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Escrito por el 24 abr 2008, para la sección Liberalismo bajo licencia Licencia de Creative Commons y ha sido leído 129 veces

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Cartas a Lady Godiva: el circo con caballos

Este post es el primero de una serie que comienza hoy. El anfitrión de Desde el Exilio merecía algo especial y por eso no será Lady Godiva quien participe, sino su fiel ayuda de cámara María Blessing, desterrada por consentir que su señora paseara desnuda. Desde el exilio, María contará a su noble señora cómo ve las cosas. El nombre es el de la “beya plebella” que enamora al rey en el romance cantado por Les Luthiers. No quiero dejar de agradecer esta oportunidad y solamente espero estar a la altura.

Milady,

cirque_1.jpgAyer fui a ver un espectáculo. Era un circo con caballos. Pero la mayor parte del presupuesto se había empleado en disimular precisamente que se trataba de un circo con caballos. Lluvia y nieve artificiales, hojas de otoño que caían de lo alto, luces, sonidos, proyecciones de imágenes de caballos en libertad, vestuario de diseño. Todo un despliegue de medios para que nadie se diera cuenta de que en realidad era un circo con caballos.

El que llevaba la voz cantante no paraba de sonreir, levantaba la mano condescendientemente, con el índice levantado a modo de cariñosa advertencia y mientras tanto sonreía. No os sorprenderá Milady que, propensa como soy a dejarme llevar por blandenguerías, me enterneciera la estampa del caballo blanco blanquísimo, de melena casi plateada respondiendo dócilmente a la mirada y el gesto de su criador. Pero algo me sacó de mi ensimismamiento, un brillo en la mano del hombre. Creí que era un anillo hasta que me di cuenta de que se trataba del mango de la finísima fusta que tan bien disimulada llevaba y que no soltó ni un minuto. Fue entonces cuando desatendí el espectáculo de tanto valor estético y me fijé en el personaje. Se trataba de un hombre en edad madura, con el pelo demasiado oscuro como para no ser teñido, con entradas prominentes y una melena como la de Milady, excepto por el hecho de que la del hombre era prefabricada: extensiones de pelo tan evidentes como para que fuera la comidilla en los pasillos durante el descanso. Por la melena y la vestimenta parecía un elfo sacado de una película de ciencia-ficción, pero no… solamente era un domador con fusta, y la docilidad provenía, probablemente, del miedo al fustazo.

Os cuento todo esto, Milady, para describiros la manera de llevar las cosas que tiene la gente por aquí. Son así en general, y de modo particular, en las cuestiones de gobierno. El brazo firme, cuando existe, debe disimularse revistiéndolo de corrección, tolerancia y, si es posible, de la gazmonería que dé de sí. Los principios, no saben qué son. Creen que se trata de una lista de promesas de año nuevo, no de las guías del comportamiento de la persona de bien. Decir que soy una mujer de principios me ha generado más de un problema entre quienes entienden qué quiere decir. Los demás me llaman escrupulosa y me advierten que así no he de llegar a ninguna parte.

Los políticos de por aquí se comportan exactamente como los cómicos de un circo de caballos como el de anoche. Nada es lo que parece. El más afable ante el público es el más tirano en su entorno. La estética del montaje esconde algo mucho menos pulcro y bondadoso. Los extras se pagan muy caros, y son un fraude para ingénuos. Las carencias se disimulan de la peor manera. Y esa apariencia de libertad es simplemente eso: apariencia.

Esta reflexión me ha llevado a plantearme mi gusto por las tradiciones. Como sabéis, Milady, y por eso os tengo en tan alta estima, venero la libertad individual y la asunción de las responsabilidades que a cada cual le correspondan. Pero mi defensa de la libertad no me impide valorar las cosas à la mode de chez nous, las raíces, la tradición de los antiguos, que no tienen nada que ver con algunos rancios y viejos carcamales, de edad o de alma, que pretenden asegurar su poder e influencia, esos que son de toda la vida, como soléis decir, Milady. Por eso hay que leer a los clásicos, y hay que hacerlo desde la infancia.

