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Por Dios, por la Patria y el Rey …

escrito por Luis I. Gómez 12 mayo, 2008

… lucharon nuestros padres …

Así rezaba la primera frase de una canción carlista, curiosamente también cantada durante la guerra civil española. La decepción de muchos de aquellos requetés debió ser enorme al ver cómo Franco asumía la Jefatura de Estado… o no. El caso es que el dictador no era un rey. Para ello hubo que esperar (algunos cronistas dicen que cobardemente) a la muerte del caudillo fascista. Y llegó el Rey. Volvíamos a tener Dios, Patria y Rey.

No sé si Dios existe, pero de hacerlo, dudo mucho que esté en lo más mínimo interesado por los destinos particulares de los hombres en la tierra. En caso contrario, su omnipresencia y omnipotencia lo convertirían en un Dios cruel o un Dios indiferente al sufrimiento de sus criaturas. Yo, omnipotente y omnipresente, jamás encontraría argumentos “luisológicos” para continuar impávido ante la desgracia de un hijo mío. Pero claro, yo soy humano. La compasión, la rabia y la acción para evitar el daño a los míos son defectos inherentes a mi condición. No. Si Dios existe, seguro que no lo hace (no lo “es”) como nosotros lo imaginamos. Y no creo en absoluto que necesite de nuestra inmolación para su satisfacción. Quien quiera morir por su fé que lo diga. Que muere por sus creencias, lo que convierte en igual de legítima toda lucha por las ideas en las que el luchador cree. Unas ideas serán justas, otras no, unas defenderán la libertad, otras serán liberticidas. Todo el mundo tiene derecho a luchar por aquello en lo cree. Aunque esté equivocado. Pero nos encanta sacudirnos el “yo” a la hora de matar. O a la hora de morir. Lo hacemos por Dios, por la libertad, por el pueblo, … como si morir, o matar en nombre de algo que no soy “yo” fuese más fácil, más perdonable, menos sangriento. “Humanizamos” la muerte por sublimación.

La Patria. Huele a roble y haya, a tomillo y hierba recién cortada, a carbón y azufre. Sendas entre peñas, camino a Valporquero. Peña Colorada y Bernesga. Entre la Gotera y el Cueto. Partidas interminables de “Bote”, “Manro” y fútbol en la calle. Las mujeres tejiendo al sol de la tarde, esperando -deseando- que los hombres regresen sólo sucios, no ensangrentados. Los hombres lejos de la luz, dando sentido a la tierra entre la que cavan galerías, convirtiendo las piedras negras en comida para sus hijos. Es pequeña, pero es la mía. Y seguro que no tiene nada que ver con la suya, verdad? Morir por mis recuerdos? No. En todo caso al lado de mis vecinos, porque me piden ayuda y yo decido dársela. La Patria? La de hoy? La de todos? Quiénes somos “todos”? Decididamente, la Patria tampoco espera que muera por ella.

El Rey. Yo no conzco a ese señor.