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Ignacio Sotelo, la familia y un mundo feliz, en EL País

escrito por Luis I. Gómez 18 diciembre, 2007

family2.jpgGracias al incansable Ángel, llego por e-mail a este artículo de Ignacio Sotelo que, de otra manera, no hubiese leído. No soy sociólogo, por lo que dejo para Wonka la tarea (si la cree necesaria) de hacer una crítica a los postulados que Sotelo expone en su texto. Tampoco sé si mucho de lo que allí leo es criticable, pues no cabe duda que la familia ha ido perdiendo peso político y económico en el transcurrir de los tiempos.

Lo que sí me parece digno de una reflexión es el carácter de inevitabilidad que Sotelo confiere al proceso de “desfamiliarización” social. Leyéndole, no sólo parece inevitable, parece incluso bueno. Es más, sólo los “conservadores” se aferran al concepto tradicional de familia, íntimamente unido, insinúa el autor, al sacramento del matrimonio. Grave error. La familia es el medio natural de desarrollo del ser humano, por mucho que los colectivistas como Sotelo se empeñen en socializar absolutamente todo.

Es indiferente el tipo de contrato por el que se forma una familia (matrimonio civil, religioso, contrato entre partes, escrito, verbal) siempre que se cumplan las, para mí, dos condiciones indispensables: voluntariedad y responsabilidad. Una familia sólo puede surgir de la decisión voluntaria de sus integrantes y en la contínua revisión de la responsabilidad y las obligaciones que ello lleva consigo. Cuatro que se unen para formar una comuna no son una familia, dos que lo hacen para obtener mayor regularidad en la satisfacción del deseo sexual tampoco (por poner dos ejemplos, hay más) La familia tiene vocación de transcendencia: se transciende a sí misma por los hijos. Y es en esa labor en la que cumple su tarea natural: la consevación de la especie. Para ello no basta con procrear, hay que educar. La familia es la que, desde sus valores y su experiencia, muestra a su descendencia la mejor forma de adaptarse al medio para sobrevivir. Esto, que no es en absoluto fruto de una visión conservadora de la sociedad, sino de la asunción de uno de los principios naturales más obvios, es justamente lo que me separa de Sotelo: el ser humano no es una hormiga ni una abeja, nuestro acerbo genético, nuestro ser natural no es colectivista. No es (como ya quedó demostrado con la eliminación por “selección natural” de toda cultura que se arrogaba la capacidad de decidir quién vivía y quién no) la nuestra una especie que se perpetúa por y para ella misma. La nuestra es una especie que se perpetúa mediante decisiones individuales, maldición inherente al tamaño de nuestro cerebro y las consecuencias no racionales que de ello se derivan.

Sotelo, impulsado por su inmensa vanidad, se deja llevar por la euforia de su discurso acabándolo de la peor manera posible:

Primero miente, al afirmar que “Reconstruir, o por lo menos afianzar la familia burguesa, reponiendo al marido en el anterior privilegio de ser el sustento económico y único administrador de los bienes familiares, significaría, por lo pronto, prohibir el trabajo de la mujer casada y desmontar el Estado social.” Miente, pues es consciente de que muchos de quienes defendemos hoy la familia ni pretendemos reconstruir una forma “burguesa” de la misma, ni olvidamos en nuestro quehacer diario lo obvio: el sustento económico y las labores propias de la familia sólo es posible desde la suma de las libertades de sus miembros, nunca desde la prohibición a uno o varios de ellos para realizar esta u otra tarea.

Luego da por cierta su particular visión de la realidad, dando por finiquitada la familia como tal: “Dudo que lo pretendan los que se declaran defensores a ultranza de la familia en proceso de disolución.

Y termina, exultante, delatando el verdadero fondo de su pensamiento: “La cuestión peliaguda es cómo se resolverá, en un futuro no tan lejano, la reproducción y educación de las nuevas generaciones.

(Y pensar que había escrito cosas tan buenas como ésta…)