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La última instancia

escrito por Luis I. Gómez 17 mayo, 2007

Antiguamente la humanidad tenía depositada su esperanza en Dios, el Todopoderoso, el Creador de cielo y tierra. Así era antiguamente. El hombre moderno es diferente, el hombre moderno “espera” diferente: su esperanza es una sucesión de “instancias” que, dide el hombre moderno, son más efectivas que Dios.

  • el hermano pequeño clama por el hermano mayor
  • la hermana pequeña clama por su madre
  • el ciudadano clama a los tribunales de justicia
  • los tribunales claman al Supremo
  • el Supremo clama al Constitucional
  • el atacado clama a la policía
  • si herido, clama a la Seguridad Social
  • la Seguridad social clama al estado
  • el pensionista también

y todo ello porque el único principio válido es el principio generacionista, basado en el principio generacional, que ya de por sí es una falacia. Por eso apenas hay nada a lo que clamar, y aquello en lo que se “espera” no es diferente de quien “clama esperanzado” .

El solitario clama a nosigassolo.com, y si le atacan, clama a la policía. La policía clama al juez, que le otorge la legitimidad para actuar. El juez cita al infractor y le multa. El infractor no tiene un duro, como casi todos. El infractor clama por más dinero y el dinero clama por más trabajo. Curiosamente nadie clama por más trabajo, sólo por más dinero.

Y por encima del dinero… dónde está la instancia por encima del dinero? Existe? El cielo? El paraíso? El PODER?

Y que hay por encima del poder? La democracia? Una democracia en la que mayorías artificiales pueden imponer su sinrazón a todos los demás? Una democracia en la que las instancias “últimas” se contaminan mutuamente en nombre de un control pretextado? …

… el Pueblo? El pueblo sobrano clama entonces al Tribunal Popular. Cuando el pueblo no está conforme con “su tribunal” recurre a los poderosos de Europa, y éstos a las Naciones Unidas. Reparación (aunque sea injusta) y legitimación (también de actos que atentan contra la esperanza de otros), esa es la esperanza del pueblo puesta en sus “últimas instancias”.

La colectivización de la esperanza en Dios por imposición de las iglesias (no son la excomunión, la lapidación, la incineración instrumentos de la impostura?) termina en enfrentamientos por la legitimación y la reparación. La impostura colectivista-estatalista por la que hemos de depositar nuestra esperanza en una “última instancia” -últimamente, hasta nuestra conducta – también.

Yo no hipoteco mi esperanza. Es mía. Nace de mí y es a mí a quien reconforta. Acaso no es preferible, en lugar de pasarse el día mirando hacia arriba, tornar la mirada y la atención a lo más próximo? Al más cercano? No es preferible confiar en mi propia capacidad para suplir las deficiencias de otros? En mi humildad para permitir que otros suplan las mías? En mi responsabilidad para poder perdonar?

Que les suena cristiano todo esto? Hm, puede ser. Curioso?

Lo sé, es una utopía. Pero, quién dijo que yo no tenga derecho a plantear la mía?