interesados que cuando los oprimidos comparten con ellos colgajo y barba. Imagínense que los islamistas denigrasen a los zurdos los juristas o los portadores de gafas del mismo modo que lo hacen con las mujeres. Les apuesto lo que quieran a que la “resistencia” occidental sería mucho más contundente.

Visto así, el Apartheid contra las mujeres no sólo delata nuestra doble moral, también nos desnuda ante las miserias de nuestra inacabada emancipación masculina: seguimos siendo hijos de Adán.