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Kosovo, País Vasco, Cataluña, …

escrito por Luis I. Gómez 19 febrero, 2008

Olvidemos por un momento el papel que los EEUU y Rusia hayan podido jugar (o estén jugando, mejor dicho) en los Balcanes. Olvidemos también los desatinos de nuestra diplomacia y la precipitación de las diplomacias germana o francesa. Centrémonos en Serbia y Kosovo. En los serbios y los kosovares.

Es indudable que desde un punto de vista histórico-geográfico, Kosovo es una provincia de Serbia. Como “provincias” españolas los son el País Vasco, Extremadura, Cataluña o La Rioja. Y qué ocurre con los kosovares? Los kosovares tienen claro que ellos no pertenecen a Yugoslavia, ni a Serbia. Quieren tener su propio estado y han usado todos los métodos para conseguirlo, desde los diplomáticos al terrorismo puro y duro.

Se me antojan dos cuestiones: es legítima la aspiración kosovar? Y de serlo, es legítimo el proceso que ha llevado a su independencia?

La respuesta a la primera de las preguntas en un sí rotundo. El derecho que asiste a los kosovares a conformarse en nación, en Estado independiente es innegable. Y lo es pues se apoya en la voluntad de la inmensa mayoría de los kosovares. Repito: inmensa mayoría. Y precisamente ahí comienzan a fallar las pérfidas comparaciones que ya estamos percibiendo desde sectores (repito: sectores) políticos vascos o catalanes. Independientemente de que yo esté convencido de la no existencia de esa inmensa mayoría en País Vasco o Cataluña, y justamente porque es apenas una suposición mía y lo contrario una impostura publicista del minoritario nacionalismo independentista, lo primero que debería ocurrir antes de comparar Kosovo con “Catalonien” es una consulta que permitiese saber cuántos catalanes (o vascos, o riojanos, o manchegos) realmente desean para sí un Estado propio, independiente del español. Sólo desde una posición de “inmensa mayoría” es legítimo el deseo de un colectivo. De lo contrario no es el deseo del colectivo, sino el de parte de él, no necesariamente representativa. El conflicto sería inevitable. (Imagino que la minoría serbia en Kosovo no se va a quedar cruzada de brazos)

Recuerden, no es relevante cómo se alcanza una situación presente. Es relevante qué situación nace de ella. No importa si los albanos, o los otomanos invadieron (por las armas, vía inmigración) un territorio que no era el suyo. No importa si los dueños de ese territorio permitieron el desenraizado cultural de esa parte del país. Podemos utilizar cualquier error del pasado para explicar lo que nos desagrada hoy, pero no podemos negar la inercia histórica que todo proceso lleva inherente en sí mismo. Al final, sea como fuere, un colectivo reclama autoadministrarse y ése es un derecho que no se puede negar a nadie.

Y el tema de la legitimidad del proceso? Esa es otra. Uno de los graves errores de nuestra Constitución es que no reconoce el derecho de secesión. Sí, justamente ese derecho del que hablábamos en los párrafos anteriores. Desde ese momento, cualquier declaración unilateral de indepencia sería hoy en España completamente ilegal. Y no por atentar contra el derecho internacional, sino por hacerlo contra el derecho español. El Gobierno Serbio aduce similares argumentos para no reconocer la indepencia de Kosovo. Está en su derecho.

Me importa menos que un bledo (de momento) lo que decidan en Belgrado. Pero me preocupa seriamente lo que se decida en Madrid. Y el Gobierno de España ha de afrontar con valentía la libertad de sus ciudadanos. También la libertad de abandonar la “familia”. Repetidas veces he protestado y argumentado contra los sucesivos intentos de desvirtuar la legalidad actual por parte de los nacionalismos hispanos. No se pueden olvidar las reglas del juego en medio de la partida, señores. Pero, al mismo tiempo, lamento que nuestro miedo español genere más cobardía que prudencia. Parapetarse tras una Constitución y la heterodoxia histórico-nacional es más cobarde que prudente. Lo prudente sería llamar a consultas. Preguntar a los administrados. Permitir que nos manifestásemos de una vez por todas sobre lo que creemos ser y lo que queremos ser.

No se articula una Nación (con mayúsculas) desde la impostura, sino desde la asunción de (y por) todas y cada una de sus partes. Y si una parte decide irse, que se vaya.