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Jose Luis y la vaca compartida

escrito por Luis I. Gómez 2 febrero, 2005

El mío es un pueblo pequeño. Hubo tiempos de esplendor, pero, tras más de 100 años de subdesarrollo, la recueración no es fácil. No me puedo quejar, pues ya se encuentra, de nuevo, entre los 10 más importantes de la montaña. Unos dicen que si el octavo, otros que si el noveno. Pero ahí estamos. En mi pueblo hay de todo: pastos, bosques, páramo, río y, claro, la montaña. Muchas montañas. Pero lo más importante es la vaca. Tenemos una vaca que es la leche. Da, por supesto, leche. Nos da terneros para comer (los del pueblo vecino tienen un toro, de manera que nos repartimos los terneros) y, en verano, si está de buen humor, nos dá hasta sombra. Es a la vez fuente de riqueza y nexo de unión de los vecinos. Porque la vaca es de todos. Hace no sé cuántas generaciones que a nuestros antepasados se les ocurrió lo de la vaca de todos. No siempre fué así. Unas veces la vaca era más de unos, otras veces más de otros. Desde hace unos 30 años la vaca es de todos por igual, o casi.
Cada uno tiene en el pueblo su función. Jose Luis, que es el alcalde, se encarga de que todos disfruten de los beneficios de la vaca. Su familia siempre tuvo que ver, de alguna manera, con esa función de reparto entre todos. No siempre con buenas maneras, pero el objetivo era el mismo: la vaca es de todos. La familia de Mariano es la dueña del cobertizo. Ellos limpian la vaca y tanto es así que la veneran desde generaciones. No consentirían que nadie tocase a la vaca con malas intenciones. La familia de Juan José es la dueña de los prados. La vaca pasta en ellos y se ve que disfruta, pues verde y jugosa es la hierba de Juan José. La familia de Juan es la dueña de la lechería. Ellos ordeñan y reparten la leche. La familia de Manolo es la dueña de la carnicería. Y así hasta casi una veintena de familias que conformamos el pueblo. No nos podemos imaginar qué sería de nosotros sin la vaca.

Un día Juan José, buscando en el sótano unas tijeras de podar, se encontró unos papeles de su bisabuelo. Eran su diario. Emocionado se puso a leer lo que aquél hombre pensaba. Allí se enteró, de que la familia de Mariano y la de Jose Luis, en aquellos tiempos ni se lavaban ni sabían leer o escribir. Se enteró de lo que pensaba su bisabuelo : quería retirar al pueblo los derechos de explotación del praderío, porque, que leñe, los prados eran suyos. Como no tenía papeles de propiedad, tuvo que limitarse a dejarlo todo en su diario. Juan José se quedó muy pensativo y triste. Papeles de propiedad no tengo yo tampoco, pensó, y hace 25 años que renové el contrato con el pueblo. Pero que diantres, se dijo: los prados son míos, y sin los prados la vaca no come, y si la vaca no come, los otros tampoco. Así que ideó un plan: el pueblo me reconoce la propiedad exclusiva de los praderíos, me paga un canon por usarlos con la vaca y me saca de él a todas las gallinas (las gallinas en mi pueblo andan todas por donde les parece, sean de quien sean, picotean, siestean y ponen huevos. De toda la vida, vaya) que no sean las mías. Y si no aceptan el plan, les vallo los prados y punto.
En los pueblos estas cosas no se pueden guardar mucho tiempo en secreto, ya se sabe. Total, que Juanmari se lo contó a Pérez, éste a Pepe, y así hasta que todo el mundo se enteró. Qué escándalo se preparó. Las mujeres en la tienda, los paisanos en el bar, todos hablaban de lo mismo: Juan José nos quiere cerrar el prado. En éstas, en medio de dimes y diretes, nos enteramos que Juan tenían un plan parecido. La leche! Se convocó junta vecinal y acudieron todos. Juan José, de domingo (los otros también) tomó la palabra y defendió su plan. Se acordó de su bisabuelo, les recordó a todos lo bien que se porta en las charlas del bar, pero les dijo que o le devolvían los prados, o los vallaba. Jose Luis le dijo que no, que eso no era posible, pero que habría que discutir del tema, porque después de todo, Juan José y su familia habían cuidado siempre muy bien de los pastizales. Mariano, de pura rabia, casi no quería decir nada. Al final se animó y les dijo a todos que aquello no podía ser, que no estábamos discutiendo de prados si no de la vaca. Y que la vaca era de todos. Sin la vaca nada de leche ; sin la vaca nada de carne, sin la vaca, con qué argumentos íbamos a presentarnos en el pueblo vecino o en las ferias de la montaña? Prados vacíos, lecherías sin leche, carnicerías sin carne. Y que había un contrato que se debía respetar.

Fué entonces cuando a Jose Luis se le ocurrió lo de la vaca compartida. En lugar de hablar de la vaca de todos, dijo, hablemos de la vaca compartida, así reconoceremos los derechos de cada uno. Aplausos. Mariano protestó, pero los otros eran mayoría.

Llegó el primer día después de la firma de los nuevos contratos. Mariano sacó la vaca del cobertizo, la limpió y la llevó a los pastos de Juan José. A medio día Juan José llamó por teléfono a Jose Luis y le dijo : o me aumentas la cuota de leche y carne, o la vaca no sale del prado. Jose Luis aumentó la cuota. Llevaron la vaca a la lechería y Juan llamó a Jose Luis y le dijo: o me aumentas la cuota de leche y carne, o aquí no ordeña nadie. Jose Luis aumentó la cuota.
Enterados del tema (la tía Luisa se lo contó a Juaquina, y ésta a ….) Manolo llamó a Jose Luis y le dijo: o me aumentas la cuota de leche y carne, o no despiezo ni un ternero más. Total, que a los tres días, como por arte de magia, la mayoría de las gentes del pueblo sólo disponían de la mitad de la leche y la carne habituales. Las casas de Juan José, la de Juan, la de Manolo y alguna más eran cada vez más grandes. Las otras amenazaban ruina. Se lió una de padre y muy señor mío. Mariano, en protesta, sólo limpiaba los cuartos delanteros de la vaca, por lo que los vecinos del pueblo de al lado, al ver una vaca tan sucia (“igual está enferma y nos contagia al animal”, dijeron) llevaron el toro a otro pueblo. Se acabó la carne.

Escribo ésto en el bar de David. Ahora hay 19 bares en el pueblo. Todos muertos de risa y arruinados. Pero qué diantres. Dónde se ha visto un pueblo tan pistonudo, con 19 bares y 19 cines y 19 tiendas. Nadie ha visto nunca nada igual. Eso sí, llevamos sin comer carne tres meses. A la vaca tanto trajín tampoco le ha sentado bien, está pachucha, y lo peor es que cuando se muera ésta, como no quedan terneros, pues ya no va a haber otra. Ni la de todos, ni la compartida.