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Liberalismo, democracia, Estado

escrito por Luis I. Gómez 5 mayo, 2008

mafalda_democracia_5.gif.pngDe las imperfeccciones de la democracia ya se han escrito miles de páginas. Sobre sus ventajas también. Y sobre las diferentes percepciones (sensibilidades, me atrevo a escribir) que de la democracia se tiene en los diferentes foros liberales podría escribirse un libro. Desde el liberal-conservador, defensor de la democracia parlamentaria, pasando por el anarcoliberal y su modelo más o menos asambleario hasta llegar al individualista libertario y sus serias dudas sobre la validez de los principios democráticos. Sin embargo, existen los denominadores comunes. La democracia exige una gran dosis de autodisciplina cuando de aceptar la voluntad de quienes piensan diferente, pero están mayoria, se trata. Verdaderos conflictos y una enorme dificultad para aceptar esa disciplina que nos autoimponemos los demócratas surgen cuando el objeto de la voluntad de la mayoría pone en tela de juicio el procedimiento en sí mismo, las reglas del juego (por ejemplo, cuando una mayoría se manifiesta abiertamente en sentido contrario a lo que estipula una Constitución, una ley, o cuando esa voluntad atenta contra mi propiedad).

Se nos acusa a los individualistas de ser poco respetuosos en el uso de la mentada autodisciplina. Ante una situación que no compartimos, exigimos el derecho a la autoexclusión. “No tengo por qué tolerar que la mayoría de quienes comparten conmigo un territorio, una nación, unos principios legales, decidan sobre mí e impongan su voluntad sobre la mía”, principio en el que se basa el derecho al ejercicio de la rebelión, de la secesión, de la individualidad. Se olvidan quines nos denostan de un detalle importante: al mismo tiempo, al tomar esa decisión, estoy obligado a aumentar considerablemente justamente mis niveles de tolerancia y autodisciplina: he de aceptar que los otros actúan de forma diferente (incluso de forma que para mí resluta inmoral, equivocada, …) siempre y cuando quienes son sujeto y objeto de esos actos lo son de forma manifiestamente voluntaria.

Creo no equivocarme demasiado si hablamos de personas con capacidad de decisión. La capacidad de decisión de una persona no viene dada por criterios psicológicos, basta con ser capaz de expresar la propia voluntad de forma verbal o no-verbal, presuponiendo que quien decide lo hace buscando la mejor solución posible en defensa de sus propios intereses.

En las discusiones que hemos mantenido en este blog (y los enfrentamientos abiertos en Red Liberal), vemos cómo terminamos siempre abandonando el campo de la discusión racional para terminar, infructuosamente las más de las veces, enfrentándonos en el cenagal de la defensa de los “valores” cuando los protagonistas no son capaces de tomar sus propias decisiones (no nacidos, por ejmplo). Tengo la impresión de que nunca alcanzaremos una solución (ni un punto de encuentro) mientras mantengamos como parte del debate la cuestión sobre cuál es “la mejor solución posible en defensa de los intereses de quien no puede manifestarse voluntariamente”, pues no podemos saberlo. Nadie lo sabe. En teoría, la postura libertaria, individualista, sería delimitar a qué orden de propiedad (y quién es el propietario del mismo) pertenece la persona que no puede manifestar su voluntad sobre sus propiedades (la vida, por ejemplo). Hmmm. Teoría.

Veamos algún caso práctico. Intento imaginarme de la manera más gráfica posible qué ocurriría si, para actuar, no recurrimos al principio de la propiedad individual, adoptando como norma de conducta la defensa de los intereses de las personas incapaces de tomar decisiones por sí mismas. (No sé por qué uso el condicional -ocurriría-; de hecho, es justamente lo que está pasando a diario en nuestras vidas gracias a la acción del Estado). Imaginemos un grupo de personas que forman una comunidad y rechazan un determinado método médico, una terapia. Por supuesto que les concedemos “liberalmente” el derecho a elegir para ellos, pero también nos sentimos obligados a “salvar a sus niños”: un grupo armado (policía) entra en la comunidad, secuestra a los niños y les someten a tratamiento. Les parece bien? Otro ejemplo: una comunidad es partidaria de la inseminación artificial asistida (ya les adelanto que yo no soy partidario de la selección artificial de embriones) y otra es contraria a tales prácticas. Los segundos -ellos mismos o sus fuerzas de seguridad- entran en los laboratorios de los primeros, requisan los embriones y los destruyen. Otro ejemplo: una comunidad decide que todas sus mujeres deben llevar velo, la otra comunidad es contraria al velo. Los defensores del velo imponen por la fuerza de la ley a los segundos que sus niñas aprendan a llevar velo (les ruego le den la vuelta a este ejemplo, es igualmente válido)

El problema de la democracia radica en que si la mayoría pertenece a la comuna antimedicina, o pro-eugenesia, o anti-velo, el legítimo derecho de los otros a recibir tratamiento médico, no seleccionar los fetos o llevar velo queda limitado por las leyes de aquellos. Ejemplos podría ponerles miles. Soluciones no tengo ninguna.

Ejercicio mental: escoja un escenario, o invéntese otros

  1. Cataluña es nación por voluntad de una mayoría de catalanes. La minoría decide adaptarse
  2. Cataluña es nación por voluntad de una mayoría de catalanes. La minoría decide no adaptarse: conflicto
  3. Cataluña es nación por voluntad de una mayoría de catalanes. La minoría decide no adaptarse: los vecinos les invitamos a nuestra casa.
  4. Cataluña es nación por voluntad de una mayoría de catalanes. La minoría decide no adaptarse: los vecinos enviamos a nuestras fuerzas de seguridad para garantizar los derechos de esa minoría y nuestros “derechos” en Cataluña.