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Paganismo, ecosistemas y herejías

escrito por Firmas Invitadas 31 marzo, 2008

En estos tiempos en los que se intenta vivir de espaldas a la muerte (tanatorios, lugares especiales para enfermos terminales, funerarias especializadas en vestir al muerto, “usted no se preocupe que nos encargamos de todo”, geriátricos como asépticas salas de espera a la muerte), en los que se reduce al difunto a cenizas que luego serán esparcidas a los cuatro vientos -no sea que recordemos que los restos tenían rostro…-, son curiosos los fenómenos de masas temerosas y medrosas ante espantos y pavores que unos charlatanes o simples posesos les inducen.

Ejemplo claro es nuestra asustadiza sociedad, que se supone ha sido escolarizada y educada en los valores del llamado mundo occidental y donde los predicadores de apocalipsis varios crean dioses ctónicos, telúricos, procedentes de lo oscuro, de debajo de la tierra … es decir, aquellos demonios que la imaginación de tan lejanos parientes como el homo sapiens anacrónico nos han transmitido; ejemplos significativos son los tenidos como tales en Anatolia, los micénicos o cretenses… asumidos por los griegos, y los que se pueden deducir del hombre prehistórico.

Estos demonios se identifican como seres horribles, cual hermanas Gorgonas, las sirenas como perdición de marinos, la Quimera aterrorizando poblaciones y engullendo rebaños y animales. Todo conduce a Hades, el Dios del inframundo.

Nuestra paganizada sociedad no carece de los miedos y estupefacciones de entonces; a fuer de laica se ha paganizado y busca sus dioses olímpicos y sus demonios del submundo.

Entre los primeros están las adoradas Ecología, Democracia, Derechos humanos, Progresismo con abstracción de su significado y muchos etcéteras que permiten vivir a sus devotos como seres aconfesionales (o eso creen); entre los demonios buscan y encuentran -o crean- elementos perversos que atentan a sus olímpicos; se vuelven perros cancerberos, el can Cerbero de Hades, el que no deja entrar a los vivos en el inframundo ni salir a los muertos de él, para que cumplamos su doctrina, pues su doctrina es.

Auténticos canes que llegan al paroxismo sectario llevándoles a perseguir a la sociedad para que no case con semejantes monstruos; somos seres vivos y no debemos morir o, al menos, permanecer más tiempo en esta tierra antes de irnos al viaje sin regreso.

Así protegen nuestra salud (v. los transgénicos que podría paliar la hambruna de cientos de millones de seres humanos), persiguen nuestra alimentación para mantenernos sanos (¿); con benéfica intención nos asustan, nos cuentan las mil plagas que pueden devenir, hasta que nos pleguemos a sus profecías; y aún así, cuando ya lo hemos hecho, buscan y encuentran o crean otro nuevo demonio; el caso es que vivamos, sí, pero asustados ante las amenazas que les da tan buenos dividendos.

Estos demonios se ajustan no a concepciones abstractas, sino a elementos tangibles o inteligibles.

Así tenemos el CO2, maléfico gas, las ondas de telefonía, el DDT por buenos que hayan sido sus resultados, los clorofluorocarburos, el inculto que no distingue si una especie animal o vegetal es protegida o no con graves penas para su ignorancia, y… no digamos “lo nuclear”.

Su ardor por defendernos de nosotros mismos les convierte en sectarios; con su liturgia de encadenamientos, warrior y otros no nos dejan en paz, es decir, vivir con despreocupación depositada en la esperanza de una sociedad inteligente que entre todos hemos de formar.

Estos nuevos paganos no son tan nuevos, pues de brujos agoreros la historia está plagada, aunque tengan sotana como el dominico Savonarola.

Lo grave ahora es la difusión globalizada; en otros tiempos, recojo el personaje que he citado, se reducía a terrenos con repercusión limitada, Florencia en esta caso; la propia sociedad reacciona a su favor en un principio y luego en su contra cuando padece sus excesos; y lo acaba condenando por herejía y le quema vivo, aunque la propia iglesia a la que pertenecía no lo consideraba como tal. Ahora, estos guardianes de nuestra salud, de nuestras esencias, del mundo mundial y del Universo Universal, ha dictaminado que quienes no comulgamos con ellos somos herejes de la nueva religión pagana y condenan, si pueden, a mentes preclaras al ostracismo mientras se promociona a quien comulgue con ellos; ‘déidifica’ a notables y públicos tramposos con premios, galardones, manduca sobre todo y hasta con el Nobel de la Paz -pues hay que ver lo que se desvelan por nosotros-, mientras consiguen que se encarcele y multe por delitos discutibles contra el eco-sistema, con el aplauso de la mayor parte de los medios de comunicación, especialmente los que se autoproclaman “libres”.

Y lo peor es que, en parangón con religiones teístas o panteístas, asumen el sacerdocio de sus militantes que naturalmente viven de ejercerlo.

La sociedad no reacciona; está estupefacta, se olvida de que morirse se morirá igual y que, siendo así, lo mejor es hacer lo más inteligente; no, no lo hace o teme hacerlo; se instala en la angustia de lo que puede suceder… si sucede…¡ah, no sabe bien de que se trata!… pero… por si acaso…

Y así seguimos releyendo la fábula de si los canes son galgos o podencos.

Poca fe tengo en que nuestra sociedad española sea capaz de enfrentarse a tales vividores salvando a algunos que lo hacen de buena fe; la historia nos dice que las sectas siempre se han erradicado con violencia; que los sectarios eran y son conscientes de que viven precisamente de su dogmatismo; pero la violencia no está en los parámetros de la corrección.

Estamos inmersos en un sectarismo del temor (no de Dios, sí del ecosistema) como arma; y la sociedad ni tiene, ni quiere tener armas; cuatro entre mil somos pocos denunciando a estos pontífices del bienestar y el equilibrio de la naturaleza.

Saludos un 29 de marzo de 2008

Ángel