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¿Se acaba el petróleo?

escrito por Ijon Tichy 23 mayo, 2008
Uno de los latiguillos recurrentes de los ecolojetas, antes incluso del surgimiento de la neoreligión del cambio climático, es el grito de “se acaba el petróleo”. Como tal recurso fósil el petróleo (y el gas y el carbón) son finitos y por ello su duración limitada. Se trata pues de recursos valiosos que hay que utilizar con cabeza y no despilfarrar. Hasta ahí estamos de acuerdo, pero antes de gritar conviene conocer algunos fundamentos básicos que a pesar de su sencillez, nunca se explican. Así nuestra toma de decisiones será racional y no emocional.
A menudo escuchamos frases como “queda petróleo para 20 (ó 50 ó 100) años”, con una heterogeneidad pasmosa en cuanto a las cifras manejadas. Hay algunos que pretenden dar un baño científico a su aseveración y añaden una coletilla del tipo “a los ritmos actuales de consumo”. Esta aclaración está bien, pero no basta. La fórmula para el cálculo de la duración del petróleo es evidentemente tan simple como un cociente entre el petróleo total que hay (numerador) y el consumo anual (denominador). El denominador es una cantidad conocida (más o menos) así que la incertidumbre viene dada por el numerador. ¿Cuanto petróleo “hay”?
Aquí es donde conviene saber de qué estamos hablando:
El mero conocimiento y cuantificación de la existencia de materias energéticas no significa necesariamente que éstas se puedan emplear para la obtención de energía útil. Para ello, además tiene que ser técnicamente posible su explotación y económicamente rentable la misma, es decir, que los costes de extracción sean inferiores a los precios del mercado. Asimismo, es preciso que la energía útil que se obtenga del recurso sea muy superior a la consumida en su extracción y transformación. Las cantidades de materia energética que cumplan todos estos requisitos se denominan reservas, que pueden aprovecharse para su transformación en energía útil en condiciones económicas rentables.
Al resto de las cuantificadas se la denominan recursos. La proporción de recursos que pasan a ser reservas, sin descubrirse nuevos yacimientos, aumenta a medida que se abaratan técnicamente los costes de explotación, o bien porque en el mercado alcanzan un mayor precio. Un ejemplo clásico es el del crudo del Mar del Norte. Sus yacimientos eran conocidos pero no se explotaban. La fuerte elevación de los precios del petróleo en 1973 provocó que el crudo del Mar del Norte dejase de considerarse únicamente recurso para pasar a ser reserva.
Si en el numerador de la fórmula comentada arriba ponemos solo la cantidad actual de reservas, la cifra resultante de la fórmula será baja. Si incorporamos recursos conocidos, la cifra sube (y es lógico, la escasez conllevará subidas de precio y paso de recursos a reservas). Si además añadimos como recursos yacimientos aun no descubiertos, la cifra sube más aunque sea a costa de la bola de cristal.
Y hay otro factor: Existen yacimientos de recursos petrolíferos (no de petróleo) perfectamente identificados pero cuya explotación económica no es en absoluto rentable. Hablamos de petróleos extrapesados, arenas asfálticas (tar sands) y pizarras oleosas (oil shales ), actualmente no utilizados, pero que podrían serlo en un escenario económico de precios al alza. Si añadimos estos posibles recursos al numerador, los años resultado de nuestra fórmula se disparan.
Un ejemplo histórico son las pizarras bituminosas de Puertollano, utilizadas durante la autarquía franquista de postguerra como fuente de productos petrolíferos. Son el origen del complejo industrial posterior. Si viajáis en AVE, al salir hacia el sur de la estación de Puertollano podéis ver a la izquierda una pequeña montaña claramente artificial. Son las escorias sobrantes de las explotaciones de aquellos años.
Si el precio del crudo aumenta (el precio real, no el especulativo), quizá un día se vuelvan a utilizar. O quizá esto no ocurra nunca, pues no resulten rentables frente a otras fuentes energéticas renovables.
En fin, evitemos el despilfarro, no abusemos de los recursos no renovables, pero no caigamos en el alarmismo gratuito. Verdes, sí, pero verdaderos.
Sobre el carácter intrínsecamente ligado a la economía de las labores mineras tengo una anécdota que quiero contaros (si habéis llegado hasta aquí). Cuando sube el precio de una materia prima, es posible que una explotación que se había abandonado por la baja ley (concentración) de su mineral vuelva a resultar rentable. En una conferencia al respecto en Buenos Aires, un catedrático español se dirigió al auditorio en estos términos: “El mejor negocio hoy día en este campo es coger una mina abandonada y explotarla”. Las risas de los asistentes y el estupor del conferenciante fueron al parecer memorables. Dejo a nuestros estimados lectores el link a un diccionario argentino-español para la explicación del caso, si fuera necesario.