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Futuro y responsabilidad. La trampa ecomarxista.

escrito por Luis I. Gómez 22 febrero, 2008

Que significa “tenemos una responsabilidad frente a las generaciones venideras”? Tras los últimos años de consolidación de la doctrina ecomarxista, nadie parece preocuparse por el uso de conceptos fundamentales torticeramente adulterados en función de sus objetivos, más o menos sectarios. Uno de ellos es el de la “responsabilidad frente a las generaciones venideras”. La herencia.

Qué hubiesen hecho los hombres del siglo XVII? Qué hubiesen guardado para nosotros de haber creído en la famosa “responsabilidad ante las generaciones futuras”? Probablemente cera para velas. No podemos gastar toda la cera para velas, pensarían. Acaso vamos a dejar a nuestros descendientes en la más pura oscuridad?, argumentarían. Cómo iban a saber ellos nada de las bombillas? Hubiera sido su “renuncia” efectiva, justificada?

Evidentemente, los nuevos profetas de la “sostenibilidad” han intentado salvar su teoría sin caer en el error de obviar los procesos de substitución. Aún partiendo de la arbitraria premisa de la “responsabilidad frente a futuras generaciones” intentan asegurar que “las fuentes no renovables como minerales y petróleo sólo sean explotadas en la misma medida en la que van apareciendo nuevas fuentes renovables alternativas”.

Suena como un principio sumamente razonable; no lo es si nos detenemos en él. Piensen que solamente la limitación del uso de “no-renovables” produce ya efectos secundarios en el mercado que podrían imposibilitar la aparición futura de “substitutos”. Hubiese podido Eddison inventar la bombilla de no haber podido trabajar tantas horas a la luz de las velas? Además existe el peligro de que la política sea incapaz de generar “procesos de substitución” dada la complejidad de los sistemas ecológico y económico, en este caso interactuantes. Para el mantenimineto de la economía de mercado como forma eficiente de economía y – sobre todo – para el mantenimiento del principio natural de “justicia intergeneracional”, la máxima ecomarxista apenas sí tiene valor alguno. Una generación futura no podría siquiera reclamar el derecho sobre bienes realmente finitos o “acabables”, como lo sería, por ejemplo, la “Mona Lisa”. Qué justificaría, pues, nuestra renuncia en nombre de una supuesta sostenibilidad? Además, esa futura generación tampoco podría disfrutar de los “bienes ahorrados”, pues se vería en la obligación “social” y “ecológica” de preservarlos para los que llegasen después, y estos para sus descendientes. Esta teoría de la justicia intergeneracional sólo conduce al regreso (como antítesis de progreso) infinito.

El deseo de dejar en herencia “algo” para los descendientes nace en la esfera del grupo pequeño, familiar, tribal como mucho. Son grupos que conocen exactamente las necesidades de sus miembros. Aquí, el principio de herencia, cumple un papel fundamental en el mantenimiento de la estabilidad de las estrucutras económicas del grupo. Es también uno de los principios fundamentales del desarrollo cultural. Y tal vez por ello, por estar íntimamente ligado al desarrollo de las culturas, fácilmente utilizable por los agitacionistas ecológicos al disfrazar sus pretensiones de solidaridad intergeneracional. El error es grave: extrapola los principios de solidaridad individual aplicándolos a la políticia social. Las decisiones personales y privadas, individuales de “herencia” sobre bienes materiales terminan siendo aniquiladas (administradas y reguladas) en manos de la arbitrariedad política. Es, sin duda, el mismo principio de “salvación marxista”, que exigía -recuerdan?- de las generaciones actuales el máximo sacrificio para que las generaciones venideras pudiesen disfrutar del paraíso en la tierra.

Es una trampa.