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Salvemos la desigualdad

escrito por Luis I. Gómez 14 abril, 2008

Si tuviera que elegir, entre todas las posibles, cuál es la máxima de la propaganda antiliberal que más daño ha causado en las mentes occidentales, sin duda me quedo con la de que “todos los humanos son iguales”. Es absolutamente falso. Los humanos no somos iguales, ni siquiera ante la ley(desgraciadamente). Incluso entendiéndola como un ideal a perseguir, la igualdad es terrorífica. Nadie quiere ser igual, todos luchamos por alcanzar y experimentar nuestra individualidad. Todos intentamos mostrar los aspectos particulares de nuestra personalidad, nuestras capacidades, nuestros gustos o nuestro peinado, lo que no siempre resulta deseable.

Sólo somos iguales en la masa, como fans de una banda de rock, wagnerianos o amantes del Hip-Hopp, diluyendo nuestra individualidad. El amante de Wagner habla: los hiphopper son imbéciles. En principio correcto, pues el wagneriano es muy libre de clasificar a quien quiera como quiera. Por otro lado, el wagneriano es un adaptado, en busca del aplauso de sus iguales con semejantes afirmaciones. Esto lo convierte en, cuando menos, igual de imbécil que el hiphopper, quien siempre podrá responder con un: los wagnerianos también son imbéciles. Y además ignorantes de su propio cuerpo. Han visto alguna vez a un wagneriano bailar breakdance? Todos son gordos homosexuales, con lo que ya tenemos otros dos grupos de “iguales” en el parquet.

Afirmar que los que van en silla de ruedas son tontos podría parecer un intento de establecer una relación más que dudosa entre una minusvalía física -que a todos nos puede tocar- y el grado de inteligencia. Sin embargo, para quien hubiese tenido varias malas experiencias con conductores de sillas eléctricas, afirmar de ellos que son imbéciles cabe dentro de los márgenes de la libertad de expresión. Algunas denominaciones diferenciales también varían: el negro, que no significa otra cosa que “el hombre de color”, puede permitirse cambios en su autodenominación (e imponerlos a los demás) desde que es dueño de su propia denominación, algo que el pobre blanco no conseguirá jamás. No me llame blanco, llámeme “hombre descolorido”, o “rostro pálido”; aunque esto último también tiene connotaciones racistas. Ya saben, lo malo es masculino, blanco y se llama Bush. Las mujeres son mejores, aunque sean “iguales” y se llamen Bush.

Ese poder sobre la propia autodenominación es el que pretenden los representantes de algunas religiones cuando rechazan cualquier crítica con la disculpa del racismo. Los cristianos aún no hemos caído en la cuenta de que tenemos fácil subirnos al carro de los perseguidos. De facto, hace dos mil años alguien olvidó patentar las meriendas en los circos romanos. Por otra parte, resultaría algo absurdo hablar de una raza cristiana, o católica, o protestante, … y qué les parece la raza budista?

Radica en la esencia de nuestra naturaleza el ser diferentes. La genética ya nos separa y permite una clasificación. El igualitarista, además de llamarme racista, argumentaría que somos iguales en un 99%. Claro, eso es lo que nos iguala a, por ejemplo, los cerdos. No se habrá parado a pensar que la señora de al lado es igual en un 99,99% y, sin embargo, ella puede tener hijos a él no? Si la efectividad de los medicamentos “étnicos” no estuviese probada, no se fabricarían.
Esto de la igualdad es el cuento de nunca acabar, el producto más espectacular de la mitología postmoderna. Las cosas -los humanos- son siempre sólo iguales cuando enturbiamos la vista. Igualdad es turbidez, falta de resolución. Colocamos peras y manzanas en una cesta y ya tenemos “fruta”. Todos los hombres caen al cesto de la humanidad y son iguales. Nadie es imbécil, nadie tiene una nariz enorme. Vistos así, en la cesta, tras la neblina igualadora, son imposibles el chiste, el libro, la historia. De qué íbamos a hablar, reír, si todos fuésemos “fruta”? Los escritores contarían siempre la misma historia, y los historiadores el mismo cuento.

Pero eso pronto dejará de ser un problema en España. Desde el nuevo Ministerio de la Igualdad se nos informará de cuáles son las palabras y las palabrotas, las denominaciones aceptables y las que no lo son, cómo conjugar un verbo y qué terminación debe llevar un adjetivo. Al final, cuando ya no veamos más que la cesta llena de “fruta”, nos convertirán en papilla informe, fácil de envasar, cómoda de conservar. Masa informe y anónima con que untar el pan de los que son menos iguales que tú y que yo.