Frans de Waal es uno de los primatólogos más conocidos y reconocidos del mundo. Como tal divulga su sapiencia acerca de nuestros parientes primates y la pone en relación con nosotros. La ciencia poco a poco va perfilando nuestros parecidos y diferencias con los miembros de nuestra “familia extensa”.
Que somos miembros de la familia de los primates es algo que pocos pueden discutir, al menos científicamente. Todos llevamos un mono dentro, como sugiere de Waal en “El mono que llevamos dentro”.
Después de exponer amenamente cómo los chimpancés practican su política sangrienta y los bonobos se montan (o lo bien que se lo montan), de Waal nos dice que no nos tenemos que ver reflejados totalmente ni en unos ni en otros, aunque sí debamos mirarnos en su espejo y extraer conclusiones. No puede ocultar que los bonobos le parecen un adecuado referente, con sus coitos sociales indiscriminados e interminables y su plena receptividad y disposición para el acto amoroso en todas sus formas y maneras. Es posible que le recuerden a los hippies de los 60 con su “hacer el amor y no la guerra”, y no sabría decir si incluso llega a citar esta frase archiconocida y archirepetida. El tópico no es cierto, al menos como presupuesto moral, aunque esté probado que la oxitocina reduce la agresividad en ciertos momentos y circunstancias muy concretas, en cada individuo.
El bonobo es el antropoide perfecto para los tiempos que corren. Las actitudes han cambiado mucho desde que Margaret Thatcher postulara su estridente individualismo. “No hay eso que llaman sociedad”, proclamó, “hay hombres y mujeres individuales, y hay familias”. El comentario de Thatcher quizá se inspirara en las ideas evolucionistas de su tiempo, o viceversa. En cualquier caso, veinte años más tarde, cuando grandes escándalos financieros han dado el pinchazo final al globo inflado de la Bolsa, el individualismo puro y simple ya no suena con tanta vehemencia. En la era posterior a Enron, la gente ha vuelto a darse cuenta –como si nunca lo hubiera sabido- de que el capitalismo inmoderado rara vez revela lo mejor de las personas. El “evangelio de la codicia” de Reagan y Thatcher se agrió. Hasta Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal y profeta del capitalismo, dejó caer que quizás sería bueno pisar el freno. Como explicó ante una comisión del Senado Estadounidense en el año 2002: “no es que las personas se hayan vuelto más codiciosas que en las generaciones pasadas. Lo que ocurre es que las vías para expresar la codicia han aumentado enormemente.
La preservación de la vida o el acceso al alimento no tenían (¡ni tienen!) el mismo significado según se aplicaran a los próximos o a los extranjeros. Durante siglos las ciudades se protegieron con murallas para preservarse a sí mismas en contra de los otros (léase de la codicia de los otros). Sólo cuando aumentan los recursos cambia esa tendencia y se favorece tanto a los “nuestros” como a los “otros”. Contrariamente, en tiempos de escasez hay una tendencia a disminuir incluso los favores a los “nuestros”, para centrarnos en la familia directa o en uno mismo. En algunos países con penuria económica, no es infrecuente que los padres recurran al infanticidio, especialmente de las niñas, para evitarse mayores cargas económicas. Diríase que las actitudes egoístas se exacerban en situación de penuria y desorden (contrariamente a lo que sugiere de Waal), mientras que cuando existe cierto orden social y abundan los recursos, la solidaridad es más amplia, trasciende las fronteras de la comunidad e incluso puede traspasar las de la especie para tornarnos más cooperativos y respetuosos no sólo con los humanos sino también con los otros animales e incluso con el entorno medioambiental. Hay un ejemplo sencillo: cuando nuestra salud decae y enfermamos o nos sentimos desgraciados, nos volvemos más egoístas, pensamos primordialmente en nosotros y en nuestras precariedades, los demás nos importan mucho menos. Los recursos de salud son tan importantes como los económicos…..
La simpatía o beneficencia es el impulso que nos lleva a hacer el bien a los demás sin pretender nada a cambio. La vida en comunidad es posible, en primer lugar, por la capacidad altruista que está en el origen de la cooperación; en segundo lugar, porque la moralidad facilita la aceptación de reglas de convivencia , y en tercer lugar, porque la existencia de líneas de simpatía entre individuos que tienden a la consecución de una comunidad armónica y feliz, es una tendencia universal en todos los grupos humanos, siempre y cuando existan los recursos necesarios para la subsistencia
Me voy a permitir un comentario breve: Este tio es un gilipoyas. Y si pretende comportarse como tal, me/le compro una jaula, con objeto de observar como se da al onanismo. Y en tiempos generosos, le hago conocer gente. Como a estos imbéciles no les basta con reducir a los humanos a la condición de subdititos, ahora pretenden que creamos superiores a esos animalicos. Un gilipoyas, y no hay más que hablar.
“Un gilipoyas, y no hay más que hablar”.
Joder, 70 años y el fascio sin aprender ortografía.
Muñoz, eres un idiota y das bastante asco. ¡Qué cruz!
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Paz, señores. A ver si somos capaces de llevar un hilo sin abandonar el gran nivel que impone el texto de Germánico. Él, para decir cuatro (o diez) verdades como puños no ha necesitado más que argumentos, ningún insulto. No estropeemos su trabajo convirtiéndolo en una cocina doméstica de esas donde vuelan los platos de cabeza en cabeza.
Carlos J., no es gilipollas, se equivoca, y Germánico nos indica perfectamente por qué y en qué.
Luis, acuérdate de esto. Juasss…
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Gracias Luis,
De Waal es un hombre y un científico de una gran valía. Ahora bien, esas andanadas políticas cutres en su obra supuestamente de divulgación de la ciencia devaluan tanto a la obra como al autor. Aunque yo pude leer con sumo gusto su libro, tapándome la nariz en algunos pasajes en los que olía a progre irredento, y a los que ahora aludo.
Salu2
Descuida Luis, que no pienso convertir esto en un ir y venir de platos a la cabeza. El trabajo de Germánico es magnífico y la conclusión que me sale de dentro es que el señor científico es un gilipoyas, con y porque me suena mejor. Que el señor coup de bâton y el otro prueben a pronunciar la doble ele, si saben, y la y consonante o griega. Y también les agradecería a esos señores que no me persigan por la blogosfera para insultarme y pretender picarme con tonterías de niñatos. Y por supuesto, no hagan el imbécil viniendo a este remanso de paz a joder la marrana.
Nada. A mí tampoco me gusta que me llaman imbécil y pretendí que la cosa no subiera de tono. Que nadie se sienta ofendido. Pueden tirarse los platos a la cabeza por supuesto pero, con un par de argumentos, mejor que con dos improperios, no les parece?
Saludos
Me ha encantado, Germanico, la orientación y el desarrollo del post. Suele pasar al leer algunos libros, que teniendo ideas magníficas, brillantísimas, cuando entran a ser “aprendices de brujo” en materia poítica o social son autenticamente infumables. (Siempre bajo mi opinión, claro)
Sí, Jinete, y pasa mucho con algunos de entre los científicos, que son brujos en lo suyo. Se muestran muy humildes con lo que ignoran en su parcela, pero en cuanto salen de ella parece como si pudieran explicarlo todo perfectamente.