Y por eso he decidido leer a Santo Tomás, y hacerlo, a ser posible en latín, aprovechando las lecciones que tan generosamente me habéis dado. Creo que esta iniciativa os complacerá y nutrirá mi espíritu, mientras vivo en estas tierras tan extrañas, lejos de los míos y del lugar al que anhelo volver.

María Blessing

9 comentarios

  1. (*)
    abril 24, 2008

    Vale, pues al circo.

  2. H
    abril 24, 2008

    Muy buen estreno María. Aquí el problema ya no es que nada sea lo que parece. Es que las cosas son exactamente lo que parecen: indecentes.

  3. Luis I. Gómez
    abril 24, 2008

    Bienvenida, Madame Blessing. Todos vivimos nuestro exilio interior alguna vez, no siempre de forma voluntaria. Una mañana te levantas y comprendes que eres un extraño justo allí donde nadie se extraña de tu presencia. Y es que la presencia no basta.

    Sea cual fuere el exilio, reconforta compartirlo.

  4. Nora
    abril 24, 2008

    Como ya he dicho en facebook… me he quedado sin palabras. Muy buen post, María.

  5. Caco
    abril 24, 2008

    María Blessing: voy a ir encargando un caballo blanco por si, oye,vete tú a saber… Como Nora, sin palabras, precioso.

  6. Alawen
    abril 24, 2008

    María
    Inmenso, intenso y, sobre todo, da que reflexionar. Y una vez reflexionado, darte la razón.
    Estupenda entrada y estupendo estreno.
    Un abrazo.

  7. Marzo
    abril 24, 2008

    >solamente era un domador con fusta, y la docilidad provenía, probablemente, del miedo al fustazo.

    El fin de la doma es la destrucción de la voluntad del animal“.

  8. María Blessing
    abril 25, 2008

    Muchas gracias a todos. La próxima vez trataré de ser más provocativa para no perder la costumbre de meter el dedo en el ojo ajeno… :P

  9. Emilio
    enero 24, 2009

    Mientras los caparazones, los pelajes , las escamas y las plumas crean en el cuerpo del animal una consistencia “de cosa” y neutra en la presencia de un bicho, la piel humana, enrojeciendo, sudando, inmutándose, emitiendo mensajes ambiguos o simplemente objetivándose, indiferente a las relaciones intersubjetivas, con la inercia impersonal del show de Jose Luis Moreno o la disponibilidad objetiva en un desnudo sin intimidad, de quien se da indiscriminadamente y sin compromiso personal p´a ná, todo ello hace todavía mas patente el desarraigo, el mundo aparte en el cosmos, que es lo humano, la soledad del hombre: su desnudez patafísica, como de templo emergido de la selva.

    Y entonces nos sentimos identificados desde nuestras raíces con el otro desnudo y ello despierta en nosotros un escalofrío de vértigo, de vértigo ante el propio “¿Lo cual?”.

    El ser humano parece estar muy lejos de ser un simple mono desnudo, pues es precisamente su desnudez lo que le cualifica y le hace totalmente distinto del mono: éste mantiene todavía un arraigo unívoco en el mundo que le rodea, por eso esta cubierto de pelaje; el hombre se ha desarraigado equívocamente ya, por eso su presencia es una desnudez transida de mensajes ambivalentes.

    Solo cuando ese desnudo es formosus, lleno de forma, crea por un momento la ilusión de absoluto no desarraigado, y eso nos reconforta y también vivimos por identificación durante algunos instantes esa plenitud como nuestra.

    En el amor a la belleza corporal, incluso a compañeros de colegio, no hay que suponer siempre y necesariamente intenciones cachondas, sino una verdadera nostalgia de “absoluto”, que nos falta nada más salir de la infancia

    Por unos momentos, a la vista del desnudo pleno de forma y de armonía, en su ritmo cerrado en sus equilibrios dinámicos, donde nada falta y nada se da en demasía, sentimos al ser humano arraigado en si mismo, lleno de sí… es decir, “absoluto”.

    Y esta alegría que la apariencia cuasi absoluta del desnudo perfecto humano produce, contrasta con la tristeza que produce el desnudo deficiente, desproporcionado, débil, gastado, enfermo, mutilado, contrahecho.

    Tal vez la contemplación del desnudo perfecto sea una droga, una droga contra la angustia de ser casi nada o el horror a la vida

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